55
El sonido de sus pasos se apaga en el pasillo y el silencio vuelve a caer sobre la celda.
Me quedo inmóvil frente a las rejas, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido, como si el aire aún no terminara de volver del todo.
“Estás exactamente donde tienes que estar. ”
Aprieto los dientes y la rabia golpea más fuerte en mi interior. Bajo la vista hacia mi mano y veo la sangre que ha brotado de ella secarse sobre mi piel.
No hay ninguna herida física, pero la que tengo dentro cada vez es un poco más grande.
—No —susurro, dando vueltas por la estancia, incapaz de quedarme quieta—. ¿Cómo he acabado en esta situación? ¿Qué he hecho para merecerlo?
Alzo la voz hacia los dioses como si fueran capaces de escucharme y sonrío con ironía.
Nunca han estado y nunca lo estarán, pienso .
—¡¿Qué queréis de mí?! —le grito a los dioses y, como siempre, no obtengo respuesta.
«Dyavas nu hon nuara nun perti». Que los dioses te acompañen en tu sino.
Una risa amarga se me escapa sin poder evitarlo.
—Es todo mentira…
Nunca han estado con nosotros, ni han hecho nada por ayudarnos. Solo nos crearon y nos dejaron aquí.
El cosquilleo del poder de la creación se hace presente y no opongo resistencia cuando me pide salir. Un grito que me destroza la garganta abandona mi cuerpo y caigo de rodillas al suelo.
—¡¿Dónde estáis ahora?!
Es entonces cuando siento cómo las sombras se deforman y bailan a mi alrededor, como si me estuvieran abrazando.
—Ya sabes que nunca han estado de nuestra parte.
De entre la oscuridad percibo algo se moverse.
Niego varias veces con la cabeza porque reconozco esa forma tan particular que me infunde seguridad.
No.
No.
No.
Esto no es real.
Esa voz, ese sentimiento cuando las sombras me rozan. Tiene que ser un recuerdo, tiene que ser un Halovar mental manipulándome.
—No eres real. ¡Sal de mi cabeza!
—Khi.
Algo en mi pecho se quiebra y doy un paso atrás, negando.
—Deja de jugar con mi mente —mi voz tiembla—. No voy a caer otra vez. Esta vez no.
Las sombras avanzan hacia mí y es entonces cuando consigo ver esos ojos azules mirarme con cariño, como lo han hecho siempre.
—Khi. Mírame. —Se coloca a mi lado y siento como todo mi mundo se rompe y se construye a la vez.
—¿Ko…Kohen? —babulceo—. Te vi morir…
El aire deja de entrar en mis pulmones, todo empieza a girar y yo solo puedo pensar que borré mis recuerdos con él. Porque vivir sin mi mellizo no sería vida… sería una muerte.
Doy otro paso atrás porque todavía no estoy segura de si lo que estoy viendo es real o no. Pero vuelvo a sentir las sombras a mi alrededor, sin llegar a tocarme, pero lo bastante cerca como para sostenerme si lo necesito.
—Estuve muerto. —No hay duda en su voz.
Esas palabras me terminan de romper y entonces caigo, pero no llego al suelo. La oscuridad me sujeta antes, firme y conocida en cuanto roza mi piel.
Puedo ver cómo en sus ojos se libra una batalla, como si estuviera conteniéndose. Finalmente, me atrae hacia él.
—Estoy aquí. —Esta vez es su mano la que agarra la mía, colocándola en su pecho, donde late su corazón con fuerza—. Ey, mírame. Soy real.
El mundo se detiene en ese instante. Me aferro a él antes incluso de pensarlo, como si mi cuerpo lo hubiera reconocido antes que mi cabeza.
—Khi —susurra contra mi pelo.
Y la manera en la que dice mi nombre me rompe por dentro.
Las lágrimas salen sin control, y él me envuelve en un abrazo mientras mis manos se aferran a su ropa con desesperación.
—Eres real… —murmuro entre espasmos.
Eres real. Me repito a la vez que sus brazos se cierran más a mi alrededor, como si el soltarme solo un poco, pudiera perderme de nuevo.
Me dejo llevar por su aroma, dulce y familiar, aunque ahora es diferente. Todo lo es: yo lo soy y él también.
Su tacto es más frío, como si algo lo anclara a este mundo por la fuerza y no porque pertenece a él. Decido ignorarlo por ahora y hundo el rostro en su pecho, respirando entrecortado.
El olor a tierra húmeda me da tranquilidad y sé que hay muchas cosas que decir y contar, pero lo único que me sujeta y me mantiene en pie ahora mismo es mi mellizo.
Está aquí y eso es lo único que ahora mismo importa. Entre sus brazos el tiempo deja de importar. No sé cuánto pasa, si son unos segundos o una vida entera, pero sigo aferrada a él porque siento que si lo suelto puedo perderlo otra vez.
Cuando por fin consigo respirar sin sentir que me voy a romper si decido soltarlo, noto como besa mi cabellera y lo abrazo más fuerte.
Sus sombras siguen moviéndose inquietas vigilando cada rincón, incluso es como si estuvieran esperando que alguien volviera a separarnos.
Y aunque todo a nuestro alrededor siga cayéndose a pedazos, entre sus brazos consigo recordar lo que se siente al estar en casa.