Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 39
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La llamada grupal no se desarrolla en una sala cerrada, como las primeras que hicimos.

Nos conducen hasta unos de los caños exteriores que forman Solara, donde las paredes de roca se elevan a ambos lados erosionadas por el tiempo. Creando así una especie de pasadizo en lo que parecen varias direcciones.

La piedra es del mismo tono anaranjado que lo cubre todo aquí, pero siendo más oscura en las grietas más profundas donde la luz no llega.

Al avanzar unos pasos, el suelo cambia bajo mis botas. No se hunde, pero vibra, como si notara nuestro peso y movimiento sobre la arena.

—¡En formación! —Todos nos ponernos firmes ante esas palabras.

—Hoy veremos de lo que sois capaces. —Aparece el chico rubio que nos guió junto a la sacerdotisa—. Coordinación y sigilo. Solo un equipo ganador.

—No habrá combate, ni poderes. — Justo a su lado aparece un everen idéntico a él —. Yo soy Deron y mi hermano es Taron.

Un murmullo se instala a mi alrededor.

—Sí, iniciados —aclara uno de los gemelos, dirigiéndose a los que hemos llegado hace unos días—. El día que hicisteis las pruebas éramos dos y no uno.

No puedo evitar fijarme en ellos dos, en sus pasos y en sus expresiones, que apenas varían entre el uno y el otro. Busco una diferencia mínima, algo que me ayude a distinguirlos.

Y la encuentro.

Cuando se acercan lo suficiente como para quedar frente a nosotros, Deron me sostiene la mirada un segundo más de lo necesario, lo que me permite ver que en sus ojos azules hay unas vetas doradas en forma de anillo irregular.

No puedo evitar desviar mi mirada hacia Galen, ya que sus ojos me parecen muy similares.

—El objetivo es alcanzar el punto marcado al otro lado del laberinto sin ser detectados —explica Deron.

—Los portadores del sonido estarán vigilando cada uno de vuestros pasos ahí dentro. —Taron toma la palabra y señala los corredores que se abren a nuestra derecha. El suelo cruje levemente bajo sus pisadas.

—Un paso demasiado brusco y los Rhesar de la tierra sabrán dónde estáis. Hablad más de lo necesario y estaréis eliminados — dice Deron, cruzando los brazos y fijando la mirada en nosotros—. Hoy el sigilo es vuestro mayor aliado.

—¡Actos! ¡Consecuencias! —decimos al unísono, como al final de cada entrenamiento, para recordarlo bien.

Mi estómago se contrae. No es solo la dificultad de la prueba, es la sensación de estar vigilada, de que cualquier error que cometa pueda tener consecuencias.

La Facción tiene ojos en todas partes, y el miedo se me enreda en el pecho mientras noto cómo mi respiración se acelera.

Justo cuando ambos instructores se ponen a organizar los equipos, Galen se inclina y me susurra:

—Creo que es una buena oportunidad para ir a ver qué hay en la zona vigilada.

—¿De verdad crees que es buen momento para ir? —La duda me invade de inmediato y más al saber que vamos a estar bastante controlados.

—Es posible que con esta prueba esa área esté más libre de hombres y sea más fácil acceder—. Deron señala al líder del grupo de nuestro equipo, un chico de cabello largo y oscuro, antes de volver a conversar con su gemelo.

—¿Y si nos pillan? —susurro, sintiendo cómo se me acelera el corazón—. ¿Y si el terreno nos delata antes de que lleguemos?

—Improvisaremos —responde con confianza y un gesto divertido cruza su rostro, haciendo que mis mejillas se calienten.

Nuestro líder nos hace una seña para que nos acerquemos. Una vez estamos todos dice:

—No seguiremos la ruta evidente —murmura mirándonos rápidamente—. Aquí, lo recto es lo más vigilado.

Mis ojos se desvían hacia donde se encuentran Kaia y Neal y no puedo evitar pensar que ojalá nos hubiera tocado a los cuatro en el mismo equipo.

—¡Khione! —La voz aguda del pelinegro me hace salir de mis cavilaciones, dando un respingo—. Irás la última, así que más te vale concentrarte. Cualquier fallo podría delatarnos a todos.

Galen me lanza una mirada breve cargada de complicidad, como si supiera que ser la última podía jugar a nuestro favor.

Avanzamos cuando el líder da la orden. Los primeros pasos son lentos, medidos, casi contenidos. Cada pisada se siente distinta como si el suelo respondiera con un temblor leve.

Respiro hondo y copio exactamente el movimiento de Galen, que va frente a mí.

Talón, planta, peso. Nada brusco y mucho menos rápido.

El pasadizo se divide en dos más adelante. El grupo gira hacia la izquierda, siendo la ruta menos evidente, tal y como había ordenado nuestro capitán.

Cuando el último de ellos dobla la esquina, Galen reduce aún más el paso. Se gira un segundo hacia mí y, con la mirada, me indica que me centre en su mano, que cuelga a un lado. Con el pulgar golpea primero el índice y luego el dedo corazón, marcando así el ritmo de nuestras pisadas.

Uno.

Dos.

Y en el tercer paso, se desvía apenas unos centímetros a la derecha, dejando atrás al resto del grupo.

Mi pulso se acelera cuando me toca a mi hacer ese mismo movimiento. Si me equivoco ahora habremos perdido una gran oportunidad .

Nuestros ojos conectan y gracias a su leve asentimiento de cabeza, doy el paso.

Todo sigue igual y vuelvo a respirar con normalidad.

Su mano se cierne con suavidad sobre la mía, desviándome con él hacia una grieta estrecha entre dos paredes de roca.

El murmullo lejano de los pasos del grupo se atenúa hasta desaparecer por completo.

Entonces Galen se detiene, ambos estamos muy cerca y gracias a la cercanía siento calor emanar de su cuerpo. Cuando gira la cabeza hacia mí su rostro está apenas a unos centímetros del mío.

No puedo evitar mirarlo a los labios cuando los humedece inconscientemente con la lengua.

Ninguno habla, pero la forma en que acorta la distancia entre nosotros hace que mi pulso se acelere.

Su mano acaricia mi mandíbula antes de hundirse entre mi cabello y nuca, provocando un cosquilleo que recorre todo mi cuerpo.

—Deberíamos movernos —Sugiere y siento como su respiración se mezcla con la mía.

—Deberíamos… —repito apartando la vista de sus labios, para centrarme en el color de sus ojos—. Creo que están lo suficientemente lejos…

Su otra mano me acalla y noto cómo su cuerpo se tensa al escuchar voces cercanas:

—Te digo que… vueltas en círculo…— Las voces regresan distorsionadas, retumbando entre las paredes de roca y eso es suficiente para obligarnos a tomar distancia, aunque ninguno quisiera hacerlo .

Apenas puedo creer cómo nos guía su intangibilidad. Es como si las paredes cedieran ante su poder. Y, de algún modo, llegamos a nuestro objetivo: una zona que ahora apenas está custodiada.