Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 32
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Cuando cruzamos la entrada, una sala sumida en la penumbra nos recibe.

Una mano me sujeta el brazo y me aparta de Kaia sin decir palabra. Reconozco el gesto antes incluso de girarme: Galen.

Me arrastra hacia él con firmeza. Abro la boca para preguntarle qué ocurre, pero algo me impide hacerlo.

El chico de antes aparece, como si hubiera salido de la nada. La oscuridad se quiebra a su alrededor y me doy cuenta de que es un Rhesar de la luz.

Me viene a la cabeza el vecino que teníamos en Neve, cuando atrajo la luz hasta ocultar una manzana entre sus manos.

Sacudo el recuerdo y vuelvo a centrar mi atención en lo que tengo delante: Un pedestal de piedra.

Encima de él, un cuenco de metal lleno de agua nos espera.

—Las Pruebas empiezan ya —anuncia, y desde detrás de él, aparece una sacerdotisa.

Al contrario de las que he visto con anterioridad, que suelen vestirse de blanco, esta lleva una túnica granate.

—Como ya sabéis, esto es la Facción Escarlata.

Antes de que paséis a formar parte de nuestro grupo, deberéis superar unas pruebas —habla la mujer, que lleva el pelo canoso recogido en un moño bajo—.

La primera revela vuestra esencia, con una gota de sangre.

La segunda, enfrenta la mente, nos meteremos en vuestros pensamientos. La tercera, la lealtad.

—Podéis empezar. Estaréis solo vosotros —dice esta vez el rubio, situándose al lado de la sacerdotisa y echando un polvo gris sobre el cuenco.

—Una vez superadas, os permitirán formar parte de la Facción Escarlata. Si falláis, vuestro destino quedará sellado. Habéis visto demasiado —nos explica la mujer.

La sacerdotisa inclina la cabeza hacia el pedestal, invitándonos a acercarnos.

Los cuatro obedecemos de inmediato.

Neal es el primero en dar un paso al frente, extendiendo la mano cuando ella se la pide, haciéndole un corte en la palma. Al caer, la gota desaparece y reaparece en otro lugar del cuenco, como si se hubiera reubicado en varios puntos sucesivamente.

—Kovar de la teletransportación —anuncia la mujer.

Kaia es la siguiente y entonces me doy cuenta de que si descubren que tengo dos poderes, estaremos en apuros. Al mirar a Kaia me doy cuenta de que ella piensa lo mismo.

Mi pulso se altera.

—Tenemos un problema… — susurro al oído de Galen, cuando gira la cabeza. Siento su respiración cerca de mi mejilla.

«Confía en mí», articula en silencio.

Mis ojos se van a su boca sin quererlo, mientras su mano se cierne sobre la mía con firmeza. Mi pulso baja sin saber por qué, y me siento extrañamente más tranquila.

—Rhesar del bosque. —anuncian mirando a Kaia, que, al pasar por mi lado, me mira con preocupación.

Galen me anima sin soltar mi mano, mientras que, con temor, extiendo la otra sobre el cuenco. El dolor que siento cuando me corta es momentáneo.

Observo como la gota se fragmenta en decenas de partículas diminutas antes de reorganizarse y desaparecer bajo la superficie del agua

—Kovar molecular. —Se sorprende, al igual que todos en la sala, incluso yo.

¿Cómo es posible que no haya salido el de la creación?

Galen me suelta y vuelvo a sentirme nerviosa, pero lo dejo pasar.

Me acerco a mis amigos, mientras la gota de Galen cae y un silencio tenso nos rodea.

—Kovar de la intangibilidad.

Todos soltamos el aire, e incluso oigo como Neal respira con normalidad.

—Habéis superado la primera prueba —nos informa el joven.

No sé qué acaba de pasar.

Mi mirada conecta con la de Galen, quien me sonríe un instante antes de entrecerrar los ojos, agotado. Cuando intento acercarme a él, una voz lo impide:

—Continuad por la puerta blanca. Prueba dos.

Avanzamos en silencio. Al atravesarla, se cierra tras nosotros. Dentro hay varias puertas de color granate y ninguna parece ser distinta de las demás.

—Escoged una cada uno —ordena—. Deberéis pasar solos.

Nerviosa, busco con la mirada a mi amiga, quien me observa intranquila.

Algo se revuelve en mi pecho. No es miedo por lo que haya detrás de esa puerta, es porque no hay manera de esconderlo.

Así que respiro y cruzo el umbral de la tercera sin pensarlo, la que está un poco a mi izquierda.

Mi visión se nubla tras cruzar al otro lado y aparece Micah sonriendo frente a mí. Veo ese característico hoyuelo en su mejilla derecha y todo parece desaparecer un instante.

Pero todo cambia en un parpadeo.

—¡Es tu culpa, Khione! ¡Podrías haber hecho más!

Lo rodea el fuego, lo consume.

Las lágrimas se deslizan por mi rostro, no por lo que dice, sino porque lo estoy perdiendo otra vez y, de nuevo, no puedo salvarlo.

No pude hacer nada.

Su cabello se tiñe de negro y, al girarse, su rostro se deforma por completo. Ahora los ojos que me miran con cariño son azules. Y lo hace de la misma forma que me dedicaba Micah, pero sé que no es mi hermano.

Caigo de rodillas al suelo, viendo a ese chico de nuevo, lleno de sangre por todos lados. Su cara se transforma en la de mamá, después de la de Micah y por último resulta casi idéntico a mí.

¿Quién eres ?

Algo cambia, lo noto al instante. Ya no son solo imágenes ni recuerdos golpeándome una y otra vez. Es una sensación extraña. Como si algo intentara avanzar más allá de lo que estoy viendo, como si quisiera saber si soy de fiar.

Mi respiración se acelera.

Y no puedo evitar sentir un escalofrío recorrerme el cuerpo.

Si descubren por qué hemos venido, será nuestro fin.

No.

Raíz. Latido. Brújula.

Me anclo a la tierra, a la arena que siento bajo mis palmas. Me centro en mi latido, intentando controlarlo. Dejo que mi brújula interna me guíe hacia la realidad.

Los recuerdos empiezan a romperse uno tras otro. Las voces se distorsionan. La presión desaparece poco a poco hasta que la luz se abre paso y tengo que cerrar los ojos para acostumbrarme a la nueva estancia en la que me encuentro.

—Has superado la segunda prueba. Avanza hacia el pasillo.

Espero que los demás la hayan superado también.

Suspiro aliviada y camino por él hasta que acabo en un lugar cerrado. En el centro hay una luz amarilla. Deduzco que aquí será la última prueba.

Al situarme justo debajo de la zona iluminada, la oscuridad me abraza y formo parte de ella durante unos segundos que parecen eternos.

Al mirar el suelo me percato de que hay un círculo carmesí dibujado a mi alrededor.

No parece pintura y, aunque no quiero descubrir lo que es, lo intuyo, ya que tiene un brillo húmedo .

Parece como si acabara de trazarse.

—La última prueba —susurra una voz que no consigo ubicar dentro de mi cabeza.

La sacerdotisa aparece a mi derecha.

—Esta es la prueba de lealtad —continúa—. No hacia nosotros, sino hacia ti misma.

Un escalofrío me recorre la columna.

—Para servir a la Facción: la mente debe estar abierta, el corazón ser sincero y el alma dispuesta a lo que venga. —Esa voz desconocida vuelve a retumbar como si se tratara de un pensamiento.

—Confiesa en voz alta tu mayor temor —ordena la mujer.

Todo es tan confuso que siento un nudo en la garganta.

Ella no se mueve, solo espera y el silencio que nos rodea se vuelve más pesado de lo que debería.

—Perderlos… —susurro tan bajo que no estoy segura de si me ha escuchado.

Así que lo repito más alto:

—Perder a los que amo y no poder hacer nada.

El círculo escarlata parece brillar más ante mi confesión.

—Y ahora… Dinos tu mayor deseo.

Siento los latidos de mi corazón golpeándome en las sienes. Cada palabra pesa más que la anterior. Y aun así, salen sin pensar.

—Quiero ser libre.

Pero no solo eso, Galen me viene a la cabeza. La sacudo, alejando esos pensamientos.

El aire cambia a mi alrededor y siento una presión creciente en los oídos.

—Jura que no huirás de lo que eres.

No me exigen que lo selle con sangre, pero siento que se mete debajo de mi piel.

—Lo juro —mi respuesta sale más rápida de lo que esperaba.

La sacerdotisa sonríe por primera vez y no es tranquilizador.

—Has superado la tercera prueba —anuncia—. Bienvenida a la Facción Escarlata.

La puerta detrás de mí se abre con un chasquido. Con las piernas aún temblorosas, me obligo a caminar hacia ella.

No sé qué es lo que acabo de hacer o prometer, pero algo tengo claro: Estoy aquí para vengar la muerte de Micah y la de todos los demás.