60
Un estruendo sacude las paredes y el techo, provocando múltiples grietas en la sala.
—Creo que el muro no la detendrá mucho —murmura Mega.
La raíz blanca sigue aferrada a la muñeca de Kohen y no la suelto, no pienso hacerlo. Porque sé que sería capaz de quedarse él solo contra madre para darnos algo de tiempo.
—Tenemos que seguir moviéndonos. —La voz de mi mellizo suena más cansada que antes.
Galen se apoya en la pared un instante. Su respiración es inestable y la sangre resbala lentamente por su brazo.
—Puedo hacerlo una vez más. —Sus ojos buscan los míos.
—No. —La palabra sale a toda velocidad de mi boca.
Otro golpe. Y esta vez provoca un temblor bajo nuestros pies.
—No es la primera vez que hemos hecho esto. —Escucho decir a Callon incluso a través del muro que nos separa.
No por mucho , pienso.
El miedo me atraviesa el pecho, pero Kohen acorta la distancia y entrelaza sus dedos con los míos con fuerza.
Una pequeña explosión me hace encoger y cerrar los ojos. Espero el impacto de las piedras pero, al abrirlos, veo una especie de escudo transparente protegiéndonos.
—¡Ahora! —grita Mega.
Siento la mano de Galen sobre mi cintura, sujetando con fuerza pero sin hacerme daño.
Cuando me quiero dar cuenta, la claridad me ciega y al enfocar la vista, me percato que estamos en una sala blanca y dorada. En el que hay un trono. Es el de Callon; y está construido por varios árboles.
Se me para el corazón cuando me fijo en su corteza. Está formado con los otros cincos Sagrados Zuleicas.
Por eso el que protege Erilian, en Eros, es el único que sigue en pie.
Kaia y Neal me vienen a la mente de golpe. No hemos podido avisarles de nada.
Solo espero que hayan salido de la Facción Escarlata.
Un golpe seco resuena detrás de nosotros. Me giro inmediatamente y veo a Galen de rodillas en el suelo, sujetándose contra la pared como si apenas pudiera mantenerse consciente.
No tardo ni un segundo en soltar a Kohen e ir hasta él.
La luz que nos rodea hace que su piel se vea más pálida de lo normal. Y cuando alza la vista hacia mí, las motas doradas de sus ojos brillan con intensidad.
—Khione…
—Ya está. Estoy aquí. —Galen apenas consigue mantenerse en pie.
Kohen se acerca y se coloca el brazo del castaño sobre los hombros, ayudándolo a caminar.
Mega va en cabeza, siguiendo las indicaciones de mi mellizo y a la vez asegurándose de que el camino esté despejado.
Es como si después de tantos años, Kohen recordara cada rincón de este lugar. Porque anticipa a su compañera cada giro.
Finalmente llegamos a una puerta estrecha y oculta entre paredes cubiertas de enredaderas. Mega la empuja con ayuda de su poder y el olor me golpea al instante.
Tierra húmeda y plantas secas.
Un recuerdo cruza mi mente: Mis manos llenas de sangre, pero no es mía. Es de Kohen, quien está en el pasillo apoyado en la pared esperando a que lo cure. Como tantas veces hemos hecho.
Mi mirada busca la suya y, cuando lo hago, él ya me está mirando porque también se acuerda de ese día. Y seguramente de todos los demás.
Cuando entramos, Mega junto a Kohen ayudan a Galen a sentarse contra una de las paredes mientras yo corro hacia las estanterías llenas de frascos y raíces.
—Sigue perdiendo sangre —dice ella con calma, pero mis dedos tiemblan cuando aparto varias plantas secas.
—No sé qué buscar para curarlo —admito en voz alta.
Kohen se acerca despacio hasta colocarse a mi lado.
—Respira primero. —Sus manos sujetan las mías.
—No puedo.
—Sí puedes. —Su tono es más tranquilo que el mío—. Porque está vivo y no vamos a dejar que ocurra lo contrario.
Asiento, y esas palabras son las únicas que consiguen evitar que me rompa en ese mismo instante.
« El pétalo coagula la sangre ».
La voz de mi mejor amiga resuena como un eco en mi cabeza y sin pensarlo mucho busco desesperadamente entre las estanterías hasta encontrarla.
Ardocan seco… leo en uno de los frascos al fondo de la repisa y cojo la hojarasca todavía temblando.
Pero eso solo no basta, Galen está demasiado débil.
Necesito algo más.
Mi mirada sigue recorriendo los estantes hasta detenerse en unas raíces azul pálido atadas boca abajo.
En la etiqueta leo:
Narialu. Reduce el agotamiento después de un uso excesivo del poder. Masticar hasta su dilución.
Lo agarro y me acerco rápidamente hasta Galen.
Kohen y Mega se sitúan en la entrada, vigilando que no se acerque nadie, sin bajar la guardia ni un segundo.
Machaco el ardocan entre mis dedos y sin pedirle permiso, pero con cuidado, las extiendo sobre las heridas que todavía están abiertas.
Él se tensa apenas al contacto, pero no se aparta, si no que se acerca más para que me resulte fácil echárselas.
—No tenías que habernos atravesado la última vez —murmuro mientras esparzo el polvo sobre la herida de su clavícula.
Una pequeña sonrisa cansada aparece en sus labios .
—Mastícalo. —Le paso el narialu y empieza hacerlo.
—Sí. No teníamos escapatoria —dice una vez ha terminado y alzo la vista. Sus ojos no dejan de mirarme.
—Podrías haber muerto…
—Pero no lo he hecho. —Su mano se eleva hasta mi rostro y con su dedo pulgar acaricia la zona donde tengo las pecas.
Con ese simple gesto consigue que algo dentro de mí se agite y junta nuestras frentes.
En un arrebato de dolor, miedo y amor estampo mis labios sobre los suyos. Porque hoy lo podría haber perdido, otra vez.
No es un beso pasional, es uno cargado de todo lo que no nos ha dado tiempo a decirnos. Cuando nos separamos atrae mi cabeza hacia su pecho y yo me dejo llevar por el gesto y su calor.
—Estoy bien. Y como te dije aquel día en las pruebas: Lo volvería hacer si eso significa que estás a salvo.