30
La nostalgia de dejar atrás Eros y con ello los últimos lugares en los que he estado con mi hermano me encoge el corazón. Las lágrimas amenazan con salir, y es entonces cuando miro el cielo que nos abraza junto con la niebla. Sé que, aunque Micah ya no esté con nosotros, siempre lo estará conmigo.
Sin embargo, el deseo de venganza y la necesidad de hacer pagar a los culpables era mayor que cualquier otro sentimiento.
Así que, en cuestión de horas, preparamos lo estrictamente necesario y pusimos rumbo en busca de más respuestas, asumiendo que el camino que dejábamos atrás ya no volvería a ser el mismo.
Cada respiración se siente llena de decisión a medida que avanzamos lo suficiente como para ver que el paraje ante nuestros ojos empieza a volverse más rocoso y menos verde.
Las sombras que hay en el bosque ocultan los troncos carbonizados. El aire se siente cargado de tizne.
Las palabras de Erilian no dejan de resonar en mi cabeza mientras nos ponemos en marcha hacia el nacimiento del río Imber.
« La facción escarlata recluta. Y cuando lo hace, no hay marcha atrás ».
Esa era la única pista real que teníamos. Si queríamos respuestas, tendríamos que encontrarlas desde dentro.
La idea sigue pareciendo una locura. Infiltrarnos, fingir que somos uno de ellos y confiar en que no nos descubran. Pero después de todo lo ocurrido, quedarnos de brazos cruzados no estaba en nuestras opciones.
La corriente arrastra ceniza acumulada en las laderas, señal de que el bosque todavía no ha tenido tiempo de sanar.
El camino serpentea entre piedras de gran tamaño que nos rodean por todas partes, y bajo nuestros pies crujen ramas secas que nos recuerdan constantemente el reciente desastre.
—Me temo que vamos a tener que trepar por ellas —nos informa Kaia, que es la que va en cabeza.
—No hay tiempo que perder. —Neal toma la delantera y empieza a escalar con una facilidad asombrosa.
Kaia memoriza cada lugar en el que pone pies y manos y lo sigue de cerca.
Lleno mis pulmones de oxígeno, colocando la mano en las rocas rugosas y llenas de resquicios irregulares, desgastadas por el viento, para intentar imitar a mi amiga.
—¿Lista? —pregunta Galen mirando la pared.
—Supongo que sí —admito en voz baja.
Asiente y sus ojos verdes, con esas motas doradas características de él, no dejan de observarme .
Sitúo mi pie en la primera hendidura, luego la mano. Avanzo despacio, sintiendo polvo bajo mis dedos.
—Muy bien —dice Galen desde abajo—. Busca el siguiente hueco.
—¡Lo tengo!
Tomo el impulso necesario para alcanzarla y sigo ascendiendo. La pared no es muy alta, pero la superficie es bastante irregular. Galen se mantiene cerca, lo suficiente para que pueda sentir su presencia calmada y constante.
Cuando ya casi estoy arriba, mi pie encuentra una grieta que se rompe.
Y entonces resbalo.
Un grito se abre paso en mi garganta, pero muere antes de llegar a mis labios. Una mano fuerte me sujeta de la cadera, estabilizándome antes de que pueda caer hacia atrás.
—Te tengo —susurra con firmeza, mientras que con la otra sigue colgado.
Mi corazón late tan rápido que me cuesta pensar. Cuando sus dedos se cierran en mi cadera, todo se detiene un segundo.
No es solo es susto, es el calor que ha provocado su tacto sobre mí a través de la tela. No debería notar cómo su pulgar presiona justo lo suficiente para mantenerme en equilibrio, pero lo hago cuando noto cómo mi respiración se vuelve irregular.
Trago saliva, intentando ignorarlo, pero cuanto más lo intento es peor. La cercanía de su voz baja junto a mi oído, su cuerpo pegado al mío mientras sigue sosteniéndome como si no pesara nada.
Es entonces cuando siento algo nuevo instalarse en mi pecho, y él es el culpable. Sacudo la cabeza varias veces y tomo distancia .
No es el momento , pienso.
No después de Micah.
—Gracias… —murmuro, apartando la mirada de sus ojos verdes.
—Sigue, ya queda poco. —dice sin soltarme, hasta que mi pie vuelve a encontrar un apoyo seguro.
Una vez en la cima, Kaia me extiende la mano y me ayuda a cubrir los últimos pasos. Justo cuando voy a hacer lo mismo con Galen, sus manos se aferran a la roca y, al incorporarse, queda muy cerca.
—Mirad. —La voz de Neal llama nuestra atención, una vez estamos todos arriba.
—Eso no es un portal habitual —dice mi mentor.
—Parece que es una invitación a lo que hemos venido a buscar. —Neal se acerca sin miedo mientras habla.
—No se parecen en nada a los que he visto antes —digo y me acerco un poco más para ver una fisura en vertical de un color entre rojizo y naranja.
—Por eso no los detectan —termina mi amiga.
Entonces, la grieta se ensancha, pero al mismo tiempo es como si intentara cerrarse sobre sí misma. Se mantiene en un punto inestable. Su alrededor parece deformarse, ondulando en su entorno, como si la realidad estuviera siendo tirada en dos direcciones opuestas.
—No durará mucho más —murmura Neal.
Una figura encapuchada cruza el arco, envuelta en una túnica roja. Lleva el símbolo que ya hemos visto antes. Es una F invertida unida a una E, ambas en blanco, reducidas a una única sigla.
Lo primero que pienso es que va a desenvainar su arma, pero solo nos observa.
—Estábamos esperando a que más candidatos se unieran a la causa antes de cerrar el portal —dice con una voz fría y grave que me eriza la piel. El recluta da medio giro, dejándonos el paso libre hacia la brecha—. Si venís para uniros a nosotros, dad un paso al frente.
El silencio cae sobre nosotros. El vórtice vibra, amenazando con extinguirse.
—Si no estáis seguros de adentraros a una zona de incertidumbre, vuestras vidas acaban aquí.
Observo a mis amigos. No tenemos tiempo de trazar una estrategia, porque tampoco pensábamos encontrarlos aquí. Intercambiamos una última mirada cargada de complicidad, sabiendo que ya no hay marcha atrás.
Esta es la oportunidad que hemos estado buscando.
Mi corazón se acelera, cuando doy un paso hacia el chico rubio, tragándome el miedo que recorrer mi cuerpo. Si queremos respuestas, las tendremos dentro de la Facción Escarlata.
Durante unos segundos nadie se mueve. Después, cruzamos el portal sin saber si volveremos.