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Despierto con el corazón desbocado.
Tengo que parpadear varias veces para acostumbrarme a la luz que ilumina la habitación, proveniente de las diferentes lámparas que la rodean.
El olor a petricor vaga por mis fosas nasales mientras intento recomponerme de lo que he soñado.
Aún puedo sentir una mano invisible rodeando mi muñeca. El eco de unas voces gritando resuena en mi cabeza y un fragmento vuelve a mi mente: estoy corriendo junto al chico que siempre aparece en mis sueños.
Tira de mí hasta conducirnos a una puerta que me resulta inquietantemente conocida.
—Estoy aquí contigo —susurra para que nadie nos oiga.
Sus ojos azules me tranquilizan, y durante un instante, vuelvo a respirar con normalidad.
Con él siento que nada malo me puede pasar .
Entonces, el recuerdo se disuelve.
Hay una figura sentada frente a la mesa que se gira al notar mi movimiento.
Galen.
Me levanto sin hacer ruido.
Por fin, Kaia y Neal parecen dormir en las camas contiguas, pero ninguno descansa de verdad. Se mueven con inquietud, sus respiraciones son cortas y tensas como si el miedo hubiera encontrado la forma de colarse también en sus sueños.
Los ojos jade del castaño me siguen hasta que llego a su altura y, desde aquí, puedo ver que está dibujando un mapa del lugar.
No hay gran cosa en él, pero sí que reconozco la torre de iniciación y el pasillo que recorrimos para llegar a esta estancia.
—¿Una pesadilla? —susurra echándose hacia atrás para observarme mejor.
Niego con la cabeza y señalo la puerta, para que podamos hablar fuera, sin despertar a los demás.
Camina tan cerca de mí que siento su respiración rozar mi nuca. Al salir a los pasadizos, el aire seco de la noche me golpea. Me obligo a abrazarme a mí misma con los brazos para no helarme.
Un segundo antes de girarme hacia él, siento algo sobre mis hombros: la chaqueta de Galen.
—Gracias —musito ajustando la prenda aún tibia alrededor de la espalda.
El olor a cuero y aire nocturno me resulta inesperadamente reconfortante .
Al fijarme en él, reparo en que solo lleva una camisa negra de manga larga. Me vuelvo consciente de que le marca cada músculo y ese pensamiento, hace que me ardan las mejillas.
A él se le forma una ligera curva en los labios al sonreír que demuestra que ha notado mi reacción.
—Yo… —No me salen las palabras, y menos aún si me mira de esa forma.
—Cuéntame que ha sido eso que no te ha dejado dormir.
Dudo un segundo pero al final, lo hago.
—Creo que me estoy volviendo loca —admito al fin—. No sé quién es ese chico de cabello oscuro con el que no paro de tener sueños, pero desde que Micah murió… Se han vuelto más frecuentes.
—No creo que estés loca.
Se acerca un poco más, hasta que soy capaz de sentir el calor emanar de su cuerpo.
—Seguro que hay una explicación para lo que te está pasando.
Suspiro cansada, pasándome una mano por el pelo y dándole la espalda.
—Ven. —Tira del dobladillo de la chaqueta que llevo puesta, rozando sutilmente mis dedos—. Quiero enseñarte una cosa que vi hace un rato mientras dormíais.
Me guía a través de los pasillos abiertos, donde se pueden ver las estrellas decorando el cielo como si alguien hubiera decidido salpicar pintura blanca sobre un lienzo negro.
Una vez llegamos a un puente, que conecta ambos edificios, podemos ver varios everen caminando mientras siguen un patrón: una ruta cuidadosamente estudiada para que no quede ningún hueco sin vigilancia.
—Es raro que haya tanta supervisión si no tienen nada que ocultar —roza con sus labios mi lóbulo, susurrando tan cerca que me provoca un escalofrío.
Ambos edificios están ocultos tras una especie de estructura medio destruida.
Galen permanece cerca, ocultándome a la vista de cualquiera.
—¿Qué crees que puede haber ahí dentro?
Al incorporarme un poco, su barba me roza la cabeza, lo que me provoca un cosquilleo en la nuca.
—No tengo ni idea. Pero mientras investigaba escuché algo que decían que solo los del Consejo tienen acceso a esa zona.
Con el reflejo de la luz de la luna, vislumbro sus ojos verdes con ese matiz dorado apenas perceptible en la oscuridad que nos rodea.
—¿Crees que ahí habrá información sobre el ataque al bosque de Munea y a Eros? —mi pregunta sale automáticamente.
—Espero que sí.
El aire cambia y, de repente, me encuentro en otro lugar corriendo por calles desconocidas, entre las sombras que proyectan las casas.
Alguien me toma de la muñeca, tirando de mí con fuerza hacia un pasillo estrecho. Otra vez él. Su presencia hace que mis hombros se relajen sin darme cuenta.
A lo lejos escucho a everen gritarnos, pero no reconozco sus rostros. Solo sé que debemos continuar, que no podemos parar.
El viento me azota la cara, pero su mano aún me sostiene, me guía por callejones oscuros en los que apenas llega la luz de la luna. Fragmentos de destellos que parpadean, rostros que se disuelven y el eco de pasos que nos persiguen .
Todo se torna borroso, hasta que vuelvo a estar junto a Galen, con el corazón acelerado y las manos temblorosas.
No sé qué es lo que acaba de ocurrir, pero su cara de preocupación lo dice todo.