27
Al caer la segunda noche, el campamento parece dormir. Aunque yo puedo sentir como el cansancio me pesa, no consigo conciliar el sueño.
La habitación de Micah sigue oliendo a él. Todo sigue en su lugar, como si aún siguiera aquí. Aguanto el aire en mis pulmones, intentando controlar la respiración, ya que las paredes empiezan a cerrarse a mi alrededor.
Kaia vino a buscarme mientras estaba con Icarus para decirme que se iba con Neal. No la puedo culpar por querer apoyarlo. Él también ha perdido a dos hermanos.
Salgo a caminar fuera del cuarto, buscando el aire fresco que envuelve los desérticos pasillos.
El sonido del metal me guía hasta una sala medio destruida en la cual encuentro a Galen, moviéndose con precisión bajo la luz azulada de la luna.
Sus espadas cortan el aire con una rabia contenida, como si en cada golpe buscara una respuesta que no existe.
—¿Tampoco puedes dormir? —pregunta sin voltearse en mi dirección, a la vez que me sitúo junto a él.
Me quedo mirándolo un momento antes de hablar, mientras él se gira para quedar finalmente frente a mí.
Puedo ver en sus ojos verdes dolor y también rabia contenida, pero no es esa que me dedicaba al principio cuando llegué aquí.
Es la misma que siento yo desde que murió mi hermano.
—Es injusto lo que le ha pasado a Micah… Pero te prometo que su muerte no será en vano—dice Galen mientras el sudor le recorre el cuello.
Cuando baja las armas, las manos le tiemblan, seguramente por el tiempo que lleva aquí entrenando.
—Cuando todo pasó, me odié por no poder curarlo…
—Entrenar me ayuda a desahogarme. ¿Quieres probar? —Una determinación brilla en mis ojos y yo he tomado la decisión en el momento en que me ha preguntado.
Me acerco a las armas que hay en un rincón y tomo unos zhyras. Las miro un segundo más de la cuenta.
Él debería estar aquí. Micah no se merecía lo que le hicieron.
Los aprieto con fuerza y al alzarlos, una seguridad vuelve a mí en cuanto los sostengo. Mis muñecas giran en un gesto automático, comprobando el equilibrio, igual que hice la primera vez que me enfrenté a mi mentor.
— Dyavas nu hon nuara nun perti —decimos y siento el peso y la ironía de las palabras. Solo espero que los dioses lo acompañen donde quiera que mi hermano esté .
El acero choca y el sonido se pierde en la estructura. El aire de la noche se filtra entre los recovecos de las ruinas y un escalofrío me invade.
El primer golpe me obliga a retroceder un paso. Galen no se contiene, y agradezco que no lo haga. Mis brazos reaccionan por instinto, sin técnica definida, solo descargando la rabia y el sufrimiento acumulado.
Cada acometida suya arrastra el peso de su propio dolor. Cada bloqueo mío, se convierte en un grito silencioso. Doy un giro, intentando ganar espacio, pero Galen avanza hacia mí con los ojos encendidos por la furia.
—¡Más fuerte! —ruge y obedezco.
Clavo los pies en el suelo y ataco. Una, dos, tres veces seguidas y todas las esquiva.
Las zhyra silban, cortando el aire al igual que sus espadas. Mi respiración se desborda, mezclándose con la suya, dándome cuenta lo cerca que estamos.
Al separarse se mueve con fuerza, pero no con furia y hay una disciplina en sus ataques. Entonces, algo dentro de mí se remueve.
Los iris que ahora me observan ya no son verdes, sino azules. Ya no es Galen quien está frente a mí.
Es el chico de cabello oscuro de mis sueños… su silueta se mueve de una forma precisa, silenciosa y letal.
El suelo que piso se transforma en tierra seca y los golpes resuenan contra rocas en un campo abierto.
—Baja más el centro de gravedad —dice una voz que no reconozco del todo, pero que me resulta extrañamente cercana—. Golpea con control, Khi.
La brisa arrastra el sonido de su voz, envolviéndolo en una calidez que no encaja con la dureza del entorno. Con lo que estamos haciendo.
Parpadeo y la visión desaparece.
El acero de Galen choca con el mío y lo esquivo en un acto reflejo.
—¡Khione! —me alerta, pero todo sigue siendo un poco confuso—. ¿Estás bien?
—Sigamos— digo agitada y él frunce el ceño, sin entender que acaba de ocurrir.
No le doy tiempo y me lanzo en su dirección. Mi cuerpo responde antes que mi mente de una orden y me muevo con más precisión.
Una vibración se extiende por mis manos y no la contengo. Suelto todo lo que tengo acumulado contra mi mentor.
—¡Vamos, Khione! ¡Deja salir todo lo que llevas dentro! —grita él sin detener sus ataques.
—¡Eso hago! —respondo y un nuevo golpe de mis zhyras cortan el aire, rozando su hombro.
Una fina línea roja aparece en su piel, pero él ni se inmuta. Su mirada se endurece y por un momento, veo en ella el mismo fuego que arde en mí.
Golpeo, esquivo, vuelvo a atacar. Cada movimiento libera algo que no sabía que seguía dentro: miedo, impotencia y duelo.
Galen me desarma con un movimiento rápido, pero me agacho, ruedo por el suelo y recupero el arma antes de que pueda reaccionar. Aun así, me lanza una patada en el costado que me hace perder el equilibrio .
La rabia me ayuda a ponerme en pie y solo existe el ruido del acero, nuestras respiraciones entrecortadas y el peso de todo lo que no nos dio tiempo a decir.
En un descuido me tira al suelo y sus espadas se detienen a un palmo de mi cuello. Las deja caer de sus manos y se sienta a mi lado.
Ambos jadeamos mientras que el sudor cae por nuestras frentes.
—No se sana olvidando —dice una vez que ha recuperado el aliento—. Se sana recordando sin romperse.
Siento el dolor de su mirada jade atravesarme. Quisiera creer que es cierto, pero no sé si podré recordarlo sin quebrarme. Es por eso que estoy intentando mantenerme ocupada tanto como pueda.
—Me parece imposible —respondo abrazándome las rodillas.
—Ahora lo es. —Alza la vista hacia mí, con esa calma suya—. Pero no siempre lo será.
Alzo mi mano hacia su hombro, sin llegar a tocarlo, para después dejarla caer.
Quiero curarlo, pero aún me resulta imposible usar mi poder. No después de no haber podido salvar a mi hermano.
—¿Qué te ha pasado antes? —pregunta, aunque no me pilla de sorpresa, sé que lo ha notado que he estado ausente durante el enfrentamiento.
—Llevo tiempo teniendo sueños con un chico de cabello negro y ojos azules. Hoy es la segunda vez que me ha pasado. —Asiente observándome y continuo—. La primera fue en bosque, cuando me dijiste que tú lo distraías. No sé quién es, pero algo me dice que lo conozco.
Galen me mira a los ojos y, por un instante, siento que entiende todo lo que no hemos dicho en voz alta. Yo tengo el poder de la creación y solo él lo sabe. Ni siquiera he tenido tiempo de entender por qué tengo dos poderes.
Y la verdad es que tampoco encuentro las fuerzas necesarias para hacerlo porque todo queda en un solo pensamiento: Micah ya no está.
Ojalá la creación me permitiera devolver la vida para así traerlo de vuelta. Él ha sido un pilar fundamental para mí.
Al levantar la vista, la noche sigue siendo oscura y por un instante pienso que quizá podré enfrentarme a todo lo que venga, porque ahora mis amigos son mi familia. Y sé que puedo contar con ellos.
Mis dedos rozan distraídamente la luna de plata. Es un gesto inconsciente que llevo repitiendo tantos años, que ya dejé de cuestionarme por qué lo hago.