20
Un nudo se forma en mi garganta y me deja sin aire. Una mezcla de miedo, impotencia y rabia me recorre el cuerpo, tan intensa que apenas puedo mantenerme en pie.
Ojalá hubiera caído la piedra un segundo después.
—Es demasiado tarde. —La voz de Galen me saca del trance—. Sé dónde está Micah.
Nuestros ojos se conectan y en los suyos puedo distinguir el temor por todo lo que está pasando.
Asiento sin decir nada y noto su mano entrelazándose con la mía guiándome entre el gentío, en dirección al patio exterior.
Seguramente Micah estará en el centro de la batalla.
Otro rugido atraviesa el cielo, pero ahora mismo solo puedo pensar en mi hermano. Necesito saber que está bien.
Cuando me doy cuenta, veo que Galen está atravesando a todo el mundo con su poder, incluso algún que otro muro, para tardar lo menos posible .
Una vez llegamos al bosque, todo es caos. Las llamas devoran los árboles curativos y el aire arde con olor a resina quemada.
La mayoría de los atacantes son Rhesar del fuego, que se empeñan en avivar el incendio. Mientras, los Rhesar del agua, la tierra y el bosque de Eros, luchan por contenerlo. Sus poderes chocan en el aire.
Uno de ellos se mueve con fluidez, extendiendo sus manos para proteger a sus compañeros con una corriente de agua alrededor de ellos. Y aunque logra apagar una llama, el resto parecen no tener límite.
Siento una opresión en mis piernas que tira de mí hacia abajo, impactando mi cuerpo de lleno contra el suelo.
Mi corazón golpea con fuerza en mi pecho y mi respiración se vuelve rápida y entrecortada.
—¡Khione! —grita Galen, pero su voz se aleja mientras unas enredaderas me apresan los tobillos y me arrastran hacia el centro del claro, tan rápido que el mundo a mi alrededor se vuelve una mancha de color y sombras.
Mi espalda arde al rozar contra la tierra y las raíces del suelo, aunque el dolor no dura mucho, porque mi poder empieza a reaccionar.
El silbido de una espada corta las enredaderas que me rodean los pies. La tensión desaparece de golpe y mi cuerpo se detiene con un tirón brusco
Levanto la vista y mis ojos conectan con los de Neal. Me ofrece la mano, ayudándome a levantarme del suelo y yo le doy las gracias con un leve asentimiento de cabeza.
Justo en ese momento una bola de fuego se dirige hacia nosotros y siento cómo Galen, que ha venido corriendo hasta nosotros, me empuja contra Neal. Se vuelve intangible justo antes del impacto y el fuego lo atraviesa, sin dejar marca.
No dicen nada, pero con una sola mirada, se entienden.
Neal desaparece de mi lado en un destello blanco y reaparece detrás del agresor, agarrándolo y usando nuevamente su poder de teletransportación.
Desaparecen entre la espesura y las sombras del bosque. Tanto Galen como yo miramos en esa dirección. El castaño frunce el ceño y tensa la mandíbula al verlo marchar.
Un instante después Neal regresa solo.
No me atrevo a preguntar porque sé exactamente lo que ha ocurrido.
—Gracias por ayudarme —le digo a Neal. En ese mismo momento, una voz en la lejanía lo llama:
—¡Neal!
—Llevad cuidado —dice en voz baja y desaparece de nuevo tras mirarnos, como si temiera que fuera a ser la última oportunidad para vernos.
No tardamos en escuchar gritos procedentes de otra zona distinta. Vemos más humo y también everen corriendo hacia Eros, para refugiarse del peligro.
El fuego que hay alrededor se mueve a una gran velocidad, pero eso no es todo, no puedo evitar mirar hacia el barro, donde yacen everen sin vida
Ojalá estuviera aquí los Rhesar del aire porque sería mucho más sencillo apagar tanto fuego .
Una serie de alaridos vuelven a llenar el ambiente y, al desviar la mirada, ahí está:
Micah .
Está a unos metros de distancia, rodeado de destrucción. No en el centro del incendio sino justo en el punto exacto desde el que puede controlarlo.
Su arco se curva entre sus manos y la cuerda vibra cuando tensa la primera flecha.
No apunta al pecho ni a la garganta. Apunta a las piernas impactando en el muslo de uno de los Rhesar del fuego, que cae antes de poder lanzar otra llamarada.
Sin perder tiempo, dispara de nuevo: esta vez al hombro.
Un segundo intenta atacar pero retrocede cuando la punta le roza la mejilla.
Micah no dispara para matar. Dispara para frenar.
Se mueve con precisión, calculando distancias incluso mientras el humo espesa el aire y las llamas devoran los árboles. El sudor le perla la frente y su respiración es agitada, pero se mantiene firme en su lugar.
Cada flecha contiene el avance, sosteniendo la línea para que nadie más cruce hacia nosotros, ni hacia Eros.
El humo se aparta un instante y nuestros ojos se encuentran. No hay pánico en los suyos, solo esa concentración que siempre precede a sus decisiones.
Una figura emerge de entre la luz cegadora del fuego. Veo el brillo metálico que se alza y desciende con fuerza. La hoja entra por su espalda y atraviesa el pecho de mi hermano.
Quiero gritar su nombre, pero no soy capaz de emitir sonido alguno .
Micah se queda quieto un segundo y sus ojos conectan con los míos. Luego cae de rodillas y yo también lo hago.