Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 22
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Unos brazos tiran de mi cintura, alejándome del cuerpo de mi hermano.

Intento zafarme de su agarre, quitándomelo de encima, pero la fuerza que ejerce sobre mí es mucho mayor que la que opongo.

—¡Suéltame, Galen! —grito, mientras el aire me quema los pulmones.

Entonces todo se vuelve borroso.

Frente a mí, ya no yace Micah, sino el chico de cabello oscuro que he estado viendo en mis pesadillas. Su rostro se dibuja entre humo y cenizas, nítido por un instante. Y esos ojos azules…

Me resulta tan familiar, que algo en mi pecho me impulsa de nuevo a correr hacia allí, como si se tratara de mi propio hermano, aun sabiendo que no lo es.

El crujido seco de un árbol partiéndose en dos, retumbando en el aire, me devuelve a la realidad.

El bosque entero parece quebrarse. Las raíces arden y los troncos comienzan a ceder uno tras otro.

—¡Khione, no puedes quedarte aquí! —Su voz se pierde entre el estallido del incendio pero sus brazos me rodean con fuerza, tirando de mí hacia atrás.

El rugido de un tronco cercano al caer nos hace sobresaltarnos.

El segundo forma una onda expansiva de brasas ardientes.

Galen me cubre con su cuerpo, justo antes de que una llamarada nos alcance. Rodamos por el suelo, con la tierra caliente pegándose a mi piel. Cuando me atrevo a mirar el claro, el mundo se detiene.

Los árboles han formado una prisión de fuego alrededor del lugar y en el centro, entre las brasas y el humo, vemos como la vida va desapareciendo sin control. La muerte también se lleva a Micah, sepultándolo.

Quiero hacer algo para cambiar su destino. No quiero abandonar su cuerpo porque necesito ofrecerle el descanso que se merece, pero Galen no me lo permite. Sus brazos me levantan del suelo y me aleja de allí; pese a que no dejo de forcejear, lo consigue.

El fuego lo cubre todo con un manto anaranjado, pero el ardor en los ojos me obliga a apartar la mirada. Mis lágrimas se mezclan con el hollín de los árboles quemados y el estruendo del incendio, que ahoga mis gritos.

Él no me deja caer al suelo cuando ve que todo se desmorona ante nosotros. Y solo, cuando el último árbol cae, comprendemos que no hay nada más que rescatar.