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Seal se gira sin decir nada más y se aleja con los suyos, desapareciendo entre el laberinto.
Galen no suelta el aire hasta que dejan de oírse las pisadas y siento cómo la adrenalina aún palpita en mis venas.
—Vámonos —dice en voz baja.
Asiento y desandamos el camino con cuidado. Atravesamos el último tramo sin incidentes, sorteando las zonas marcadas y evitando los puntos más inestables de la piedra
Cuando salimos al otro lado, una señal marca el final del recorrido, justo donde el resto del grupo espera.
—Tiempo cumplido —anuncia una voz.
Taron y Deron intercambian una mirada rápida cuando nos ven aparecer los últimos de nuestro equipo .
—¡Actos! ¡Consecuencias! —gritamos todos al unísono, una vez que el grupo contrario ha finalizado la prueba.
—¿Dónde cojones estabais? —nos pregunta nuestro líder entre dientes—. Un minuto más y…
—Por eso hemos llegado un minuto antes —dice Galen, intentando disimular una sonrisa socarrona. Antes de que enfurezca más a nuestro líder, le doy un codazo sutil para que se calle.
—¿Así que te atreves a cuestionar a tu superior? —Darnell lo mira con una frialdad afilada y en cuestión de segundos Galen está atado de pies y manos por una enredadera que surge del suelo.
—¡Basta! —grita Deron pero Darnell no hace caso.
A mí derecha se colocan Kaia y Neal, sin dudarlo.
—No sabes con quién te estás metiendo, Intocable. —Acorta la distancia, apretando más el agarre.
Siento un hormigueo correr por mis manos, pero aprieto los puños para mantener el control, igual que Galen, que no se inmuta.
Porque los cuatro sabemos que no le costaría nada de trabajo deshacerse de la sujeción, pero si queremos pasar desapercibidos y poder seguir investigando sin llamar la atención, nos conviene mantener el perfil bajo.
Neal se mantiene alerta, preparado para cualquier cosa y Kaia intenta deshacerlo pero le resulta imposible.
—¿Qué pasa? ¿Es que no eres lo suficientemente fuerte? —Se dirige a mi amiga y empieza a reírse.
A su lado aparece Seal creando una llama en la palma de su mano.
—¡He dicho basta! —Nuestro instructor se coloca en medio y tanto Seal como Darnell hacen desaparecer sus poderes.
—Actos, consecuencias —dice Taron esta vez—. Los seis, a la sala de retención.
—Hay un cambio de planes —la sacerdotisa irrumpe a nuestra espalda antes de que nadie tenga tiempo de reaccionar—. Vosotros cuatro, venid conmigo —ordena señalándonos a Galen y a mí y luego a Seal y a Darnell.
Obedezco por inercia, pero a medida que nos alejamos del resto del grupo, al otro lado del patio, noto un nudo formarse en el estómago. Entonces reparo en que no ha venido sola.
A su lado camina un hombre de cabello pelirrojo y ojos verdes, de semblante serio. No dice nada, pero su mirada recorre cada uno de nuestros movimientos con una atención incómoda, como si nos estuviera evaluando.
—La misión de las escamas se ha adelantado —anuncia con un tono duro y áspero, tal como me lo había imaginado al verlo.
—¿La misión de las escamas? —murmuro pero parece llegar a sus oídos.
—Efectivamente. Llevamos tiempo buscándolas y tenemos una fuente fiable que asegura saber dónde se encuentran.
Empieza a caminar con naturalidad, como si el espacio le perteneciera. Entrelaza las manos a la espalda erguido. No dice nada, pero su presencia pesa más que cualquier palabra.
Eso me recuerda a Bren. No es momento de pensar en ello, pero ojalá siguiéramos en Eros. Mientras tanto, sus ojos verdes recorren el grupo con calma calculada.
—Ha habido ligeros cambios —continúa la sacerdotisa—. Ya no irán Seal y Darnell; en su lugar marcharán Khione y Galen.
Mi corazón se detiene. El mundo parece inclinarse un segundo cuando escucho mi nombre.
—¿Ellos? —La incredulidad del pelinegro es inmediata.
—Acaban de llegar. Y encima son de Eros —añade Seal elevando la voz.
—Las órdenes vienen de arriba. No está en nuestra mano —zanja la sacerdotisa.
No mira a ninguno de ellos, sino al pelirrojo que está a su lado.
—Rhovan —dice señalándolo—. Él supervisará la misión.
—Vuestra prioridad no es el combate —habla Rhovan, avanzando un paso—. Es recuperar escamas de dragón.
Hace una pausa donde el silencio se vuelve más denso.
¿Escamas de dragón? ¿para qué las querrán?
Intento tragar pero un nudo se forma en mi garganta al oír esas palabras. No es habitual ir buscando algo tan valioso, y más relacionado con los dragones.
—En Ayesha hay un enclave protegido —continúa, sacándome de mis pensamientos—. Un antiguo punto de almacenamiento.
Frunzo el ceño y no puedo evitar preguntar:
—¿Almacenamiento?
—Restos conservados —corrige sin mirarme—. No todo lo que pertenece a los dragones está sobre sus cuerpos.
Su mirada se endurece ligeramente.
—Accederéis por una entrada secundaria. Está marcada en el mapa. No es una zona de tránsito habitual, pero eso no la hace segura.
—¿Protección? —Esta vez es Galen quien pregunta.
—Entráis, recogéis lo indicado y salís. —Rhovan no responde a la pregunta del castaño—. Nada más.
Hace una breve pausa, midiendo cada palabra y continúa:
—Si encontráis resistencia, no forcéis el avance. Observad y evaluad el terreno. —Su mirada se detiene un instante en Galen—. Y bajo ningún concepto actuéis por iniciativa propia.
No sé por qué, pero su forma de decirlo hace que se me erice la piel.
—Mañana al alba, partiréis hacia Ayesha. Sin demora. —Se gira y empieza a caminar como si el asunto ya estuviera cerrado.
—¿Y las instrucciones para llegar al punto indicado? —pregunta Galen acercándose un poco hacia Rhovan.
—En vuestra habitación encontraréis lo necesario y el mapa para llegar al lugar. —Se detiene en seco y voltea la cabeza—. No os desviéis de la ruta marcada.
—¿Pero por qué nosotros? —me atrevo a preguntar.
—No lo sé, probablemente porque ven potencial en vosotros dos. En los establos os esperan unos ceres —dice la sacerdotisa dándose la vuelta sin esperar respuesta, dejándonos en el silencio del patio.
Nada está saliendo como habíamos planeado. Aún no hemos encontrado ninguna pista sobre algo que nos acerque a quién dio la orden contra el bosque de Munea. Llegué a pensar que en la zona vigilada encontraríamos respuestas… pero solo nos ha dejado con más dudas.