48
—Me duele… todo… —me quej o entre jadeos.
La penumbra sigue rodeándome, pero esta vez no hay una lámpara, sino una ventana que filtra una luz azul.
¿Me han cambiado de celda?
Cuando intento moverme suelto un quejido y noto que sigo atada. Al alzar la mirada veo una figura femenina situada frente a él.
Es el chico de mis visiones.
—Míralo —dice la mujer y no levanta la voz, ya que no le hace falta para que obedezca de inmediato.
El pelinegro está de rodillas, apenas se sostiene. La sangre le resbala por el pecho en gotas lentas. Intento apartar la vista cuando un arma roza su piel, abriendo otra herida.
Los dedos de ella se sitúan sobre mi barbilla y me obligan a mirar.
—Ni se te ocurra cerrar los ojos —me susurra en el oído.
Con su otra mano le hace una herida profunda, la cual se abre despacio. Él contiene un grito hasta que no puede más y ese sonido me rompe por dentro.
—Por favor, madre… —mi voz apenas existe—. Ha sido culpa mía.
Ella observa cómo cae hacia un lado, incapaz de mantenerse erguido, y luego posa su mirada sobre mí. Su rostro no está definido pero eso no evita que sus dedos recorran mi mejilla con una suavidad que no encaja con su forma de actuar.
—Lo sé.
Se aparta y sale por la puerta. Y no sé si duele más el silencio que ha quedado o el del chico, cuando ni siquiera intenta moverse.
—Kohen… mírame —susurro cuando escucho el clic de las ataduras liberándose, y no sé por qué, pero algo me dice que ha sido él.
No responde cuando lo muevo y siento la sangre caliente bajo mis manos. Después de lo de Micah, no puedo perder a nadie más, y el hecho de que sea importante para mí solo lo hace más urgente.
Coloco las palmas sobre la herida abierta y el dolor no tarda en llegar. Y por alguna extraña razón sé que todo lo que acaba de sufrir, es por mi culpa.
El dolor se extiende en las mismas zonas en las que ha sido herido. Es como si esa cuchilla hubiera sido para mí.
Su respiración tiembla bajo mis palmas.
—Solo… lo justo… —murmura apenas, abriendo los ojos un segundo, en el que veo ese azul tan familiar que me hace sentir en casa.
Asiento y absorbo lo necesario. Cuando la herida deja de sangrar, soy yo la que apenas puede sostenerse, pero el alza una mano débil y limpia una lágrima que no sabía que había caído. Después apoyamos nuestras frentes, el uno contra el otro, en un gesto que sale natural.
Y yo solo puedo pensar que está vivo.
* * *
—Mira quién ha despertado al fin. —Reconozco este tono de inmediato, Rhovan—. Pensé que ya no lo harías, pero tu poder molecular es inusual. ¿O acaso no eres una everen corriente? —Hace una breve pausa para acercarse a mí—. Dime, Khione ¿cuál es tu segundo poder?
La cabeza me va a explotar, tengo frío y no puedo ni moverme.
Kohen
Su nombre me viene de golpe, sus ojos azules mirándome y de la forma en la que casi muere en…
—¿Sabes? —pregunta, y me saca de mis pensamientos—. Tengo poca paciencia y menos aun cuando tardan en responderme.
Se aleja y golpea con una piedra la pared varias veces. En cuestión de segundo un grito de Galen llega a mis oídos.
—Por favor, haré lo que queráis, pero parad… —digo tan rápido que las palabras me salen atropelladas.
Sin miramientos se coloca a mi altura y me sujeta con fuerza de la barbilla, obligándome a incorporarme.
—Casi matas a mi hijo pequeño —habla con tanta rabia que su saliva impacta en mi rostro—. Con esa explosión que creaste, le quemaste la mitad del cuerpo y casi no sobrevive.
—Seal… —Entonces es cuando me doy cuenta de que Deron, Taron y Seal son hermanos.
—Eres más lista de lo que pensaba. —Me lanza hacia el suelo con fuerza, golpeándome en la cabeza—.
Pero el destino es caprichoso y le da a cada uno su merecido.
—Hace una breve pausa y sigue hablando—.
Al principio me cabreé cuando las cosas cambiaron.
Acepté que la misión de las escamas que le habían asignado a mi hijo pequeño era una de las más importantes que íbamos a llevar a cabo, pero entonces aparecisteis vosotros cuatro…
Levanto como puedo mi mano hacia la herida, la cual se me llena de sangre. No siento nada y a la vez lo siento todo. Ni siquiera sé si el veneno del sayodemo está aún en mi sistema.
—Atacasteis sin ningún motivo a Seal y Darnell y, bueno, aquí nos encontramos. No habría apostado nada por ti y, mírate, aquí sigues, resistiendo, aunque la toxina ya debería haber acabado contigo.
Otro grito hace que el corazón se me pare durante un instante.
—Gal… —No me da tiempo a terminar, porque Rhovan me suelta una bofetada y el sabor a metal se instala en mi paladar. Se lo escupo en la cara.
No pienso quedarme quieta, ni ahora ni nunca.
Le propino un cabezazo y creo que no ha sido la mejor idea, sobre todo cuando sus manos ejercen presión sobre mi cuello y todo deja de tener color.
Parpadeo y ya no estoy en la celda, no hay nada a mi alrededor salvo oscuridad. El suelo bajo mis pies es una fina capa de agua negra brillante, pero no me hundo.
No hay reflejo, ni sonido. El silencio es tan denso que me oprime el pecho.
—Khione. —Reconozco esa voz antes de verla .
Mi corazón se detiene.
A unos pasos de mí, su figura empieza a definirse. Su cabello es tan claro como el mío y lleva su vestido favorito, me dedica una sonrisa cuando su mirada se fija en la mía.
—Mamá… —Se acerca despacio desde un lado, la veo demasiado perfecta para ser real.
—Siempre terminas destruyendo lo que intentas proteger.
Niego con la cabeza, quiero responder pero no lo logro, porque sus palabras duelen más que cualquier golpe.
—No fue tu culpa. —Me giro en cuanto reconozco ese tono y Micah está igual que la última vez que lo vi, pero sus ojos grises están vacíos—. Pero sigues perdiéndonos.
El aire pesa más de lo normal y entonces lo escucho.
—Hermanita. —Mi cuerpo reacciona antes que mi mente, volteo y su mirada azul me observa.
—Kohen… —Su nombre se escapa de mis labios como si siempre lo hubiera sabido y algo dentro de mí se rompe, sin saber exactamente qué.
Mi madre está a la derecha, Micah al otro y Kohen frente a mí.
—Siempre huyes —susurra ella.
—Siempre llegas tarde —dice Micah.
Kohen permanece en silencio, pero mantiene su mirada clavada en mí.
El suelo tiembla bajo mis pies.
—No es real —murmuro.
Raíz. Latido. Brújula.
—Khione. —Esa voz no pertenece a este lugar y la oscuridad se estremece.
Me centro en la voz de Galen y cierro los ojos con fuerza. Me duele respirar.
Si me quedo, ellos siguen junto a mí, pero si me voy temo no volverlos a ver.
—Estoy aquí, contigo —dice Galen y sé que eso es lo único real, aprieto los dientes y todo se desmorona.