Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 46
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No dejo de recordar el tacto de los labios de Galen sobre los míos. La forma en que sus manos me sujetaron y la intensidad con la que me besó anoche, como si el mundo fuera a romperse después.

—Si sigues así, no prometo mantener las distancias. —Caigo en la cuenta de que me estoy mordiendo el labio y paro de inmediato.

Y un cosquilleo se instala en la boca de mi estómago. El silencio se alarga entre nosotros, pero se escucha el crujido de las hojas bajo los pasos de los ceres y el murmullo constante del viento.

No sé en qué momento el aire dejó de ser tan frío. Solo me doy cuenta cuando mis dedos ya no están entumecidos y la luz de la luna empieza a esconderse.

Es cuando puedo ver con más claridad las venas verdes de las hojas blancas que nos llevan acompañando un buen rato, desde que hemos entrado en terreno beliense.

Me resultan tan familiares .

Parpadeo varias veces, sin evitar un bostezo y desperezarme, y parece que el bosque también está despertando cuando se cruzan dos ardillas en nuestro camino.

Cuando al fin levanto la vista, el cielo ya no es completamente negro y el piar de los pájaros me arranca un suave suspiro.

Ni siquiera sé si me he quedado dormida en algún momento encima del ceres, pero el cansancio empieza a pesarme en el cuerpo.

No hemos parado en toda la noche. Solo hemos seguido avanzando, porque el tiempo no estaba a nuestro favor.

—No sabía que roncabas —dice Galen mientras me observa con diversión.

—Pero si apenas he dado un par de cabezadas. —le lanzo una mirada fingiendo indignación, pero él no consigue ocultar su sonrisa.

El momento se alarga un segundo más antes de que una risa ligera se nos escape a la vez.

A lo lejos, sobre lo alto del terreno, distingo una pequeña fortaleza. La silueta se funde con el cielo rosado del amanecer, y la ligereza del momento desaparece poco a poco.

Galen saca el papel del bolsillo de la chaqueta y lo despliega.

—Creo que es allí. —Señalo delante nuestra.

—Parece que sí. —Revisa la ubicación un instante antes de guardarlo—. Terminemos cuanto antes. Necesito una ducha y dormir.

Asiento, mientras nos bajamos y dejo el morral en el suelo.

—Voy a avisar a Kaia —informo a Galen, quien asiente mientras anuda la cuerda de los animales en el árbol .

Rebusco entre mis pertenencias la blusa, la cual lleva atada con un hilo un frasco con el ungüento ya preparado, y también una nota que pone: De nada, K.

Sin poder evitarlo sonrío para después abrirlo y remangarme la camisa. Con una mano sujeto la tela y con la otra dibujo la palabra escamas sobre mi antebrazo.

El ardor no tarda en llegar, con la respuesta de mi amiga.

Instintivamente busco a Galen con la mirada y me percato de que me está observando con atención.

Al bajar la vista hacia mi piel y las palabras se forman despacio

—Llevad cuidado —leo en voz alta y el castaño asiente.

Una vez listos, comenzamos a subir las escaleras de piedra.

—No te separes de mí. —Estira su mano en mi dirección—. Esto está muy vacío.

Cuando llegamos a la puerta de roble blanco con decoraciones en dorado, tocamos el metal que tiene incrustado varias veces.

Al poco de no recibir respuesta, Galen decide atravesarla, porque un segundo después siento como la madera cede ante su poder.

Una vez dentro, pasamos a formar parte de la oscuridad. No hay luz que nos pueda guiar en ninguna dirección, y tampoco indicios de everen viviendo aquí. Mucho menos parece haber algo tan importante como las escamas.

Seguro que nos hemos equivocado.

—Volvamos con los ceres, tal vez no es aquí Galen —susurro a su oído y aprieto su mano nerviosa.

No sabía que tanta penumbra me podría causar inquietud.

—Shhh, no estamos solos .

—¿Cómo lo…? —No termino de formular la pregunta, ya que sé la respuesta.

Latidos.

De repente me veo obligada a cerrar los ojos cuando la sala se ilumina con una serie de lámparas.

—¡Bienvenidos! —Una voz masculina, que me resulta familiar, retumba creando un eco.

Un escalofrío recorre mi columna e intento centrar mi vista, pero no hay nadie a nuestro lado.

—Os estaba esperando —habla de nuevo, pero esta vez parece que está más cerca.

Tras lo que a mí me parece un largo silencio, Galen me lanza una mirada de soslayo en la puedo percibir preocupación e incluso miedo.

—No habéis tardado mucho en llegar.

En un rápido movimiento estoy detrás de Galen, quien acaba de cubrirme con su cuerpo quedando él expuesto.

—¡Corre! —Pero mi cuerpo no reacciona, no puedo moverme.

Y entonces lo veo entre mis piernas, es un sayodemo. Había oído rumores sobre ellos, sabía que existían, pero nunca llegué a imaginar que vería a uno.

A simple vista parece inofensivo y, sobre todo, amigable. Su apariencia blanca, cubierta por un espeso pelaje claro, transmite una falsa sensación de docilidad, pero su veneno para los everen es peligroso.

Veo su rostro alargado y prominente; sus orejas redondeadas se restriegan contra mí mientras me olfatea con su larga nariz. Solo necesito encontrarme con sus ojos negros para comprender que he sido su presa.

—Me ha tenido que morder en algún momento y no lo he notado, Galen —susurro cuando el ardor comienza a extenderse por mi pierna.

El sayodemo emite un chillido agudo y su cola peluda se transforma, dividiéndose en dos extremidades cubiertas de dientes afilados.

Esta vez lo veo con claridad. Ataca con rapidez y furia, clavándolos en mi pierna. Un grito brota de lo más profundo de mi garganta y siento como cada colmillo se hunde en mi piel.

—¡Mierda! —maldice Galen.

El bicho repite el movimiento con la otra cola, y el dolor se vuelve insoportable.

Me muerdo el labio con tanta fuerza que el sabor metálico de la sangre se instala en mi boca, mientras siento cómo mi poder se desvanece, como si algo me lo arrancara desde dentro. Las heridas me queman.

Ni siquiera sabía que algo así fuera posible; ahora lo comprendo, pues con cada ráfaga de veneno que me inyecta, el dolor aumenta y mi cuerpo empieza a fallar.

Este es nuestro final, nos ha pillado y hemos fracasado.

Mi mirada se dirige a la del castaño, quien tensa su mandíbula. No dice nada pero se centra en el animal.

De pronto, el sayodemo se estremece. Su cuerpo empieza a tambalearse, expulsa agua por la boca y emite un sonido ahogado. Intenta respirar, pero se desploma convulsionando.

—¡Vámonos! — Galen agarra mi mano y tira de mi por donde habíamos venido, pero la puerta ya no está detrás nuestra —. Joder.

Me dejo guiar por él, pero cada paso me confunde; las lámparas siguen fijas y no sé si realmente hemos avanzado.

Mis piernas están débiles, noto como me cuesta seguirle el ritmo, aun así no paro cuando llegamos a un pasillo que se va estrechando. Un destello de luz nos hace detenernos en seco.

—¿De verdad creíais, que os escaparíais tan fácilmente? —Es Taron quien está delante nuestra bloqueando nuestro camino.

Siento el frío de un arma en mi cuello y caigo en la cuenta de que ha utilizado su poder de la luz para crear una ilusión.

Nunca ha estado frente a nosotros.

Galen se voltea y avanza nuestra dirección pero Taron lanza otro chispazo obligándonos a cerrar los ojos y detener sus pasos.

—¡Suéltala! —ordena el castaño.

—Ni lo sueñes —contesta y empieza a reírse.

Coloco mi mano en su brazo e intento usar mi don, pero no consigo hacer nada para liberarme. Mi movimiento le lleva a ejercer más presión en la daga sobre mi garganta y noto como mi piel se abre.

—Taron —dice para llamar su atención—. Déjala a ella y cógeme a mí.

—¡Ja! Ni lo sueñes. —Retrocede un paso y yo hago lo mismo por inercia—. Gracias al sayodemo, sus poderes estarán inhibidos durante un tiempo, así que ella es más fácil de controlar.

Justo en ese segundo le propino un cabezazo en la nariz, para después salir en la dirección de Galen .

—Maldita desgraciada… —grita mientras nos alejamos todo lo posible de él.

Cuando centro la vista veo una serie de puertas de metal, me percato de que son todas iguales y ninguna se abre.

—¡Aquí! —Su mano tira de la mía atravesando una de ellas con la misma facilidad de siempre.

Al entrar, me dejo caer sobre la puerta y él apoya sus manos, una a cada lado de mi cabeza. Nuestras respiraciones agitadas se entrelazan y percibo el miedo en sus ojos.

—Estás sangrando. —Me observa detenidamente.

Desliza su dedo sobre mi cuello, cerca del corte, donde aun siento que la herida sigue abierta. Todavía no me estoy curando.

—Estoy bien, no me duele.

—Que no te duela no significa que no estés herida. —Puedo captar la tensión en sus movimientos y en su respiración.

—Sanaré, ya lo sabes.

—Quiero ver esas mordidas. —Avanza hacia el centro de la habitación, donde un tragaluz ilumina la estancia. Me percato de la mesa y las dos sillas pegadas a la pared.

Me señala con la cabeza el asiento y obedezco, sintiendo cómo la cabeza me da vueltas y el frío se instala en mi cuerpo.

Galen se coloca de rodillas frente a mí, intentando examinar los bocados del sayodemo, sin mucho éxito.

—Creo que debería… —Nuestras miradas se entrelazan, y sabe exactamente lo que quiero decir antes de terminar la frase.

—Y yo creo que no es buena idea —responde—. Voy a cortar tu pantalón .

Comienza a quitar los nudos de las botas, a desatarlas para después sacarlas sin dejar de observarme. Desde aquí puedo percibir cómo su cerebro trabaja a toda velocidad para hallar una forma de escapar.

Aparta la vista y, con sumo cuidado, pasa la punta del cuchillo desde la parte baja del pantalón hasta la rodilla, justo por la costura de la tela.

Observo con detenimiento las mordidas de la pierna. Solo tengo dos y la marca de los dientes es de un color violeta oscuro. Nunca antes había visto algo así.

—Ni siquiera sé cómo te mantienes en pie. —Se levanta y empieza a dar vueltas por la habitación, pasando sus manos por el pelo.

Me acerco a él y agarro su mano, es entonces cuando coge una respiración más profunda. Gira sobre sí mismo y acuna mi rostro entre sus manos, sus ojos no dejan de estudiar minuciosamente.

—Tendría que haber actuado antes. —Su rostro se tensa—. Si te llega a pasar algo…

—Estoy bien.

—¡Mierda Khione, no lo estás! Tu cuerpo no se está curando bien, necesitas el antídoto al veneno del sayodemo.

Puedo notar la tensión en cada una de sus palabras y en la forma en la que lo dice.

Y es entonces cuando la vista se me nubla y me tambaleo. Sus brazos me rodean por las piernas y espalda, cargándome.

—Galen… —Su rostro empieza a volverse negro y los párpados se me cierran.

—No te duermas, mantente despierta.

Hago el esfuerzo de abrir los ojos pero no lo consigo .

—Mierda Khione. —Sus latidos son tan rápidos y fuertes que siento como me retumban en la cabeza.

—No… hay escapatoria… —Oigo antes de que todo se desmorone.