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Me despierto con la garganta seca y el aire huele a metal mezclado con humedad. Un goteo constante llena el silencio.
Intento moverme pero no puedo. Las muñecas están sujetas por unas anillas frías incrustadas en la pared. Al incorporarme, una punzada me atraviesa las piernas. Las mordidas siguen ahí, más oscuras que antes.
No hay ventanas, solo una lámpara suspendida sobre mí, enganchada en los ladrillos.
El sonido chirriante de la puerta me obliga a mirar en esa dirección, justo cuando una figura entra.
—Me alegra ver que sigues con vida. —La voz de Taron inunda la estancia.
Sigo sus movimientos, hasta que se apoya contra una mesa. Sonríe divertido como si esto fuera un juego.
—¿Dónde está Galen? —mi voz sale áspera.
—Preocupándote por él incluso ahora. Interesante, viendo que eres tú la que necesita un antídoto. —Se acerca y coloca una mano sobre una de las marcas violetas y presiona.
El dolor es inmediato, aprieto los dientes, porque no pienso gritar. No le voy a dar esa satisfacción.
—El veneno del sayodemo es fascinante —continúa sin dejar de apretar—. No mata rápido. Primero debilita, luego bloquea y después… depende de cuánto quieras resistir.
—No pienso decirte nada —escupo cada palabra.
—Oh, no quiero información. —Se levanta alejándose, sintiendo como el dolor me da un poco de tregua—. Quiero ver hasta dónde llega tu límite.
Un espasmo recorre mi cuerpo. El veneno sigue en mi organismo, la sensación de que todo me arde, estalla y entonces se vuelve insoportable.
—Justo esa sacudida me indica que la toxina está en su punto álgido y que tu vida depende del tiempo que tu decidas aguantar. —Ahora está a mi altura, de nuevo.
Me acaricia la mejilla y su roce es como si mil agujas se hubieran clavado lentamente en mi piel.
Cierro los ojos, intentando respirar, pero cada inhalación es más dolorosa que la anterior. Su mano sigue sobre mi rostro y cada parte de mí responde sin permiso: cada nervio quema, recordándome que estoy a su merced.
Un golpe y luego otro.
—¡Khione! —La voz de Galen suena a través de los muros .
Está vivo.
—Perfecto, ahora será más interesante. —Taron sonríe y se vuelve a abrir la puerta.
Cuando me fijo, veo que es Deron quien entra primero. Pero no viene solo, arrastra a alguien del brazo y tarda un segundo en obligarlo a avanzar.
Galen.
El alivio me golpea primero, para dejar paso al horror.
Tiene el labio partido y un hilo de sangre seca le cruza la barbilla. Un moratón oscuro le cubre media mejilla y uno de sus ojos empieza a inflamarse. Su camiseta está rasgada y manchada, pegada a la piel, supongo que por la sangre y el sudor
—Ni siquiera sé cómo te mantienes en pie. —Se levanta y empieza a dar vueltas por la habitación, pasando sus manos por el pelo.
Camina con dificultad, como si mantenerse en pie, fuera lo único que todavía puede controlar. Pero no dura mucho, ya que Deron lo empuja y Galen cae de rodillas.
No emite ninguna queja, pero el dolor se me instala en el pecho como una presión insoportable. Aun así, cuando levanta la cabeza y su mirada se conecta con la mía, no veo rabia en su rostro; solo preocupación. —Galen… —mi voz es apenas un susurro.
—Vaya —murmura Taron con satisfacción hacia ellos—. Sigues consciente. Pensé que mi hermano se había excedido.
Deron no responde. Se limita a colocarse detrás de Galen con una mano firme en su hombro, obligándolo a mantenerse arrodillado, pero erguido.
—Déjala ir. —Las palabras se le quiebran al salir, aunque no vacilan.
—Qué insistente —dice Deron y Taron ladea la cabeza divertido.
Sin previo aviso, empuja a Galen hacia atrás. Deron retira la mano de su hombro y su cuerpo cae de espaldas contra la piedra con un golpe seco que resuena en toda la celda.
El sonido me atraviesa y Taron no duda en apoyar la bota sobre su costado y presionar. Galen contiene el aire y los músculos del cuello se le marcan mientras la mandíbula se le endurece.
—Las costillas son frágiles —comenta con calma—. Si ejerciera un poco más de fuerza… —Pero sus ojos se deslizan hacia mí.
Deron es quien se acerca y saca, sin prisa, de su bolsillo un arma. Apoya la punta sobre mi mejilla y la desliza suavemente por ella.
—Ahora sí vas a sufrir, tal y como hiciste con nuestro hermano. —No me da tiempo a pensar porque, en ese instante, el filo se hunde un poco más y desgarra mi piel.
Un grito se escapa de mi garganta y Galen, aun en el suelo, forcejea incluso aún más, pero Taron lo tiene inmovilizado.
El metal abandona mi rostro para lacerar la pierna junto a las mordidas, y el veneno responde al instante con un latigazo brutal que me atraviesa de pies a cabeza.
La lámpara oscila sobre mi cabeza, todo me da vueltas y el aire ya no entra de la misma forma que antes. El goteo se vuelve ensordecedor, obligándome a llevar las manos a los oídos.
—Khione. —La voz de Galen suena lejana—. ¡Aguanta! —Cuando intento enfocarlo, su figura se desdibuja, pero veo cómo lo arrastran fuera.
El dolor ya no está solo en las mordidas. Lo siento en la sangre y también en los pulmones. Mi corazón late muy rápido .
—Ahí está. —Creo escuchar a Deron mientras noto su sombra encima de mí—. Todo depende de cuánto quisieras resistir.
El suelo parece inclinarse y cuando parpadeo, me fundo en la oscuridad de la celda.