Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 35
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Una vez nos hemos alejado de la zona vigilada y mi pulso se ha calmado, Galen me pregunta:

—¿Estás bien?

Lleno mis pulmones de aire para controlar el temblor de mis manos.

Avanzamos por los tramos más vacíos, donde apenas llegan los pasos de los guardias.

—No lo sé —admito girándome hacia él, deteniendo nuestra marcha—. ¿He tenido una visión? Ni quiera sé qué son esas imágenes.

—¿Qué has visto? —Se acerca, observándome.

—De nuevo he visto al chico de ojos azules —digo y trago saliva—. Estábamos huyendo de alguien.

Galen no responde al instante, pero cuando lo hace:

—Huyendo… —murmura para sí mismo, como si divagara, con los ojos ausentes.

Asiento despacio.

—No sé de quién escapábamos —añado—.  Solo que no podíamos detenernos.

El silencio entre nosotros no es incómodo, pero sí cargado. Cuando se gira, su expresión es cuidadosa, como si pensara detenidamente cada palabra antes de dejarla salir:

—Desde que Micah murió, ¿las visiones han cambiado mucho?

—Sí. —Recordar a mi hermano hace que se me estruje el corazón en el pecho, aun así, respondo: —Se han vuelto más nítidas, como si estuviera allí de verdad.

—Las visiones no siempre son lo que parecen. En Eros estudié casos parecidos —me explica—. Everen que, tras una pérdida, experimentaban sueños vívidos o fragmentos que no coincidían con lo que estaban viviendo.

Sus dedos se cierran en un puño, antes de relajar de nuevo la mano.

—¿Cómo si fueran recuerdos incompletos?  —cuestiono, confusa.

—Claro, tiene sentido… —murmura casi para sí mismo, como si hubiera encajado las piezas de un puzle.

—No sé si esto tiene sentido para mí —pregunto, notando que la incertidumbre se hace más grande en mi interior.

—Cuando alguien importante de tu vida ya no está, las barreras mentales se pueden debilitar. —Sus palabras salen despacio.

—¿Qué es eso?

—Mecanismos de defensa —aclara—. La mente hace cosas extrañas para sobrevivir.

—¿Crees que me estoy inventando inconscientemente todo?

Ni siquiera sé lo que pensar.

—No estás perdiendo la cabeza, Khione. Y no estás sola en esto —esas palabras son suficientes para mí.

Las voces de los guardias nos hacen callarnos.

Pasan por delante nuestra, pero ambos estamos ocultos en un pasillo transversal, que hace imposible que nos vean.

—Volvamos —dice en voz baja—. Está a punto de amanecer.

Nos encaminamos de vuelta a la habitación, en un silencio reconfortante.

Nunca imaginé que acabaría caminando así con Galen.

Ni después de aquel primer día, cuando lo vi frente a mí en el entrenamiento del profesor Bren.

Nunca entendí por qué me guardaba rencor.

Pero me alegro de que estemos en este punto y que me esté ayudando con todo lo que está pasando.

Es entonces cuando me fijo que el cielo empieza a clarear cuando llegamos a nuestra estancia, en la que los demás ya no están.

Abro el baúl que está en los pies de la cama y, tal y como me imaginaba, dentro está el uniforme que nos dieron ayer. Galen repite mi acción, encontrando el suyo a su lado.

—Espero fuera. Cuando termines, avísame —dice deteniéndose un segundo más de lo normal, antes de darse la vuelta. El gesto es suficiente para notar cómo me arden los mofletes.

Galen se gira y sale al pasillo sin decir nada más, cerrando la puerta con cuidado.

Me veo reflejada en el cristal del ventanal, que me devuelve una imagen que apenas reconozco: los ojos demasiado despiertos para esta hora de la mañana. Siento el cuerpo en tensión, la mente aún anclada a aquel sueño de huida y temor.

Me obligo a moverme. Desdoblo el uniforme granate con manos lentas y casi temblorosas. La tela es más pesada y firme de lo que esperaba. Cuando me lo coloco, me recuerdo a mí misma que no pertenezco a este lugar, pero que debo resistir.

Ajusto los botones y, al hacerlo, una imagen fugaz cruza mi mente: esta vez una mano distinta a la mía cierra sus dedos alrededor de mi muñeca con urgencia.

Su respiración es agitada y a mi espalda, su voz, me apremia a moverme más rápidamente.

El recuerdo, o al menos lo llama así Galen, se desvanece antes de poder atraparlo y me deja el pulso acelerado.

Aprieto los dedos contra la tela, anclándome.

Raíz. Latido. Brújula.

Cuando por fin vuelvo en mí, salgo al exterior. Galen sigue allí, apoyado contra la pared de piedra, paciente, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el pasillo vacío.

Al oírme, levanta la cabeza. Sus ojos se deslizan por mí con rapidez. Algo indefinible cruza su expresión. No es sorpresa ni alivio, es algo más profundo a lo que tal vez no quiera enfrentarme.

—No tardo. —Y no me da tiempo a contestar siquiera porque ya está dentro de la habitación quitándose la ropa.

Cuando se saca la camiseta y deja al descubierto sus músculos definidos me pongo colorada y aparto la mirada rápidamente, centrando mi atención en los ladrillos que tengo enfrente.

—¿Lista?

Asiento nerviosa sin evitar sonreír.

No dice nada más pero, aun así, siento que está atento a cada uno de mis pasos mientras nos dirigimos a nuestro destino, como si temiera que, si me descuido un instante, pudiera volver a perderme en algún lugar al que no pueda seguirme más tarde.

Por primera vez desde que llegamos a Solara, entiendo que no solo yo estoy cambiando, él también lo está haciendo.