Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 40
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Desde aquí el ángulo de la zona es bastante diferente.

La vigilancia se reduce a dos guardias que caminan en círculos demasiado amplios.

Galen vuelve a colocarse detrás de mí, cubriéndome con su cuerpo de forma automática.

—¿Tienes algún plan? —susurro.

Él ladea la cabeza, observando la pared de roca frente a nosotros.

—¿Atravesarla sin que nos vean? —Se encoge de hombros con una media sonrisa.

—En serio… —Le miro incrédula—. ¿Me estás preguntando?

—¿Confías en mí? —No dudo ni un segundo en asentir .

Justo en ese momento cierra los ojos y parece concentrarse mucho en algo.

El guardia más cercano se detiene de golpe y algo en su postura cambia. No le da tiempo ni a gritar, ni a pedir ayuda.

El hombre se lleva una mano al pecho, el aliento se le corta de golpe y cae de rodillas, jadeando.

Su compañero tarda apenas un segundo en reaccionar antes de correr hacia él.

Siento cómo mi corazón se acelera, consciente de que un paso en falso podría delatarnos.

Cuando Galen entrelaza su mano con la mía la noto demasiado firme. No me da tiempo a asimilarlo cuando el mundo parece perder solidez y la roca cede a nuestro paso, atravesando una pared tras otra sin hacer ruido.

Al otro lado, no suelta mi mano de inmediato.

Su respiración está descompasada y durante un segundo sus dedos tiemblan entre los míos, apenas perceptible, pero suficiente para que lo note.

—¿Estás bien? —susurro.

Asiente demasiado rápido.

—Solo… dame un momento.

Sus hombros se tensan un segundo y aprieta la mandíbula antes de erguirse de nuevo.

Justo cuando abro la boca para decir algo, levanta la vista y yo lo hago con él.

Entonces la veo.

Hay una masa cristalina de un rojo intenso. Flotando en el centro de la estancia, suspendida sin ningún soporte visible. Es irregular, y sobre su superficie se deslizan filamentos dorados como venas, palpitando a un ritmo lento.

Un peso extraño se instala en mi pecho al verla y por un instante desearía que Micah estuviera aquí y viera esto. Tal vez él sabría qué es.

Mi respiración se vuelve lenta, como si el aire aquí dentro fuera más denso.

Siento un leve cosquilleo bajo la piel, que se extiende hacia mis brazos y me obligo a tragar saliva.

Algo me dice que no debería estar aquí, y aun así, no puedo apartar la vista.

Las hebras doradas palpitan con un ritmo constante, y durante un segundo absurdo tengo la sensación de que late al mismo compás que mi propio corazón.

Sin darme cuenta mis dedos se cierran alrededor de la mano de Galen y él me mira como si también hubiera sentido lo mismo que yo.

—¿Qué es esto? —Hace el amago de acercarse, pero lo detengo antes de que dé un paso más.

No sabemos qué es eso y que puede hacernos.

—No tengo ni idea, pero deberíamos irnos ya. —La angustia trepa por mi estómago, sintiendo un nudo en la garganta.

Mi vista recorre una vez más la sala y mi mirada se detiene en una superficie de piedra cubierta de frascos de cristal, algunos vacíos, otros con restos oscuros adheridos a las paredes.

Hay papeles dispersos y anotaciones apresuradas. Todo parece caótico pero colocado con un patrón específico .

Tanto Galen como yo nos ponemos a rebuscar entre las hojas, intentando encontrar algo claro. Algo que nos diga quién fue quién dio la orden de quemar uno de los bosques más grandes de Theyra.

De quién mató a mi hermano.

Pero no hay nada

—Señor, le digo que ha funcionado. —Una voz nos pone en alerta.

En un impulso, guiado por la necesidad de no salir de aquí con las manos vacías, Galen agarra un par de hojas de la parte de abajo y tira de mí hacia la pared por la que hemos llegado, pero antes de desaparecer logro escuchar:

—Necesito verlo con mis propios ojos…

En cuestión de pocos segundos estamos de nuevo en la piedra estrecha que rodea esta zona.

El aire se siente más liviano, casi húmedo, con un toque terrenoso que hace que me estremezca. Por un instante parece más fácil respirar.

Doy un paso y una presión repentina me cruza el pecho, sin aviso. Me llevo la mano al corazón, desconcertada.

Al levantar la vista, Galen ya no está frente a mí.

Parpadeo y entonces lo veo.

No como una imagen completa, sino en fragmentos.

Un rostro que no reconozco del todo y, al mismo tiempo, siento cercano. Rasgos marcados pero serenos, el cabello oscuro cayéndole de forma descuidada sobre la frente. Su expresión es neutra, como si observara el mundo desde cierta distancia.

Siento un vuelco extraño en el estómago, un eco que no consigo ubicar .

Su manera de estar, la calma contenida en sus movimientos, incluso la forma en que me sostiene la mirada. Todo me resulta inquietantemente familiar.

—Khi.

Su voz es más clara que antes. Más firme.

—Siempre seremos tú y yo —dice y me abraza—. No te pienso dejar sola nunca.

El mundo se recompone de golpe.

Galen vuelve a estar frente a mí, sujetándome con una mano y el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? —pregunta en voz baja.

—He vuelto a tener una visión… —Niego con la cabeza, todavía con el pulso acelerado.

—Joder. —Pasa sus manos por mis mejillas, limpiando las lágrimas que ni siquiera había notado, y me rodea con sus brazos.

Inspiro profundamente en su pecho y me dejo llevar por su olor a dulce, cálido y ligeramente especiado.

—Nos podían haber descubierto —murmuro al cabo de un rato, pero con un toque de reproche.

—Eso que hay ahí dentro —apoya su barbilla sobre mi cabeza— parece estar vivo.

—He sentido como si mi corazón se hubiera acompasado con esa cosa.

Unos aplausos nos hacen separarnos de golpe y me coloco delante de Galen para que le dé tiempo a guardar lo que ha cogido.

—Vaya, pero mira a quién tenemos aquí. Curitas —dice, señalándome primero a mí antes de mover el dedo hacia Galen—. Y el Intocable… —Inclina la cabeza, estudiándolo—. ¿Ya sabes por qué te llamamos así?

Ninguno contesta.

Puedo sentir cómo Galen se tensa detrás de mí, su presencia se vuelve más férrea. Mi pulso se acelera y un calor extraño me recorre el pecho.

—Así que os habíais escabullido de la prueba —continúa paseando la mirada entre los dos—. Para quedaros aquí… a solas.

La sonrisa que se le dibuja no tiene nada de amable y da un paso hacia mí, acercándose demasiado. Instintivamente retrocedo, conteniendo la respiración. Él alarga la mano, como si fuera a apartarme un mechón de pelo, pero no llega a tocarme.

La mano de Galen se cierra de golpe alrededor de su muñeca.

—Ni se te ocurra tocarla —dice con voz baja y firme, y veo como se le tensa la mandíbula.

Seal alza una ceja divertido, sin intentar soltarse del agarre.

—Vaya… —murmura con picardía—. Así que de verdad te importa. Quién lo diría.

Su mirada vuelve a mí, lenta y calculadora.

—Dime, Khione. —Sus ojos cafés me examinan—. ¿Qué es lo que te gusta tanto de él?

—¡Seal! —Una voz llega desde el pasadizo.

Seal chasquea la lengua molesto, pero no aparta la mirada.

—Parece que me reclaman —dice mientras Galen mantiene su muñeca atrapada, impidiéndole tocarme—. Qué lástima.

El rubio se libera y da un paso atrás.

—Tranquilo, Intocable. —Su sonrisa vuelve a aparecer—. Ya hablaremos con calma .

Sus ojos prometen lo contrario, y un escalofrío me recorre por la espalda al saber que esto no ha terminado.