33
No sé cuánto tiempo pasa hasta que decido cruzar a la siguiente sala. Deduzco que he vuelto a la primera estancia, porque el pedestal sigue en su sitio y, sin embargo, el cuenco ha desaparecido.
Justo detrás, Kaia y Neal están de brazos cruzados, iluminados por una tenue luz azul.
Mi amiga nota mi presencia mientras me acerco a ellos. Los ojos de Galen y los míos se encuentran. Él es el último en llegar. Sin dudarlo y en silencio, atraviesa el lugar hasta llegar a Neal, envolviéndolo en un abrazo firme y seguro.
No hay palabras, solo una fuerza entre ellos que transmite confianza, apoyo y protección.
Neal titubea al principio, pero luego se derrumba de golpe. La frialdad de estos últimos días se deshace y sus sollozos se mezclan con todo lo que ha reprimido.
Sin pensarlo, Kaia y yo nos acercamos, uniéndonos a ellos también. Formamos un círculo que sostiene a Neal.
Puedo ver cómo finalmente se permite ser vulnerable ante nosotros.
El silencio pesa, pero al mismo tiempo está lleno de alivio. Sabemos que nos tenemos los unos a los otros pase lo que pase.
* * *
Tras la última prueba, atravesamos un pasillo con techo descubierto. La luz del sol se filtra por los arcos, mezclándose con sombras que se crean entre las columnas.
Gracias al mapa y a las indicaciones del chico rubio sobre la ubicación de nuestra habitación, conseguimos llegar al final de un corredor en el que hay una puerta con tonalidades blancas y granates, que deduzco que son las que se usan aquí.
Galen abre la sala que será nuestra nueva estancia. Lo primero que veo frente a mí son dos ventanales en el centro de la pared anaranjada, y justo debajo, una mesa donde descansa un candelabro de aceite.
A cada lado hay un par de camas blancas con toques granates. Sobre el suelo hay una alfombra redonda que llega hasta el borde de los lechos, con el símbolo de la Facción en el centro.
Kaia es la primera en entrar, seguida del moreno.
Yo me quedo observando sus movimientos. Todo esto me recuerda a Eros, pero con la diferencia de que Micah no está, y que estoy aquí con un propósito diferente.
—Creo que esta ropa es para que nos la pongamos. —Kaia señala la vestimenta sobre las sábanas. Una chaqueta de color rojo escarlata ajustada, con tres botones dorados en un lado y un par de prendas más.
Me acerco a la cama contigua de mi amiga y observo unos pantalones negros que parecen bastante cómodos.
—Prefiero el de Eros —se queja Neal, mientras se empieza a desvestir.
—¡Neal! —grita Kaia y en cuanto se gira, veo el rubor subiéndole por el rostro.
—¿Qué? —pregunta con un tono provocativo a medida que se acerca a ella para susurrarle algo al oído.
Kaia corre hacia el otro extremo de la habitación y no puedo evitar reírme, al ver que Neal vuelve a fastidiarla.
Con el rabillo del ojo veo que Galen sale de la sala.
—Galen —lo llamo, caminando tras él.
Aminora sus pasos, lo que me permite alcanzarlo.
Los pasillos empiezan a llenarse de everen uniformadas con la vestimenta de la Facción. Aún no la llevamos puesta y eso hace que llamemos la atención.
Aquí hace mucho más calor que en Eros, pero gracias a la altura de las paredes, siento un poco de alivio.
—Khione. —Su voz es más dura de lo que esperaba, pero no le doy mucha importancia.
—¿Qué ha pasado en la primera…? —Su dedo se coloca sobre mis labios en un movimiento rápido.
Observa a su alrededor y, sin soltarme, me acerca aún más a él de la cintura, permitiéndome sentir el calor de su cuerpo contra el mío.
En un parpadeo atravesamos la roca, cruzando hacia una sala oscura.
—Tenemos que llevar cuidado con lo que hablamos aquí —me advierte, apartando finalmente su mano de mi boca.
Aún puedo sentir su palma sobre mi cadera. No quiero apartarme de él.
En la penumbra, siento cómo sus ojos me recorren, evaluándome. En cuanto deja de tocarme, suelto el aire que no sabía que tenía retenido.
—¿Así que has sido tú? ¿Cómo lo has hecho? —pregunto en voz baja, demasiado tensa para disimularlo, refiriéndome de nuevo a la prueba.
—Lo único que importa es que estamos dentro, Khione —suspira y creo ver, a pesar de la oscuridad que nos envuelve, cómo se pasa las manos por el cabello.
—¿Has usado tu poder del agua?
No me responde, pero ahora que mi vista se ha acostumbrado al interior de la estancia, su mirada y sus movimientos delatan lo que calla.
—Te podrían haber pillado. ¡Dioses! —hablo más alterada de lo que creía estar.
—No podía dejar que descubrieran que tenías el poder de la creación.
Recorta la distancia que nos separa.
—Estoy seguro de que…
—Gracias —lo interrumpo.
Esta vez soy yo quien le pone un dedo sobre su labio, pero al momento, me arrepiento y lo aparto avergonzada.
—Les he ocultado uno de nuestros poderes —explica y hace una breve pausa, en la que me aparta un mechón de la frente—. No ha sido fácil. Pero por ahora es más que suficiente.
—Pero… ¿cómo lo has hecho?
Galen deja caer la mano que aún no ha retirado por completo de mi rostro, pero no se aleja.
—Controlando el flujo —responde con un hilo de voz—. El tuyo y el mío.
Trago saliva. Sus palabras se repiten en mi mente, sin alcanzarlas a entender del todo.
—Solo tenía que alterar lo justo el patrón para confundirlos. —Se queda pensativo y confiesa: —Sé que fue demasiado arriesgado.
Mi pulso se acelera. No sé si por lo que hizo o por la forma en que me mira mientras lo admite.
—Galen… —susurro incapaz de dejar de mirarlo a los ojos.
—Sé que debería haberlo hablado contigo —continúa, bajando la voz aún más—. Pero si hubiera dudado un segundo, nos podrían haber descubierto y no podía permitirlo.
El aire entre nosotros se vuelve más denso, cuando su aliento se mezcla con el mío.
—Pero casi te pillan —digo esta vez más suave.
—Lo sé —responde con seguridad—. Y no dudaría en volver hacerlo.
Su presencia me envuelve con un calor casi abrasador. Por un instante, siento que no estamos escondidos aquí, sino en un espacio en que solo existen nuestras respiraciones y el silencio de todo lo que ninguno se atreve a decir en voz alta por miedo de salir heridos.
—Khione… —En la forma que pr onuncia mi nombre, suena casi a rendición.
No sé qué responder.
No quiero que este momento termine.
Galen alza la mano de nuevo y su pulgar roza mi labio inferior, lento, como si midiera una decisión que ninguno de los dos se anima a tomar. No sé qué estoy haciendo, pero no me aparto cuando su dedo traza la curva de mi boca, solo un segundo que se siente eterno.
Un pensamiento fugaz cruza mi mente, una necesidad de besarlo.
—Tenemos que volver. —Deja caer la muñeca y gira la cabeza al escuchar pasos al otro lado del muro—. Antes de que empiecen a preguntar dónde estamos.
Pero su mano, en lugar de soltarme, se desliza por mi muñeca, guiándome de regreso con él hacia el exterior de la habitación.
Aunque la oscuridad se disipa al atravesar el muro, la sensación de su toque sigue ardiendo en mi piel.