Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 56
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Poco a poco, mi respiración se acompasa con la suya hasta que lo noto. Es algo sutil: sus dedos se tensan apenas en mi espalda y su respiración cambia, volviéndose más contenida.

Kohen baja la mirada un segundo directamente hacia la luna plateada que cuelga de mi cuello.

—Aún lo llevas. —Se separa de mí un poco y vislumbro un rastro de tristeza en su rostro.

Lleva una de sus manos hacia el pecho y saca un collar de un sol dorado. Con la otra, sujeta el mío. Antes de que pueda entenderlo, el sol que lleva Kohen choca suavemente contra mi luna, encajando ambas figuras como si nunca hubieran estado separadas.

Y entonces lo recuerdo. El día que nos intercambiamos los collares.

—Así, pase lo que pase…

—Seguirás conmigo —termino la frase por él, igual que aquel día, antes de que colocara su collar alrededor de mi cuello.

El recuerdo me golpea con tanta fuerza que tengo que aferrarme a él otra vez.

—Pensé que lo habías olvidado todo. —Se separa apenas unos centímetros de mí.

—Y así fue… —mi voz se quiebra un poco—. Pero nunca tuve el pensamiento de quitármelo.

Sus dedos rozan la luna plateada, todavía unida al sol.

—Porque una parte de ti seguía recordándome.

El silencio que cae después no es incómodo, aunque duele de esa forma tranquila que solo él consigue provocar en mí.

Entonces levanto la vista y sus ojos azules parecen más oscuros que en mis recuerdos. Su piel está más pálida y, al rozar sus manos, las siento frías.

—Kohen…—susurro—. ¿Qué pasó? Te vi morir. —Sus sombras arremolinan a nuestro alrededor, como si reaccionaran antes que él.

Kohen baja la mirada un segundo hacia nuestros collares todavía unidos y vuelve a mirarme.

—Morí, Khione. —La forma tan tranquila en la que lo dice hace que algo dentro de mí se rompa otra vez.

—¿Entonces?

Cierra los ojos un instante.

—También tengo el poder de la nigromancia. No sé exactamente qué pasó, ni el tiempo que estuve en el vacío. Pero cuando volví, sentí que una parte de mí se quedó allí aquel día.

Siento una opresión en el pecho al escucharlo. Alzo las manos hasta su rostro y lo acuno entre ellas. El frío de su piel me confirma algo que todavía estoy intentando entender: una parte de él ya no pertenece del todo a este mundo.

La forma en que contiene cada movimiento, el cansancio escondido tras sus ojos oscuros. Es como si seguir aquí, en Theyra, le costara más de lo que quiere admitir.

—Kohen… lo siento. —Las lágrimas se empiezan a acumular en mis ojos—. Siento haberte borrado. Yo…

Sus dedos limpian mis mejillas y se inclina un poco para quedar a mi altura.

—No tienes nada que sentir. Nunca me enfadaría contigo porque sé por qué lo hiciste. —Su mirada permanece fija en la mía—. Es algo que ya habíamos hablado y prefería que estuvieras viva a que murieras conmigo, Khi. Porque tú eres mi vida. Eres mi mitad.

Tengo que apretar los labios para no derrumbarme otra vez.

Kohen apoya su frente contra la mía y, durante unos segundos, ninguno de los dos habla. Solo existimos nosotros y el peso de todo lo que hemos vivido.

—Te busqué —confiesa en voz baja.

—¿Qué? —Parpadeo varias veces.

Sus sombras se agitan suavemente a nuestro alrededor, como si fueran incapaces de contener todo lo que él sí intenta guardar.

—Después de despertar, lo primero que hice fue buscarte. —Hace una pausa. Cada palabra parece costarle—. Pero Micah había borrado todo, nadie sabía dónde estabas. Lo hizo bien, demasiado bien.

La culpa me golpea tan fuerte que aparto la mirada.

—Kohen, yo…

—Ey. —Sus dedos vuelven a buscar mi rostro, obligándome a mirarlo—. Sigues aquí. Eso es lo único que me importa.

Las lágrimas vuelven a empañarme la vista.

—Me gustaría poder volver atrás y haber sido más fuerte —confieso—. Haber soportado tu muerte sin borrarte, sin perderte, y no haber sido tan cobarde.

Kohen niega despacio.

—No fuiste cobarde. —Su voz apenas es un susurro—. Estabas rota.

Sus dedos apartan una lágrima de mi mejilla y cierro los ojos un instante, sintiendo el tacto frío de su piel.

—Micah me salvó —murmuro—. Yo no quería seguir adelante.

Cuando los abro, algo cambia en la mirada de Kohen al escuchar su nombre.

—Siempre cuidó bien de ti. De nosotros

—Necesito saber que te pasó, cómo… —digo de golpe. Porque no recuerdo nada y eso me está consumiendo por dentro.

—Te lo contaré. Pero ahora tenemos que salir de aquí. —Entonces Kohen alza ligeramente la cabeza—. No estamos solos.

Mi cuerpo se tensa al instante.

Pero antes de que pueda reaccionar, una voz suave rompe el silencio de la celda.