Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 21
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Un grito desgarra mi garganta y veo cómo los atacantes huyen.

Corro hacia mi hermano, tirándome a su lado. Mis piernas reciben el impacto sintiendo cómo me arden de inmediato.

No siento nada hasta que lo veo.

Sangre. Hay demasiada.

Cada parte de mi cuerpo se desgarra lentamente y no por ninguna herida física…

El charco que se forma bajo él hace que mi corazón se detenga y, al mismo tiempo, empiece a latir a una velocidad descontrolada.

—Micah… —No lo veo bien, no puedo. Las lágrimas me impiden verlo con claridad porque no puedo dejar de llorar.

—Khio… —Su voz sale tan débil que empiezo a temblar.

—No. No, no…—Intento presionar la herida con mis manos, pero la sangre no deja de salir—. No me dejes. Tú no puedes…

Se escapa entre mis dedos. No importa cuánto apriete, sigue saliendo .

Galen se quita la chaqueta y la coloca en su abdomen. Intenta detener la hemorragia mientras dice algo que ya no alcanzo a escuchar. Solo oigo ese pitido constante, el de la vida de mi hermano abandonándolo lentamente.

No. No voy a dejar que eso pase.

Lo único que puedo hacer ahora mismo es tratar de usar mi poder para curarlo. Solo así sobrevivirá.

—Voy a curarte… —Me limpio las lágrimas con brusquedad, intentando centrarme—. Voy a hacerlo. Mírame.

Coloco de nuevo mis manos sobre la herida y el dolor llega al instante. Siento como una espada invisible me atraviesa mientras intento regenerar cada célula dañada de su cuerpo. El dolor es insoportable, pero aun así prefiero eso a perderlo.

—Para, Khione… —Su voz apenas es un susurro roto. Su mirada gris me suplica que pare.

No quiero hacerlo.

—Cállate. —Niego con la cabeza desesperada—. No sabes lo que dices. Solo aguanta. Siempre lo haces, ¿recuerdas? Tú eres el fuerte de los dos…

Canalizo más poder, provocando una oleada de dolor inaguantable. Pero no cedo cuando siento cómo algo dentro de mí se rompe al intentar reconstruirlo, cómo mi visión se fragmenta y mi propio cuerpo empieza a ceder.

Aunque no me importa.

Nada importa ahora más que salvar a mi hermano.

—No puedo perderte —digo con la voz quebrada—. ¿Qué será de mí sin ti ?

Lo acerco más situando su cabeza entre mis piernas, aferrándolo como si pudiera anclarlo al mundo con mis propias manos, mientras Galen sigue presionando en el corte.

Pero entonces, su cuerpo se tensa. Su respiración se entrecorta y siento cómo su energía empieza a desvanecerse.

—No. —Sacudo su cabeza para que reaccione—. No hagas eso, no te atrevas.

Su respiración se rompe volviéndose más débil e irregular.

Absorbo todas sus heridas con una desesperación ciega por hacer que mi hermano recupere su vitalidad.

—Resiste —le suplico al borde del colapso—. Micah, mírame por favor…

Sus ojos grisáceos encuentran los míos y puedo ver que en ellos ya no hay lucha. Eso me rompe más que cualquier golpe físico.

—Te quiero, Khione… —Alza el brazo con un esfuerzo que me destroza y acaricia mi mejilla con ternura.

—No. —Agarro su mano, presionándola contra mi piel—. Esto no es el fin, no todavía… No te lo permito.

Sigo curando, aunque mi poder ya no responde igual sobre su cuerpo. Se está muriendo y no puedo hacer nada por evitarlo. Quiero gritar y pedirles una explicación a los dioses, pero no serviría de nada.

—No me hagas esto… —Con la mano temblorosa y llena de sangre, acaricio la suya—. Déjame curarte, pararé antes de que… —mi voz se rompe.

Apenas distingo su rostro entre tantas lágrimas.

—Lucha y vive… Como has hecho hasta ah ora. —Su voz se apaga y su pecho tiembla por el esfuerzo de mantenerse aquí un segundo más.

—¿Micah…? Dime algo, lo que sea.

Su cabeza se gira poco a poco y siento un ligero cambio en su peso.

El corazón se me quiebra en mil pedazos, como un cristal al caer al suelo, cuando la única respuesta que recibo es un pequeño espasmo entre mis brazos.

El tiempo se para y el silencio lo llena todo.

—¡Micah! —grito con desesperación mientras sacudo su cuerpo inerte.

Vuelvo a situar mis manos sobre su herida forzando mi poder otra vez, ignorando el dolor que me está desgarrando por dentro.

—Mic…—mi voz ya no es más que un hilo roto—. Por favor…

Lo aprieto una última vez contra mí, como si pudiera devolverle la vida con la fuerza en la que sujeto su cuerpo.

No necesito saber o sentir nada más.

Micah se ha ido.