Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 50
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El roce es apenas un suspiro, pero basta para que me estremezca.

Su mano asciende por mi cuello con lentitud, como si necesitara asegurarse de que no voy a desaparecer. El beso se profundiza poco a poco, sin urgencia solo con reconocimiento.

Un suspiro se escapa de mis labios y siento cómo algo en mi interior termina de rendirse.

Sin pensarlo demasiado, me coloco a horcajadas sobre sus piernas. Una risa baja, casi incrédula, se me escapa al notar la forma en la que sus manos se detienen en mi cintura.

—¿De qué te ríes? —murmura contra mi boca.

—De que hace unas horas creía que iba a morir. —Sus dedos apenas se tensan.

—No digas eso.

Lo miro, estudio cada detalle de su rostro, cada mota dorada que tienen esos ojos verdes que me miran con deseo.

Y eso cambia todo .

Vuelvo a besarlo, esta vez con más decisión. Acaricio sus hombros y mis dedos se deslizan hasta el borde de su camiseta, tirando de ella con suavidad, casi con impaciencia contenida.

Él entiende el gesto y se separa lo suficiente para ayudarme. La tela desaparece entre nosotros.

El contacto directo de su piel caliente contra mis palmas me roba el aire por un segundo. No es solo deseo, es la confirmación de que está aquí.

De que lo estoy tocando y de que estamos vivos.

Recorro su pecho despacio, memorizando cada cicatriz reciente como si fueran un mapa que necesito aprender.

Su boca desciende por mi mandíbula se detiene en mi cuello, y un escalofrío me recorre entera cuando sus labios encuentran el punto justo bajo mi oreja. El mismo lugar donde siento el escozor cuando me curo.

—Galen… —No suena como advertencia, más bien a petición para que no deje de tocarme.

Su mano se desliza bajo el borde de mi camisa, lenta, dándome tiempo para apartarlo si quisiera.

No lo hago. Tampoco cuando me explora despacio y mi cuerpo responde antes que cualquier pensamiento, enviando descargas por todo mi sistema nervioso, queriendo más.

—Khione… —dice mi nombre con la voz ronca. Y lo único que quiero es escuchar mi nombre en su boca por el resto de mi vida.

El aire de la habitación parece más denso y cargado de todo lo que no dijimos durante semanas.

Su frente se apoya contra la mía un instante, pero es él quien se aparta primero .

No para alejarse, sino para mirarme.

Sus ojos recorren mi rostro como si necesitaran asegurarse de que sigo aquí. Entonces, sin romper el contacto visual, nos levanta a los dos de la cama y, tras dejarme en el suelo con cuidado, desciende.

Se arrodilla frente a mí.

El movimiento es lento, deliberado. No hay prisa, solo una intensidad que me deja sin aire.

—¿Qué haces? —mi voz tiembla.

Sus manos suben por mis piernas despacio, deteniéndose en mis rodillas, como si me estuviera pidiendo permiso sin palabras.

No aparto la mirada. Tampoco a él, que inclina la cabeza apoyando su rostro contra mi vientre un segundo, dejándose caer sobre mí.

—Casi te pierdo —murmura contra mi piel.

El calor de su aliento me recorre entera y el efecto que provoca en mí es más devastador que cualquier arrebato salvaje.

Me quita los pantalones sin prisa y cuando su boca roza el interior de mis muslos, el mundo se reduce a un único punto ardiente bajo mi piel. Me muerdo el labio para no romper el silencio con un gemido demasiado alto.

—Quiero oírte —murmura, apenas separándose—. Quiero oír mi nombre en tus labios.

La presión de su boca me hace arquear la espalda. Mis dedos se hunden en su cabello aún húmedo, no para apartarlo, sino para sostenerlo ahí.

Cuando su mano se une al ritmo de su lengua, el placer se vuelve más profundo. Un pulso que empieza suave y termina latiendo en cada rincón de mi cuerpo.

—Galen… —mi voz se vuelve suplicante.

Él responde sin palabras. Más lento, como si estuviera aprendiendo cada reacción y cada temblor. El aire se me atasca en el pecho cuando la intensidad crece y todo se concentra en ese lugar donde su devoción me desarma.

—Joder, Khione… —Su voz vibra contra mi piel.

Sin terminar y sin previo aviso me levanta y me tumba sobre la cama, con cuidado, como si pudiera romperme. Sus ojos jade no se apartan de los míos.

No me reclama, me espera.

—Me tomo la idlina todos los meses —musito cerca de sus labios.

—Yo también.

No lo pienso cuando cierro el espacio que nos separa, compartiendo el sabor que tiene en su boca. Mi sabor.

Nos desnudamos sin prisa, admirándonos el uno al otro. El contacto no es una batalla, es un encaje lento, natural, como si nuestros cuerpos entendieran algo que nuestras mentes aún no.

Mi respiración se quiebra cuando la intensidad crece. No es dolor. Es algo más profundo, más expansivo. Me aferro a sus hombros y él responde sosteniéndome.

Cuando el placer asciende por mi piel como un incendio silencioso y una corriente eléctrica en las partes más sensibles de mi cuerpo, es cuando mi espalda se arquea. Su nombre se me escapa, sus ojos me buscan de inmediato.

—Mírame — susurra.

Y lo hago.

Cuando todo culmina, no siento que me desmorone. Es como si por primera vez desde que comenzó esta guerra invisible no estuviera luchando contra la oscuridad, sino sosteniendo la luz.

Permanecemos así unos segundos que se sienten eternos. Su respiración se calma antes que la mía. Sus dedos trazan círculos lentos en mi vientre.

Apoyo mi rostro en su pecho, eligiendo quedarme con él.

Y siento que eso me hace más fuerte que cualquier don que despierte bajo mi piel.