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Al dejar atrás los límites de Solara, nos detenemos en el camino y bajamos de los ceres todavía con la respiración agitada.
—Joder… —murmura, llevándose la mano al rostro—. Cómo duele.
—¿Puedo? —Me acerco sin esperar respuesta y coloco la mano con cuidado sobre la quemadura.
Su cuerpo se tensa bajo mis dedos y emite un quejido bajo, pero no se aparta.
Cierro los ojos y dejo que mi poder fluya, regenerando cada molécula dañada.
Siento el mismo daño que él ha experimentado. Me muerdo la lengua para no gritar y las piernas me fallan, pero noto sus manos alrededor de mi cuerpo: una en la cintura y la otra en mi codo.
Cuando el dolor disminuye, abro los ojos y mi mano sigue en su mejilla. Él no se ha apartado y yo no quiero que lo haga, no todavía.
Ahora que la adrenalina ha bajado caigo en la cuenta de que no sé si Seal sigue con vida.
—Está vivo. —Galen responde a mis pensamientos.
—¿Cómo sabías lo que estaba pensando?
—Por tu expresión de preocupación y porque has dejado de tocarme.
Le doy la espalda y empiezo a caminar hacia los animales, que acaban de empezar a jugar entre ellos.
«Está vivo» sus palabras se repiten en mi cabeza.
—¿Cómo sabes que está…? —Me giro y nuestras miradas se conectan.
—Su corazón seguía latiendo cuando hemos salido del establo.
¿Su corazón?
—¿Puedes sentir el latido?
Sus ojos me sostienen un segundo más de lo necesario.
—Sí. —No aparta la mirada—. El agua está en todas partes. También en nosotros y eso me permite sentir el flujo…
—De la sangre. —Las piezas del puzle encajan perfectamente en mi cabeza.
Trago saliva y él asiente.
—Soy Rhesar del agua y mi padre me enseñó a controlar la sangre. Es fácil cuando gran parte de nosotros está compuesta de ella.
Silencio.
—¿Podrías… detenerlo?
No responde enseguida, solo entrelaza sus dedos con los míos.
—Podría hacer muchas cosas, aunque solo lo uso cuando no tengo otra alternativa.
—Por eso el día de la prueba no me soltaste la mano hasta que dijeron que solo era una Kovar molecular. —Sus ojos verdes, con esas motas doradas, observan cada movimiento que hago y entonces lo abrazo.
Tarda un segundo en reaccionar pero me envuelve entre sus brazos.
—¿Te acuerdas del guardia que estaba vigilando la sala? —Asiento en su pecho. —Ralenticé un poco sus latidos… yo…
—No tienes por qué explicarte, ni justificarte. Era la única forma de entrar a ese lugar. —Levanto la vista y veo cómo su rostro se relaja tras soltar un suspiro.
Y no puedo evitar admirar lo atractivo que es, sobre todo cuando me mira así. Me aparto bruscamente cuando empiezo a notar que mis mejillas empiezan a arder.
Una risa se filtra por mis oídos y camino hacia los ceres, que ahora están tumbados sobre la arena.
—Tenemos que estar mañana en Belion —dice ajustándose el morral, a mi lado.
—Solo podemos hacer una parada más —deduzco gracias al mapa que nos dieron y sabiendo que estamos en la parte suroeste del desierto de Solara.
Aún es temprano, pero el sol empieza a picar y echo en falta alguna sombra para que el calor no sea tan agobiante.
No sé cuánto tiempo ha pasado pero ninguno de los ha vuelto a decir nada y todo lo que nos rodea es arena y desierto.
Quiero terminar la misión y volver a la Facción Escarlata, acabar la investigación por la que decidimos entrar, y salir de allí cuanto antes, de una forma u otra .
El miedo de no volver a ver a Kaia y Neal me invade, y no puedo evitar pensar en Micah. En cómo serían las cosas ahora. Si nos hubiéramos graduado en Eros, en las clases de vuelo que tendría con Icarus, o si tendría mi propio leorus.
—Necesito parar, no siento las piernas. —La voz de Galen me saca de mis pensamientos y me centro de nuevo en el presente.
—Yo tampoco las siento.
Decidimos parar un poco más adelante, junto al río para rellenar las cantimploras.
Si mi memoria no me falla estamos en el río Lefin, que separa los territorios Tarred de Ayesha. Recuerdo que en los mapas que tenía mamá no se llamaba así y que se lo cambiaron después del distanciamiento de los dragones. Por eso tiene ese nombre, porque en la antigua lengua significa separación.
Pese a que el crepúsculo nos abraza, el calor sigue siendo un poco sofocante. Me acerco al agua y al tocarla siento que está helada, provocando que se me entumezcan los dedos.
—Según mis cálculos, nos queda la mitad del camino. Llegaremos a tiempo. —Galen se agacha a mi lado, y se refresca un poco el cuello.
Asiento y me dejo llevar por el murmullo del arroyo que nos envuelve y anula cualquier otro sonido. Por un momento, el mundo parece reducido a esto.
Al río, a nosotros.
Me incorporo primero. Él tarda un poco más.
—Si volvemos… —empiezo pero su movimiento me hace callar, bajando la vista.
—Volveremos —corrige antes de dar un sorbo.
—Hace demasiado calor ¿no? —murmuro, intentando justificar el nudo extraño que siento en el pecho.
Son demasiadas cosas en poco tiempo. Y encima ahora nos mandan a nosotros solos a esta estúpida misión, cuando ni siquiera nos correspondía.
No entiendo nada, no sé a qué están jugando los dioses conmigo pero lo único que quiero es que todo acabe ya.
Quiero volver a Eros y quiero vivir una vida tranquila. Y no solo eso, desearía que Micah estuviera vivo.
—Descansemos un poco —dice sacándome de mi ensimismamiento—. Los ceres también lo necesitan.
Desvío la vista hacia los animales justo cuando se inclinan para beber del río, resoplando con alivio.
Galen se sienta a unos pasos, sobre la tierra pedregosa. Se quita la chaqueta granate que nos han dado; lisa y sin emblemas ni marcas que puedan delatarnos.
No debería mirarlo. No así.
Pero no puedo apartar la vista de cada uno de sus movimientos. El corazón me late más rápido de lo que debería y el calor se vuelve más insoportable y difícil de ignorar.
Me doy la vuelta y me coloco de cara al arroyo, fingiendo interés en lo que me rodea, intentando pensar en cualquier cosa que no sean mis manos tocándolo.
Intento quitarme la sobrecamisa con torpeza y entonces lo recuerdo: Kaia me la ha ajustado esta mañana por detrás.
—Te ayudo. —Su voz suena demasiado cerca. Choca con mi cuello y me eriza la piel al instante.
Siento sus dedos deshacer el nudo con cuidado y sin prisa. El roce es leve, casi respetuoso, pero suficiente para que se me corte la respiración.
Cuando termina, no se aparta y me giro despacio quedando cara a cara.
Galen me observa como si estuviera midiendo algo que lleva tiempo conteniendo. Alza una mano y aparta un mechón de cabello detrás de mi oreja. Sus dedos rozan mi mejilla, luego descienden hasta mis labios, rozándolos sutilmente.
—Khione… —Su mirada se detiene un segundo en mi boca antes de volver a mis ojos—. Te voy a besar.
No me da tiempo a responder.
Sus labios rozan los míos con firmeza contenida, solo un instante. Lo justo para que el cuerpo reaccione antes que la razón.
Se separa apenas unos centímetros y, sin pensarlo, soy yo quien acorta la distancia. Mis manos suben hasta su cuello, reclamándolo.
Galen responde al beso con una intensidad medida, como si incluso ahora se obligara a no perder el control. Su mano se enreda en mi pelo y me sostiene con cuidado, no para acercarme más, sino para no dejarme ir.
—No sabes las veces que he pensado hacer esto —murmura contra mis labios—. Suelo tener el control de todo, pero por ti me dejo dominar, Khione Sonnet.
—Galen…—mi voz sale más débil de lo que pretendía.
Vuelve a unirnos en un beso más lento, más profundo y durante un momento me olvido de dónde estamos.
De la misión y del peligro .
Sus caricias son una mezcla de delicadeza y ferocidad. Me arqueo hacia él, queriendo más e intento poner un límite, usar mi lado racional. Pero cuando se trata de él esa parte no existe.
No puedo parar y tampoco quiero. El calor que emanan sus manos sobre mi cintura termina por desarmarme cuando aprieta, con suavidad, mi piel.
Me dejo llevar, enredando mis dedos sobre su pelo, tirando levemente de cada hebra. Un gemido de placer brota de su garganta.
Todo lo que hemos estado reprimiendo se acaba de desmoronar. Es como si todos mis intentos por mantener la distancia hubieran fallado en cuanto sus labios encontraron los míos.
El gruñido de los ceres nos hace separarnos un poco.
Galen apoya la frente contra la mía un segundo más y, antes de dejarme ir, deposita un beso breve y casto en mis labios.
—¡Joder! —Su respiración está igual de agitada que la mía—. ¿Por qué he tardado tanto en hacer esto?
—No lo sé… —No puedo evitar sonreír, y noto arder mis mejillas.
—Siento si he sido demasiado invasivo. —Sitúa su mano en mi rostro, cierro los ojos ante su tacto y los abro al instante—, pero llevo queriendo hacer esto desde el día en que…
Esta vez soy yo quien roza mis labios sobre los suyos para que deje de hablar. Acto seguido empezamos a reírnos a la vez.