Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 18
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La habitación está en silencio, salvo por la respiración tranquila de Kaia, que aún duerme.

Azula le mandó reposo y tomarse el brebaje que preparó para ella antes de dormir.

El sol apenas se filtra por el cristal, pero aun así dibuja alguna que otra sombra sobre el suelo.

Me incorporo despacio, temiendo que los recuerdos implantados vuelvan a arrastrarme si lo hago bruscamente. Aún puedo sentirlos vagando libres por mi mente.

Respiro hondo. Necesito distraerme, mantener la cabeza ocupada.

—¿A dónde vas? —La voz somnolienta de Kaia me hace mirarla.

—No puedo dormir, nos vemos luego en la biblioteca. —Me levanto para vestirme, mientras mi amiga murmura algo antes de volverse a dormir. No entiendo que dice, pero aun así, me arranca una sonrisa.

Hazem nos pidió que buscáramos información sobre ataques mentales antiguos. Así que, sin pensarlo demasiado, me dirijo hacia la biblioteca.

El aire que envuelve el pasillo aún es frío y siento como cada paso retumba sobre la piedra. Cuando llego, el olor a polvo y madera vieja inunda mis fosas nasales.

Las llamas de las lámparas parpadean en silencio. Los ventanales reflejan el amanecer sobre las mesas y las estanterías infinitas de libros.

Empiezo a buscar por secciones, pero me doy cuenta de que los tomos que busco son tan difíciles de encontrar que no sé por dónde empezar.

Un leve roce en mi espalda me hace sobresaltarme por el susto.

—No pensé que vendrías tan pronto —dice Galen, apoyándose en la estantería frente a mí.

—No pensaba hacerlo —respondo mirándole un segundo—. Pero no podía dormir más.

Se limita a asentir y en ese instante atraviesa la estantería dejándome sola, pero cuando me doy cuenta, vuelve a aparecer con un par de códices, mezclados con libros suyos entre sus brazos.

—Hazem me encargó que repasáramos también la materia de proyección mental avanzada . Dice que podría ayudarnos con el control durante los combates. —Se acerca a la mesa para dejarlos.

—Claro —digo, aunque ahora mismo lo último que quiero es otro entrenamiento mental como el de ayer.

Sus dedos pasan por los lomos con decisión, sabiendo lo que busca. Mientras tanto, yo sigo hojeando los manuscritos apilados sobre la superficie de madera .

Algo llama mi atención: un conjunto de hojas atadas con cuerda marrón, pequeñas y finas.

Una de ellas sobresale unos milímetros y llama especialmente mi atención.

Hay unas iniciales en la esquina inferior, apenas visibles: K.S.

Khione Sonnet.

Mis dedos rozan las letras y un escalofrío me sube por el brazo, en el momento en el que extraigo el papel y veo el dibujo.

Los trazos no son iguales, uno es torpe y grueso, el otro más fino y cuidadoso, como si dos manos distintas lo hubieran pintado juntas. La S está deformada, abierta en un lado, como si quien la hubiera escrito no supiera muy bien cómo hacerlo.

En él vislumbro dos siluetas de espalda, sentadas bajo un árbol. Las raíces se entrelazan entre sí, uniéndolos desde la tierra. Algo muy parecido a la figura de madera que me tendía Micah en mi sueño.

No se ven sus rostros, pero hay algo en la distancia entre ambos que me resulta familiar.

Rápidamente, una imagen cruza mi mente: un niño y una niña, riendo bajo un árbol, con las manos llenas de barro.

—No deberías mirar eso —dice Galen, con la voz baja.

Doy un respingo, doblando la hoja entre los dedos antes de entregársela.

—Estaba suelta… —murmuro avergonzada.

Él no responde, solo se acerca lo suficiente para cogerla entre sus manos, sin apartar los ojos de mí.

No parece enfadado, pero por un segundo, creo ver algo distinto en su mirada. Algo que no logro descifrar .

—¿Quién es? —pregunto sin pensar.

Galen guarda la hoja en su sitio.

—Alguien que ya no está —responde sin dudar, con una voz tranquila.

Entonces él se aparta, caminando hacia los estantes con esa calma que siempre lo acompaña. Pero las iniciales siguen grabadas en mi mente:

K.S.

También la sensación de haber visto ese lugar alguna vez.

Un portazo suave rompe el silencio de la biblioteca.

—Perdón por haber tardado tanto —dice Kaia en voz baja—. He tenido que ir a buscar a Neal.

Él la sigue con varios pergaminos debajo del brazo y con cara de sueño. No respondo, pero no puedo evitar sonreír al ver al moreno arrastrar los pies por la estancia.

—¿Habéis encontrado algo? —Kaia indica con un gesto todo lo que reposa en la mesa.

Niego en silencio, mientras Galen levanta la vista desde el pergamino donde estaba escribiendo. La luz de la lámpara cae justo sobre su rostro, resaltando sus facciones.

—Estaría bien que nos ayudarais con el informe —añade, sonriendo con evidente diversión.

—Hoy te has levantado gracioso —replica Neal.

—Solo porque sabía que ibas a estar aquí sufriendo, como yo —contesta él, mientras agarra otro códice con calma.

Nuestros ojos se cruzan un segundo, mientras hojea la información. Yo los desvío de inmediato.

—Dudo que todo esto sirva para algo más que rellenar informes —dice Neal, rompiendo la quietud que se había instalado en la sala.

Kaia lo mira poniéndolos ojos en blanco y nos repartimos los estantes, aunque noto que Galen se mantiene cerca de mí, pero al mismo tiempo, tratando de guardar las distancias.

Mi amiga murmura algo que Neal finge no escuchar, solo para provocarla un poco.

—Esto no es solo teoría —dice ella, inclinándose más sobre el texto—. Habla de cómo una mente puede anclarse a otra si hay una conexión previa.

Neal ladea la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido.

—Un anclaje mental es peligroso —responde en voz baja—. Puede dejarte expuesto si quien lo maneja no es de fiar.

—Solo si no confías en el everen que te sostiene —replica Kaia.

Él sonríe con un gesto ladino y ella desvía la mirada antes de que un rubor delate lo que siente. La chispa entre ellos es apenas perceptible, pero está ahí: un roce de miradas que solo ellos comprenden.

De alguna manera, los libros abiertos ante nosotros parecen tener las respuestas que ninguno se atreve a pronunciar en voz alta.

Entonces, un leve temblor hace vibrar las ventanas. Apenas un segundo, que casi pasa inadvertido.

Nos miramos los cuatro.

—¿Lo habéis notado? —pregunta Neal y entonces lo huelo:

Humo.