Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 49
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Cuando el mundo vuelve a existir, no lo hace de golpe. Es confuso y atropellado.

Intento despertar, pero me resulta imposible. El frío se instala en mi cuerpo y durante un segundo sigo en la celda, el goteo se vuelve rítmico y la voz de Rhovan sigue en mi cabeza, junto a los gritos de Galen y los rostros de mis seres queridos.

El sonido cambia de un momento a otro y solo escucho latidos fuertes, desacompasados y demasiados rápidos.

No son míos , pienso.

—No te duermas. —Siento unos brazos cargar conmigo.

La voz me llega amortiguada y distorsionada, como si estuviera debajo del agua. Obligo a mis párpados a abrirse y consigo ver que no hay techo de piedra, ni lámparas colgando, solo cielo gris y ramas sobre nosotros. Un olor a bosque húmedo me hace respirar un poco mejor .

—Galen…

—Estoy aquí —me dice en voz baja mientras me sube al ceres—. Sujétate.

Intento obedecer pero cuando trato de apretar la cuerda me siento sin fuerzas. Él se monta detrás y me rodea con los brazos, sujetando también las riendas.

Siento su pecho contra mi espalda, lo único que consigue que me mantenga erguida. Su respiración agitada roza mi cuello y el animal arranca en un trote brusco.

Sé que aún queda algo de toxina en mi cuerpo, porque soy incapaz de recuperarme a mi ritmo habitual. Ya no arde, pero sí que duele.

Parpadeo y todo se vuelve diferente.

—Siempre llegas tarde.

Cuando me giro no es Galen quien me sujeta, es Micah. Hay sangre bajando por su rostro y cuello.

—Micah…

—No es real, Khione. —El tono de Galen retumba en mis oídos.

Otro parpadeo.

Y esta vez, quienes me observan son unos ojos azules en un rostro idéntico al mío.

—Kohen… —Su nombre sale como si lo hubiera llamado así muchas veces.

Siento cómo los brazos de Galen se tensan.

—¿Quién?

—Mi mellizo —susurro agarrándome a las riendas como si mi vida dependiera de ella.

El bosque empieza a abrirse y a lo lejos el río aparece como una línea brillante, que divide la tierra en dos .

El dolor físico desaparece un poco, pero el mental no. Noto a Micah a un lado y a Kohen al otro y, aunque sé que no están aquí, el miedo de perderlos otra vez es más real que el viento golpeándome la cara.

Cierro los ojos apenas un segundo.

—No me sueltes…

No sé si lo digo en voz alta, pero sus brazos se ciernen sobre mí con fuerza.

Y al menos sé que eso es real.

*   *   *

El ceres se detiene con un resoplido áspero.

No recuerdo cuánto tiempo hemos cabalgado, pero sí que el río ha quedado atrás porque ni lo veo, ni oigo.

El bosque se ha vuelto menos denso antes de abrirse en un camino de tierra embarrado. Delante hay construcciones bajas y humo saliendo de chimeneas torcidas.

Un pueblo.

Galen baja primero y me sostiene cuando mis piernas fallan al tocar el suelo. No protesta, solo me carga otra vez.

Las puertas de la taberna se abren con un golpe seco, provocando que las conversaciones se acallen. El calor me envuelve de inmediato y huele a una mezcla de cerveza, madera y algo cocinándose.

Siento las miradas sobre nosotros, pero Galen no se detiene hasta llegar al fondo del salón.

Me deja un momento en suelo, sin soltarme y coloca unas monedas sobre la mesa sin negociar .

—Una habitación y agua caliente. Ahora. —El tabernero asiente sin discutir.

Me vuelve a cargar en brazos y subimos por unas escaleras estrechas.

Cada peldaño retumba en mi cabeza como si fuera demasiado ruidoso. Cuando la puerta de la habitación se cierra, el silencio es casi violento.

Galen me deja en el borde de la cama.

Por primera vez desde que salimos, no hay nada. Solo nosotros y el peso de todo lo que acaba de pasar.

—Voy a llenar la bañera. —Sus orbes jade no dejan de observarme, como si temiera dejarme sola—. ¿Te parece bien?

Me limito a asentir lentamente cuando él se levanta y pasa a la otra estancia.

Todo se vuelve a mezclar en mi cabeza y agarro con fuerza la sábana que cubre el colchón. Casi no siento dolor en el cuerpo, pero mi mente no me da tregua ninguna. mi mente no me da tregua ninguna.

—El agua está casi lista. —Lo veo a través del umbral de la puerta que nos separa.

Su rostro sigue magullado, igual que el mío, pero al menos estamos vivos.

Me levanto tan rápido que me mareo y, justo antes de caer contra el suelo, sus brazos me sujetan.

—Creo que ya puedo caminar sola. —Nuestras miradas conectan y no puedo evitar sonreír.

—Y yo creo que no estás en posición de decidir nada —repite las mismas palabras que me dijo el día que curé a Micah .

Ni siquiera hace un año de eso, y se me hace tan lejano.

—Aunque sigues siendo bastante cabezona.

Dejo que me ayude a llegar hasta el baño sin soltarme por completo de él. Hay una silla en la que descansan unas toallas y ropa limpia.

—Galen —lo llamo antes de que cierre la puerta, para darme intimidad —. Gracias.

—No tienes que agradecerme nada, Khione. Voy a darme una ducha rápida en los baños conjuntos—dice, pero no se mueve de inmediato—. Si te mareas, llámame.

Asiento y oigo el clic de la puerta. Me desvisto poco a poco y aún puedo ver cómo las mordidas han tomado un tono mezclado entre el verde y amarillo.

Cuando introduzco un pie en el agua, la temperatura me envuelve y me relajo por un momento.

Kohen.

Él era mi mellizo y también lo he perdido. Y no solo eso, ni siquiera recuerdo cómo fue. Todos los que me importan acaban muriendo.

Siento una opresión en el pecho y las lágrimas recorren mis mejillas. Me las limpio rápidamente y me sumerjo por completo en el agua.

El grito abandona mi garganta allí abajo, ahogado entre burbujas. Es roto y desesperado, exactamente igual que me siento.

Permanezco bajo el agua unos segundos más, como si salir significara tener que aceptar que él ya no está .

Y solo salgo cuando me falta el oxígeno. Cuando consigo reunir las fuerzas necesarias, me envuelvo en la toalla y empiezo a vestirme sin prisa.

Al abrir la puerta de la habitación, siento una pequeña ráfaga de aire erizar mi piel. Durante un instante creo que Galen no ha vuelto, pero entonces lo veo.

Está sentado en el borde de la cama, inclinado hacia delante.

Tiene la camisa a medio quitar y el pelo húmedo le cae sobre la frente, como si apenas hubiera tenido tiempo de secarse antes de volver. Intenta vendarse con una mano mientras con la otra presiona la herida.

Se detiene cuando nota mi presencia.

—He dejado más ropa en la mesita. —Su voz suena más tensa de lo que pretende, seguramente por el dolor.

Me acerco sin decir nada y le aparto la mano con suavidad. El corte no es profundo, pero sí largo. Todavía supura un poco.

Y es cuando me percato que no solo tiene esa herida, tiene varios moratones por todo el abdomen.

—Galen…

—Estoy bien. —Se incorpora un poco más y nuestros rostros quedan muy cerca—. He estado en situaciones peores.

Me siento a su lado y, cuando coloco la mano sobre su piel, el calor me atraviesa el pecho.

—Está infectado; hay que curarlo enseguida.

Acerco mi mano a su nueva herida pero antes de que pueda tocarla, sujeta con delicadeza mi muñeca.

—¿Estás segura?

—La verdad es que no —confieso, y el silencio entre nosotros ya no es incómodo: es pesado.

Durante unos segundos ninguno habla.

—Por alguna extraña razón sé que primero fue Kohen —digo al fin, sin mirarlo—. Luego mamá, después Maden, y por último Micah.

Ni siquiera hemos hablado de que el chico de las visiones es mi mellizo y solo tengo esos momentos con él.

—Todos los que me importan acaban muriendo. —Trago saliva y mis manos tiemblan sobre mis rodillas—. Y siempre llego tarde.

Él gira su cuerpo hacia mí.

—No es tu culpa, Khione.

—¿Qué te hace estar tan seguro? —Su mano busca la mía, sosteniéndola.

—Porque cuando me heriste en la estera el primer día, intentaste curarme aunque pensabas que te odiaba. —Su voz es baja, firme—. Porque incluso cuando estás rota, eliges proteger.

Levanto la mirada. Sus ojos jade no vacilan.

—Y porque si algo les pasó no fue por ti.

Eres la everen más fuerte y valiente que he conocido en mi vida y sé que no le harías daño intencionalmente a nadie, y mucho menos a quienes quieres.

—El aire se vuelve denso—. Casi te pierdo hoy —continúa, más bajo todavía—.

Y lo único que podía pensar era que no soportaría quedarme sin ti.

Mi respiración se desacompasada.

—Galen…

—Te quiero, Khione Sonnet .

Lo dice como si fuera una verdad que lleva tiempo conteniéndose.

—No sé en qué momento el odio desapareció. Solo sé que desde entonces, cada vez que respiras, yo también puedo hacerlo.

Algo en mi pecho se instala ante sus palabras. No es culpa ni tampoco miedo, es alivio.

—No me sueltes —susurro y apoyo la frente contra la suya.

—No pienso hacerlo. —Sus brazos me rodean con firmeza.

Y por primera vez desde que la oscuridad intentó arrastrarme, siento que hay algo más fuerte que mis fantasmas.

Coloco mi mano sobre su herida, sin saber si aún puedo curarlo. Pero en cuestión de segundos me arde la parte de atrás de la oreja y siento esa misma zona abrirse en mi piel. Unos minutos después no hay ni rojeces sin cicatriz, sobre su abdomen.

Se detiene a un suspiro de mi boca y sus ojos me preguntan algo que no necesita palabras.

Es entonces cuando soy yo quien acorta la distancia que nos separa, rozando nuestros labios.

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