Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 26
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Las últimas horas han pasado envueltas en una especie de niebla. Apenas recuerdo las cosas con claridad desde de lo de Micah.

El pecho se me vuelve a encoger y, con dificultad, me trago el nudo que se me ha formado en la garganta.

En mi cabeza solo quedan imágenes sueltas: everen corriendo de un lado a otro, heridas, lágrimas y ese sentimiento constante de que he perdido a mi hermano y no puedo hacer nada por traerlo de vuelta.

El humo al fin se ha disipado, pero aún persiste el olor, quedándose en las paredes, en la ropa e incluso en la piel, como una cicatriz que nunca se olvida.

En la parte que sigue en pie, han montado un campamento improvisado y por fin reina un poco la paz después de todo lo que hemos vivido.

Hay mantas, camillas, voces bajas y nadie habla por encima de un susurro, como si hacerlo pudiera romper algo más .

A un lado del patio, varios cuerpos yacen cubiertos con telas claras.

No me acerco.

No puedo, no después de haber perdido a mi hermano y a Lyara.

La habitación que comparto con Kaia ha sido una de las afectadas por el desprendimiento, así que ahora estamos descansando en la de Micah.

Estar en su habitación me hace revivir el momento en el que los árboles enterraron su cuerpo y solo quiero llorar. Pero no me permito caer más hondo porque Micah utilizo su último aliento para pedirme que viviera y luchara. Y pienso hacerlo, seguiré adelante y sobreviviré por él.

Kaia está tumbada a mi lado. Su respiración es tranquila, pero sé que no duerme. Pocos everen podrían después de algo como esto. Noto como el colchón se hunde al girarse y sus ojos marrones me escrutan, ahora menos brillantes que hace unas cuántas horas.

—¿Has conseguido dormir un poco? —Niego en rotundo.

Cierro los ojos un segundo y lo único que veo es su sangre entre mis manos.

No pude hacer nada para evitarlo…

—No tengo palabras que te puedan consolar, pero quiero que sepas que voy a estar a tu lado apoyándote. —Una lágrima rueda por mi mejilla, mientras me incorporo. Kaia me imita.

—Intenté curarlo, ¿sabes…? Pero sentí que su cuerpo ya no tenía fuerzas para recibir mi poder. —Mi mirada se pierde en un punto fijo en las sábanas.

Sus brazos me rodean y me dejo llevar por esa calidez que me envuelve .

Fuera, el viento sopla con fuerza y las ramas golpean contra los cristales, como si también buscaran una forma de desahogarse.

—No sé cómo seguir —susurro.

—Paso a paso —responde Kaia apretando mi mano—. No te voy a dejar sola.

Al cabo de un rato, la respiración de mi amiga se vuelve más pausada y lenta. Seguramente el cansancio mental la ha vencido.

Salgo a caminar al patio central para distraerme, con la vista perdida en la fogata improvisada que han encendido nuestros profesores.

Los troncos se consumen poco a poco frente a mis ojos.

—Pensé que todos estabais descansando —dice una voz grave detrás de mí.

Me giro y veo a Erilian de pie, con su uniforme de profesor cubierto de polvo y sangre seca.

—No he podido —respondo con pesar.

—Todos estamos igual después de lo que ha pasado. —Se sienta a mi lado sin pedir permiso, pero dejando un espacio prudente entre ambos.

Durante unos segundos ninguno habla, sólo se escucha el crepitar de las brasas.

El rostro de mi hermano vuelve a mi mente una vez más: el hoyuelo que se le formaba en la mejilla derecha al sonreír, esa vitalidad suya que siempre me contagiaba…

—Apenas tuve tiempo de despedirme —susurro y Erilian asiente despacio, con la mirada fija en el fuego.

—Nunca se tiene. Pero la esperanza no entiende de despedidas. Siempre creemos que habrá otra oportunidad, otra conversación, pero a veces simplemente es la última.

Su voz suena tranquila, pero hay algo roto en ella. Supongo que vivir tantos años te acaba quitando más cosas de las que quieres perder.

—¿Cómo se supone que voy a seguir adelante sin él? —pregunto, y sus ojos conectan con los míos, pero tarda en responder.

—No se sigue... solo aprendes a respirar en el vacío que deja. —Lo dice con tanta sencillez que parece que él, en cierto modo, ya ha aprendido a vivir con ello.

Por primera vez desde que todo ocurrió, no siento la necesidad de hablar ni de huir.

Erilian no intenta consolarme ni llenar el vacío. Solo se queda ahí, presente y con ese gesto, encuentro una calma que no sabía que necesitaba.

—Tu hermano estaría orgulloso de ti —dice apenas un murmullo.

Asiento varias veces, porque de verdad lo creo.

—Intenta descansar, Khione.

Cuando se levanta y se aleja, me doy cuenta de que el peso en mi pecho parece un poco menos doloroso.

*   *   *

El amanecer llega sin aviso. La luz tiñe el cielo de tonos suaves, como si el mundo no hubiera cambiado.

Como si ayer no hubiera pasado nada .

No he dormido y el campamento se mueve con lentitud, entre el polvo que aún sale de los escombros que son movidos, dejando un silencio de los que no volverán.

Decido ayudar a Kaia y Azula con los heridos, sin usar mi magia, solo vendas, agua y paciencia. Algunos apenas pueden hablar y otros en cambio no dejan de llorar.

Cuidar de ellos me mantiene ocupada… hace que sea más llevadero, aunque sea un momento.

A lo lejos veo a Erilian, manteniendo el orden, apoyando a otros compañeros. Su mirada se suaviza por un instante cuando encuentra la mía y con ese mínimo gesto, sé que puedo contar también con él, pese a que sea un dragón.

Erilian, El guardián.

Ahora entiendo porque le apodaron así. Protege a los suyos, no le importa ser de una raza considerada superior.

—Me han dicho que Icarus está entre los pocos leorus que han sobrevivido. —Kaia se acerca a donde estoy, para ayudar a vendar a uno de los heridos, que descansa sobre una cama improvisada.

—¿Está vivo? — Abro los ojos sorprendida.

—Ve a curarlo, ya termino yo.

La abrazo rápidamente, luego agarro unas telas junto a un cubo de agua para dirigirme al borde del campamento, justo donde se halla en pie lo que queda del establo.

Cuando lo veo, su pelaje se ve gris ceniza. Tiene una herida en el costado que me hace contener el aliento.

—Ey, tranquilo. Soy yo... —susurro, acercándome despacio para no asustarlo .

Cuando levanta la cabeza y me reconoce, emite un sonido débil parecido a un lamento.

Me arrodillo a su lado y comienzo a limpiarle la herida con lo que he traído. Al sacudirse los restos que le cubren las plumas, deja en el aire un olor a tizne.

—Pensé que no volvería a verte —susurro y voz suena más rota de lo que esperaba.

Icarus parpadea despacio y apoya su pico contra mi brazo. Ese gesto me basta para sentir que, de algún modo, una parte de Micah sigue aquí.

—Lo sé… yo también lo echo de menos —lo digo sin saber si se lo digo a él o a mí.

Permanezco así un rato, con la mano acariciando su cuello negro, escuchando su respiración.

Y pese a que Micah no está con nosotros, siento que no estoy sola porque sé que él siempre estará conmigo.