58
La entrada que me separa de él parece diseñada para que nadie pueda atravesarla con facilidad. Como las cadenas que usaron para atarnos cuando fuimos a por las escamas.
Kohen actúa antes de que pueda pensar siquiera en cómo abrirla. La oscuridad se desliza bajo el metal y, un segundo después, la cerradura cruje.
La puerta se abre lentamente y el aire abandona mis pulmones cuando veo la escena.
Galen está inconsciente en el suelo, atado a la pared. Su ropa rota y manchada de sangre hace que algo dentro de mí se quiebre.
No lo dudo ni un segundo. Corro hacia él y acuno su rostro entre mis manos.
—Galen… —Las lágrimas se me acumulan en los ojos—. No puedo perderte a ti también. Despierta por favor …
Siento la marca del poder molecular arder mientras intento cerrar las heridas más graves, ignorando el dolor que me atraviesa cada vez que lo uso.
—Por favor… —suplico.
—Está vivo —anuncia mi mellizo.
La mano de Kohen se apoya sobre mi hombro y se agacha a mi lado para sostenerme antes incluso de que mi cuerpo empiece a fallar.
Porque él lo sabe. Ya me ha visto romperme más de una vez.
Y en cuanto termino de curar a Galen, toda la fuerza abandona mi cuerpo. La cabeza del castaño permanece sobre mis muslos mientras Kohen me sostiene entre sus brazos, impidiendo que caiga junto a él.
—Está muy débil —murmura Mega a nuestro lado.
No me había dado cuenta de que se había acercado hasta que ha hablado. Mega se concentra en Galen mientras desliza los dedos por el aire, como ha hecho antes en el pasillo. Es entonces cuando veo que la respiración del castaño es más relajada.
—¿Qué has hecho? —pregunto en voz baja, sin apartar la vista de él.
—Le he dado espacio para respirar.
No entiendo del todo sus palabras, pero Kohen asiente y me sigue sosteniéndome cuando Galen se remueve entre mis brazos.
Un quejido apenas audible sale de su boca y yo siento cómo mi corazón se detiene por un instante.
—Galen…
Sus párpados se mueven de lado a lado, antes de abrirlos lentamente.
Y en cuanto sus ojos conectan con los míos, algo en su expresión cambia. Es como si aún creyera que lo sigo odiando y no entendiera qué hago aquí, junto a él.
Galen tarda unos segundos en reaccionar y su mirada confundida estudia cada uno de mis movimientos.
—Khione…—Su voz sale en un susurro áspero.
Noto cómo intenta incorporarse, pero el dolor lo obliga a tensarse al instante, apoyando de nuevo su cabeza sobre mis piernas.
—No te muevas —murmuro rápido, sujetándolo un poco más fuerte—. Te he curado pero… —Sus ojos bajan un segundo, haciéndome callar, como si acabara de darse cuenta de que soy yo quien lo sostiene.
—¿Por qué has venido?
La pregunta me atraviesa el pecho. Pese a que no sé lo que ha vivido, por la forma en la que lo dice parece como si nunca nadie lo hubiera ayudado en sus peores momentos.
—Porque no iba a dejarte aquí. Te quiero, Galen, y quiero que sepas que no te guardo ningún tipo de rencor, pero vas a tener que explicarme muchas cosas.
—Una lágrima solitaria resbala por mi mejilla y, antes de que se deslice por mi barbilla, siento su dedo índice limpiarla, para después dejar su mano en mi rostro.
Algo se quiebra en su expresión al escucharme. Y, pese a que todavía está dolorido, se incorpora y deposita un suave beso justo donde estaba la lágrima.
—Te lo explicaré —promete con un hilo de voz.
Mega se gira bruscamente hacia el pasillo.
—Alguien viene.
El tono de su voz hace que todo mi cuerpo se tense.
—¿Qué pasa? — pregunta Galen con dificultad.
El silencio cae de golpe sobre la celda y el aire cambia. Incluso Mega deja de moverse cuando una voz rompe en la oscuridad:
—Quién me iba a decir a mí que acabaríamos juntos los tres de nuevo. En casa.
Kohen ya está de pie antes incluso de que yo reaccione. Sus sombras vuelven a extenderse por las paredes, protegiéndonos.
—Madre.