Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 38
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El silbido que anuncia el final del entrenamiento corta el aire.

Limpio el sudor de mi frente y me dejo caer de espaldas sobre la arena. Mi pecho sube y baja con dificultad y durante unos segundos solo existe el sonido de mi propia respiración.

Levanto la vista sin pensarlo y encuentro a Galen inclinado hacia delante, con las manos apoyadas en las rodillas, respirando hondo. El cansancio pesa en su postura, pero no en su mirada. Permanece fija en el centro del terreno, vigilando cada movimiento de los presentes.

Siento que me ha visto antes incluso de que nuestros ojos se crucen. Cuando lo hacen, un cosquilleo se instala en mi estómago y aparto la mirada antes de ponerme más nerviosa.

Me incorporo con un gemido leve mientras Kaia se detiene a mi lado, despeinada, con el uniforme empapado, y manchado del barro anaranjado de Solara .

—Si no me doy una ducha ahora mismo, creo que voy a morir de asco —masculla, limpiándose lo que puede de suciedad con las manos.

Resoplo demasiado cansada para responder, y comenzamos la marcha cuando el grupo empieza a dispersarse.

El camino hacia las duchas es un desfile de cuerpos agotados, risas flojas y pasos arrastrados sobre la piedra caliente a la hora del mediodía.

—No sabía que podían cansarnos así —refunfuña estirando los brazos con una mueca de dolor.

Asiento despacio.

Durante el combate he tenido que repetir mentalmente cada corrección del instructor: mantener el centro de gravedad bajo, no confiar en la curación, anticipar el movimiento antes de que ocurra…

En Eros te enseñan a resistir. Aquí te enseñan a sobrevivir.

—Nos hacen pelear sin que haya margen de error—murmuro algo exasperada.

Empiezo a entender por qué me han insistido tanto estos dos días en no depender de la curación. Porque el dolor se va, pero el cansancio no.

Kaia suelta una risa corta.

—Exacto. Mi grupo ha pasado media hora rodando por el suelo. Solo con la finalidad de aprender a caer, levantarse y volver a caer.

Recuerdo el impacto seco contra la arena, el aire escapando de mis pulmones, el ardor familiar detrás de la oreja izquierda cuando mi cuerpo empezaba a curarse y el aviso inmediato del instructor.

«No te apoyes en la madera».

«El enemigo no da segundas oportunidades».

—A nosotros nos hicieron repetir el mismo movimiento hasta que dejó de doler. —Me masajeo las sienes por el agotamiento mental, más que por el físico.

—No se si podré aguantar un entrenamiento más como este. —Kaia me mira de reojo.

Seguimos caminando juntas hacia las duchas, agotadas, cubiertas de polvo y sudor, pero todavía en pie.

Al girar por uno de los pasillos laterales, casi choco con alguien.

—Mira por dónde vas.

Alzo la cabeza y lo reconozco al instante.

Seal, el chico del primer día.

Su cabello ahora está más oscuro, debido a la suciedad, pero su expresión altiva sigue en su rostro.

Sus ojos se detienen un segundo más en mis manos, aun tensas, como si estas no entendieran que ya no estoy en combate.

—Vaya —dice sonriendo—. Con tu poder, el dolor no dura mucho ¿no?

Se señala el rostro lleno de magulladuras que a diferencia del mío esta sin ningún rasguño.

Kaia se tensa a mi lado.

No le respondo porque el cansancio pesa demasiado como para gastar la poca energía que me queda en palabras.

Al ver que no le hacemos caso, su mandíbula se tensa. Durante un segundo parece que va a decir algo más, pero entonces mira por encima de mi hombro.

Sigo su mirada.

Galen está al fondo del pasillo, observándonos sin disimulo .

El chico chasquea la lengua y se aparta.

—Nos veremos, Curitas —murmura antes de desaparecer.

*   *   *

Los cuatro estamos en la habitación compartida, tomándonos un descanso.

Neal se ha quedado dormido sentado con la cabeza ladeada encima del hombro de Kaia, como si el cuerpo hubiera decidido por él.

Mientras tanto, ella pasa las páginas de la Guía de Flora Oculta con movimientos lentos.

Lleva desde ayer sin soltarla, y los bostezos se le escapan uno tras otro mientras intenta no quedarse dormida.

Galen está sentado frente a la mesa, haciendo girar la pluma entre los dedos mientras mantiene la mirada fija en un punto.

A diferencia del otro día, ha tenido que mover uno de los baúles y usarlo como asiento. La silla está ahora junto a la puerta.

Desde que Kaia la colocó allí la otra mañana, se ha vuelto una especie de ritual. Un gesto pequeño, casi automático, pero que nos hace sentir un poco más tranquilos.

El castaño se levanta sin decir nada y abre uno de los cajones de la mesa. Durante un segundo pienso que va a coger algún mapa o notas del entrenamiento, pero en su lugar saca unas hojas pequeñas, atadas con una cuerda marrón.

Las deposita frente a mí, reconociéndolas de inmediato.

K.S. Asoma por la esquina de una de ellas.

Levanto la vista, confundida. Galen me sostiene la mirada y se limita a asentir una sola vez, como si ese gesto fuera suficiente .

Desato la cuerda con cuidado. El dibujo aparece entre mis dedos tal y como la primera vez que lo vi. Las dos siluetas sentadas bajo el árbol, trazadas con líneas imperfectas e infantiles.

Unas son más firmes, otras vacilan, como si dos manos distintas hubieran compartido el mismo papel.

Algo se aprieta en mi pecho.

—Pensé que… —empiezo, pero no termino la frase.

—Es tuyo —dice en voz baja y se sienta en el borde de mi cama —. O eso creo.

Guarda silencio unos segundos, como si midiera el peso de lo que está a punto de decir, como hace últimamente.

—Lo encontré hace tiempo —añade y sus ojos estudian cada uno de mis movimientos —. No estaba donde debía.

​​Frunzo el ceño, aún más confundida.

—¿Por qué crees que es mío?

—Khione Sonnet —responde deslizando con lentitud cada palabra a la vez que las pronuncia en voz alta —. Hay algo que me dice que quien debe tenerlo eres tú.

Galen baja la mirada un instante.

​​—Yo tampoco lo entiendo del todo —continúa—. Y aún hay cosas que no encajan.

—Antes de verlo entre tus pertenencias. —Señalo el papel— soñé con que Micah me entregaba algo parecido.

Abre la boca como si fuera a decir algo más pero un golpe seco en la puerta nos sobresalta a los cuatro.

—Entrenamiento grupal—dice una voz firme al otro lado—. Tenéis cinco minutos.

Galen se incorpora al instante .

El dibujo sigue entre mis manos, pero ya no parece un simple papel. Lo pliego con cuidado, como si pudiera romperse con un gesto brusco.

Nada se ha aclarado.

Y, aun así, todo ha cambiado.