23
No tengo forma de respirar, el corazón se me encoge tanto que el dolor resulta insoportable.
—Khione, mírame. —La mano de Galen está sobre mi barbilla, llena de sangre y suciedad, me obliga a girar la cabeza hacia él—. No pienso dejar que te enfrentes sola a esto.
—Creo que si inten… —Miro sus ojos verde jade, totalmente sinceros y después observo los árboles en plena destrucción—. Tal vez, aún pueda…
Me atrae hacia su pecho, envolviéndome en un abrazo, cuando se da cuenta de que estoy temblando y perdiendo el control.
Oigo los latidos de su corazón retumbar e intento centrarme en sus pulsaciones.
Ni siquiera puedo llorar a mi hermano, porque, de entre las sombras, emergen tres figuras. Cada uno avanza con una precisión que no es natural para estar caminando sobre barro y mugre.
Galen se pone a mi lado.
—Vete. Yo los distraigo —ordena, aunque su voz suena a súplica.
Otra vez todo se vuelve confuso y es cuando el chico de cabello oscuro que he visto en mis sueños me susurra, en mi cabeza, esas mismas palabras con determinación, como si me estuviera protegiendo.
—¡Khio! —Vuelvo a enfocar a mi mentor, justo en el momento en él que me empuja lejos de los atacantes que se abalanzan sobre nosotros.
Sus movimientos son rápidos e imposibles de seguir. El aire se vuelve denso: uno es Rhesar de la tierra, el otro, un Kovar de la transformación .
Galen se vuelve intangible justo a tiempo para esquivar una piedra que pasa rozando su rostro. El Kovar transforma su brazo en un tentáculo que intenta atraparlo, pero él atraviesa su cuerpo como si fuera niebla. El atacante falla y termina golpeando por error a su aliado.
Siento unas manos sobre mi cuello, que me arrancan el aire. Intento liberarme, pero no hay nada que apartar. Una fuerza brutal es ejercida sobre mí y no sé de dónde procede. Aun así siento el fantasma de unos dedos huesudos estrangularme.
«Vas a terminar como tu hermano». Su voz áspera se abre paso por mi mente. Y el sonido de sus palabras, me corta por dentro.
Un nuevo temblor me recorre las manos.
Mi cabeza se llena de imágenes confusas. La muerte de Micah, el olor a ceniza, la risa de mamá…
La impotencia crece en mi interior, pero no puedo gritar.
—¡Suéltala! —Lo hace en mi lugar Galen, quitándose a uno de ellos de encima, pero la mujer aprieta con más fuerza.
Mi visión se nubla. El ambiente es tan abrasador como mis sensaciones físicas. El mundo se empieza a volver negro.
Algo dentro de mí quiere liberarse, el miedo, pero lo que obtengo es una rabia cegadora.
Una corriente invisible y ardiente se abre camino en la base de mi espalda, tal y como cuando uso mi poder molecular. Una onda de energía brota desde mis manos y provoca una explosión.
La presión se interrumpe y caigo al suelo empezando a toser, desde la primera hasta la última bocanada de aire.
El impacto los deja inconscientes. Han sido apartados por algo de lo que desconozco su procedencia.
Por lo menos hasta que consigo encajar todas las piezas.
No fue Maden quien usó el poder de la creación y creó el ceric aquel día que matamos al relif. Fui yo…