Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 19
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Nos levantamos para mirar por los ventanales. A mi lado, Galen observa el exterior en silencio. No hay prisa en sus movimientos, solo esa forma suya de mirar como si intentara entender lo que está viendo.

Siento cómo mi corazón se detiene un instante.

Fuego .

Everen corriendo de un lado a otro, y yo solo puedo pensar en Micah.

Sin decir nada, me dirijo hacia la puerta para abrirla, pero al tocar el pomo, un calor me recorre la palma obligándome a apartarla de inmediato.

Aun así, mi poder se activa, curándome.

—Mierda —murmuro entre dientes al darme cuenta de que del metal sale humo y está ennegreciendo.

Cuando me giro, mis amigos ya están a mi lado.

—¿Y ahora cómo salimos? —Neal cubre su mano con su ropa y tira un par de veces del pomo sin éxito.

—¿No hay ninguna otra salida oculta? —Kaia se coloca entre nosotros, mirando alrededor con impaciencia.

Galen sigue detrás, sin decir nada, con el rostro sereno y la vista fija en la puerta, como si ya estuviera calculando el siguiente paso.

—Podría intentarlo —dice más para sí mismo que para nosotros.

—¿Intentar qué? —pregunto confusa.

Él me mira con determinación, antes de hacer nada.

—Con mi poder os puedo pasar al otro lado de la puerta, aunque tiene que ser de forma muy rápida. Agarraos las manos y recordad: si os soltáis no funcionará.

Los tres asentimos sin dudar y noto como Kaia sujeta mi mano y con la que a ella le queda libre, a Neal.

Siento como mi pulso se acelera por los nervios y por todo lo que está pasando fuera.

—Ahora —murmura avisándonos de que es el momento.

Galen extiende la mano y sus dedos se ciernen sobre mi muñeca con suavidad y en ese instante el mundo se vuelve ligero como una pluma. Mi piel vibra en cuanto atravesamos la pared lateral del aula, apareciendo en el

pasillo contiguo en un golpe seco de aire. El castaño me suelta con un jadeo apenas audible, apoyándose en las rodillas para recuperar el aliento.

Aquí no hay fuego.

Solo el eco del caos al otro lado del edificio. Se oye más lejano que antes .

—Tengo que encontrar a Micah. —Me recuerdo a mí misma y parezco más calmada de lo que realmente estoy—. Luego me reuniré con vosotros.

—Te acompaño. —Kaia me toma del brazo con determinación.

Bajamos hacia el vestíbulo central juntos con algunos alumnos que se dirigen hacia allí.

—¡Kaia! —Una voz femenina la llama.

Nos damos la vuelta y vemos a Azula y a Erien, la profesora de botánica, avanzan por el pasillo con paso rápido, como si nos estuvieran buscando.

—¿Estáis aquí! —exclama Erien agitada, sin perder tiempo—. Kaia, ven conmigo al bosque. Te necesito.

Los ojos marrones de ella se cruzan con los míos. Sé que no quiere dejarme sola, pero yo asiento para tranquilizarla y permitir que se marche.

—Niño. —Azula se acerca a Neal—. Tú tienes que ayudar a trasladar a los heridos a la enfermería.

—Voy —responde él de inmediato.

—Ve a ayudar. Yo tengo que encontrar a mi hermano —digo a Galen mientras miramos como nuestros amigos se marchan con las profesoras.

Galen se queda observándome con esa calma suya, aunque todo a su alrededor sea un caos.

—Voy contigo —dice finalmente, decidido—. No pienso dejarte sola.

Asiento, sin saber por dónde empezar a buscarlo.

¿Dónde puede estar Micah?

Un grito nos hacer girarnos hacia el pasillo que da al patio central, donde se ubica el Sagrado Zuleica.

No hace falta decir nada. Salimos corriendo en esa dirección y cuando llegamos lo que veo me corta la respiración.

El aire arde.

Gritos que se escuchan en la lejanía.

El suelo tiembla bajo mis pies.

​​Hay dos hombres con túnicas carmesíes, iguales que la del atacante que nos emboscó hace semanas en el bosque. Ambos tienen el mismo símbolo en la espalda.

Uno lanza bolas de fuego contra una chica, mientras el otro intenta sujetarla con ramas que brotan del suelo.

—¿Dos contra una? —Galen se coloca detrás de ellos, ladeando la cabeza—. ¿Os da miedo pelear limpio?

Los agresores se giran sorprendidos. El Rhesar del bosque es el primero en lanzarse hacia él, sin soltar a la chica que aún está sujeta por las enredaderas.

El otro atacante me mira directamente a mí y empieza a lanzar llamaradas, de las que intento huir, corriendo y esquivándolas como puedo.

Hasta que una me alcanza en la cadera.

Me muerdo la lengua cuando siento como me arde esa zona, pero dura poco. Aprovecho que se ha despistado mirando hacía su compañero, para acortar la distancia y usar mi poder contra él.

Le agarro del gemelo y empieza a gritar de dolor, al tiempo que mi pierna empieza a romperse en varias partes.

Sin dudar un instante ayudo a la chica, que forcejea desesperada, intentando arrancarse las ramas que le atrapan el pie .

Sus manos tiemblan mientras tira con fuerza, pero la maleza no cede.

—¿Estás herida? —le pregunto una vez conseguimos liberarla.

Ella niega varias veces con la cabeza, cuando sus ojos oscuros llenos de lágrimas hacen contacto con los míos.

—Ve al invernadero —le digo con urgencia y noto como tiembla el suelo de nuevo—. Allí te será fácil esconderte.

Veo la duda en su mirada, a lo que yo asiento varias veces para hacerla saber que estaré bien.

Un estruendo sacude el aire, tan profundo que me vibra todo el cuerpo.

El aire se vuelve denso. Cuando alzo la vista, veo la figura de la dragona Feris en su forma más temida, emergiendo entre el humo que nos rodea, atraída por el daño infligido al bosque de Munea.

Sus alas, enormes y verdes como el resto de su cuerpo, se abren de golpe con un brillo que recuerda al bosque.

Cuando se posa en la cima de la torre más alta de Eros, las garras se hunden en la piedra.

La estructura cruje, agrietándose y por un instante, la escucho rugir furiosa y dolida por lo que está siendo destruido.

El aire huele a madera quemada y tierra húmeda. A algo que no debería estar ocurriendo.

Quiero moverme, pero mis piernas no responden.

Siento el corazón latir en mi garganta y me cuesta respirar. Me impone la fuerza antigua de los dragones sobre nuestras cabezas, que sé que son capaces de destruirlo todo.

El cielo se ilumina con un destello carmesí, mostrando la coraza roja de Hestein, que refleja la destrucción que está ocurriendo.

Cada batir de sus alas deja caer restos de brasas al suelo. Exhala fuego hacia la dragona verde y el bramido de Feris respondiéndole, me eriza la piel.

Me cubro el rostro cuando la onda de calor me golpea de lleno, sintiendo como me arden los ojos. El aire se corta con un alarido que hace temblar las paredes.

Una sombra oscura cubre el sol durante un instante, Erilian. Sus membranas se abren de par en par, batiéndolas, creando viento para intentar apagar el incendio cercano a lo que queda de estructura exterior.

El contraste entre los tres me paraliza. Es raro que se enfrenten de esa forma y seguramente es porque han estado habiendo más ataques de lo normal.

Galen me sujeta del brazo, pero apenas lo siento.

Mis ojos están fijos en el desenlace fatal por encima de nuestras cabezas.

Una pelea que no parece tener fin.

Entonces lo veo. Hestien gira con un movimiento violento y con sus garras extendidas desgarra el pecho de Erilian.

Su rugido desgarrador me atraviesa el alma.

—Khione. —Escucho la voz de Galen, pero no puedo bajar la vista.

Otro temblor subterráneo nos sacude y el aire se llena de polvo y fragmentos de piedra. Un torreón empieza a caerse, los gritos son cada vez más fuertes y un trozo de muro cae frente a nosotros.

Un chico que corría intentando huir y acercarse a nosotros, queda sepultado. No puede gritar siquiera. Casi puedo oír el sonido del impacto de sus huesos contra el suelo .

Y pienso… Podría haber sido Micah.