17
El sonido de unos pasos retumba a mi espalda y cuando me giro, veo a Micah sonriendo, mientras sostiene entre sus manos una figura de madera.
Es un árbol con dos troncos que se retuercen ligeramente, entrelazados entre sí. En sus ramas, talladas con delicadeza, hay dos pequeñas hojas idénticas.
—Es para ti, Khi —me dice, extendiéndomela.
Cuando vuelvo mi vista hacia mi hermano, sus ojos ya no son grises, sino de un color azul océano. Su forma de sonreír cambia, pero aún así siento una familiaridad que no consigo ubicar.
La figura tiembla bajo mis manos, como si quisiera moverse. Sus hojas comienzan a desprenderse.
Un viento helado atraviesa el corredor, haciéndome cerrar los ojos. Siento que algo me llama, una voz que no logro distinguir en mente, susurrando mi nombre entre ecos de risas y llantos .
El azul de sus ojos se funde con la oscuridad del pasillo, mientras el suelo desaparece bajo mis pies.
Abro los ojos de golpe, jadeando, con el corazón latiendo a una velocidad descontrolada.
La luz de la madrugada que entra por la ventana aún es tenue y todo parece demasiado real para ser un simple sueño.
Me obligo a levantarme y me quejo porque el pijama se me pega a la piel debido al sudor. Una ducha rápida me ayuda a quitarme el malestar causado por la pesadilla y a relajar los músculos agarrotados por la tensión.
Cuando me dirijo de nuevo a la habitación, la voz de Kaia me sorprende.
—Pensé que te habías ido sin mí… —me dice nada más abrir la puerta, haciendo un puchero.
—Solo había ido a darme una ducha. —Sonrio colocándome cerca de los últimos troncos que quedan en la chimenea, invadiéndome una sensación agradable.
—Tengo que admitir que estoy nerviosa. Otra vez. —Kaia se termina de subir el uniforme y se acerca a mí.
Con un movimiento de mano por parte de mi amiga, me hace girar y empieza hacerme una trenza, aún con el pelo húmedo.
—¿Alguna vez vas tranquila a un entrenamiento? —Ladeo un poco la cabeza para ver su rostro cuando niega varias veces.
—Listo —dice cuando ha terminado de peinar mi cabello.
—¿Te ayudo? —pregunto, pero justo me doy cuenta ya se lo ha recogido ella misma, de una forma muy similar a la mía.
Ambas nos miramos con complicidad y salimos rumbo al entrenamiento .
Solo se escucha el sonido de nuestras pisadas y respiraciones mezcladas con los pocos murmullos de los que vamos camino a la formación.
—A estas horas hace demasiado frío —se queja Kaia, envolviendo mi brazo con el suyo como de costumbre.
Asiento, mientras me caliento la mano, que siento helada, soplando aire templado en ella. El sol aún no ha salido, lo que hace que se cree una pequeña niebla en el centro del patio, envolviendo al Sagrado Zuleica.
—¡Chicos! —La voz de Hazem, el profesor de control mental retumba en los pasillos de piedra—. La sesión de hoy será en el anfiteatro.
Todos cambiamos de dirección, quejándonos porque nos tocará entrenar en un lugar descubierto y hará mucho más frío.
—No sé porque han puesto este entrenamiento tan temprano. —Kaia no puede evitar bostezar.
Una vez en el anfiteatro, veo que nuestros mentores ya han llegado.
—Hoy pondremos a prueba todo lo que hemos practicado estas semanas —dice Erilian, apareciendo detrás de nosotros.
—En un enfrentamiento real, tened por seguro que no sólo tendréis que hacer frente a un Halovar del control mental. —Hazem hace una breve pausa—. Seréis uno contra uno. Dos mentores y dos iniciados.
—Galen y Khione. Neal y Kaia. —Erilian nos posiciona—. Micah y Vidia, los atacaréis mentalmente.
El helor del anfiteatro me penetra los huesos y ni siquiera ha empezado el combate. Galen avanza hacia mí con esa seguridad que me hace sentir torpe incluso antes de moverme.
Micah, en cambio, no necesita acercarse: su presencia ya está en mi cabeza, esperando el momento para atacar.
Raíz, latido, brújula , me repito en silencio, como un mantra.
Pero apenas cierro los ojos un instante, el primer golpe me alcanza. Un empujón seco contra mi hombro me hace perder el equilibrio y retroceder. Trato de recomponerme, pero el ataque mental me golpea con más fuerza.
Veo la silueta de mamá, escucho su risa quebrarse en gritos, su voz me llama y luego se apaga, arrastrándome hacia un vacío helado.
—Concéntrate, Khione. —La voz de Micah retumba en mi cabeza, obligándome a intentarlo otra vez.
Me repito el mantra de nuevo.
Raíz. Pero mis pies no encuentran firmeza.
Latido . Mi corazón se desboca hasta perder el control.
Brújula. G iro sobre mí misma, pero todo es niebla y confusión.
Un golpe de Galen me saca el aire, cuando su puño impacta en mis costillas. El dolor me sube por el costado y me arde la marca detrás de la oreja.
El recuerdo que Micah me ha instalado en la mente se intensifica y veo a mamá sonreír de nuevo. Justo después sus ojos se vuelven negros y vacíos, acusándome:
« No estuviste conmigo ».
También veo a Maden, como una marioneta sin vida que me grita:
« Estoy muerta por tu culpa » .
El arrepentimiento me asfixia. Siento que me quiero rendir, que si lo hiciera acabaría con todo mi sufrimiento.
Pero Galen me agarra del brazo y me empuja hacia abajo, obligándome a doblar las piernas. Me raspo las palmas contra la arena áspera al arrodillarme.
El impacto me arranca un jadeo y la respiración me quema en la garganta.
Quiero encontrar un recuerdo feliz con mamá, perderme en él… pero algo dentro de mí se niega. Tal vez sea el miedo, la culpa o incluso ambas.
Con un esfuerzo doloroso, ruedo hacia un lado, sintiendo las rodillas protestar al intentar incorporarme.
Mis manos tiemblan y no soy capaz de sostenerme. Se me pega el cabello a la piel debido al sudor.
Apenas puedo mantenerme recta, pero sin saber cómo lo hago, me encuentro de frente a mi mentor.
Galen me observa en silencio, preparado para lanzarse de nuevo, mientras Micah sigue empujando recuerdos como cuchillas que se clavan una y otra vez en mi memoria. Eso me duele más que el cuerpo.
Y entonces, un grito corta el aire.
—¡Kaia! —La voz de una de mis compañeras llama la atención de todos.
Me giro justo a tiempo para verla caer, doblándose el tobillo con un crujido seco que me hiela la sangre. Su rostro muestra dolor, apretando los dientes mientras busca apoyo con las manos sobre el suelo .
La formación se rompe y nos colocamos a su alrededor. Aún tiemblo, aunque mi cuerpo aprovecha este instante para darse un respiro.
El profesor Hazam se inclina sobre Kaia y su expresión lo dice todo.
—Que alguien la lleve a la enfermería, ¡ahora! —ordena Bren, nuestro profesor de cuerpo a cuerpo, que no se ni cuando ha llegado.
Neal no duda en cargarla entre sus brazos.
Me obligo a mantenerme en pie y siento como una mano se posa sobre mi muñeca: Micah.
—¿Estás bi…? —Su pregunta muere cuando me mira directamente a los ojos.
Su mirada gris me muestra lo que no dice con palabras.
—Khione tampoco se encuentra bien —anuncia mi hermano al profesor Hazem.
—Galen, acompáñala. Vosotros cuatro habéis terminado por hoy. —Su voz resuena firme, sin dar opción a replicar.
Oigo sonidos como si fueran susurros que no son reales. Ecos de recuerdos que no quiero revivir. Me veo a mí misma en la oscuridad del pasillo, con Maden desapareciendo entre sombras. Me siento intranquila, nerviosa.
Un destello azul viene acompañado de una serie de imágenes que tuercen momentos felices y los transforman en escenas confusas. Fragmentos de risas que se tornan en gritos.
El suelo parece inclinarse bajo mis pies.
Un temblor me recorre de arriba abajo y el aire abandona mis pulmones. Es como si mi cuerpo hubiera decidido rendirse antes que mi mente.
Siento que voy a desplomarme de un momento a otro .
—Khione. —Galen pronuncia mi nombre de forma áspera, pero más baja de lo normal.
Antes de que pueda reaccionar, su brazo rodea mi cintura, sujetándome con firmeza. No solo me sostiene para evitar que caiga, también impide que desfallezca del todo.
—Suéltame… Estoy bien —susurro, aunque mi voz suena tan rota que me delata.
—No —responde seco, sin dejar espacio a la discusión.
* * *
La enfermería huele a hierbas. La profesora Azula se mueve entre camillas con frascos entre las manos, con una rapidez que me impresiona.
—Neal, deja a Kaia en una de las camas. Galen, trae el carrito hasta aquí —ordena.
Ambos obedecen sin dudar, mientras yo me quedo de pie, a unos pasos de distancia, intentando no mostrar lo agotada que estoy, pero el cansancio nubla mi visión.
Galen alza la vista de las vendas que le está pasando la sanadora y, justo en ese momento, sus ojos se clavan en mí, rápidos y calculadores. No dice nada, pero su mirada me dice que ha notado cómo me estoy rompiendo un poco más con cada minuto que pasa.
—Niña, siéntate. —La voz de Azula llega a mis oídos.
Intento ir hacia la cama pero antes de llegar me apoyo torpemente en el carro que Galen había colocado en el pasillo con la respiración irregular.
El mundo parece girar y siento que voy a ceder, pero Galen se inclina hacia mí, sujetándome firme contra él.
—Mírame —me ordena, colocando una mano sobre mi barbilla, para que lo mire a los ojos.
Al principio solo veo un verde borroso, mezclado con todo lo que aún sigue atrapado en mi cabeza.
El eco de mis recuerdos empieza a desvanecerse, pero no lo hace del todo. Sigue ahí, tirando de mí, intentando arrastrarme otra vez hacia ese lugar donde todo duele.
Entonces lo veo.
Estudia cada uno de mis movimientos y, sin decir nada más, de manera casi instintiva, su mano roza un mechón de mi cabello que se ha pegado a mi rostro, apartándolo con suavidad sin dejar de mirarme.
—Céntrate en mí —su voz es apenas audible—. En mi pulso.
Dirige mis manos a su pecho y enseguida empiezo a sentir el latido de su corazón. Palpita bajo la palma de mi mano y me aferro a ese ritmo sin darme cuenta. A los latidos. A él.
Poco a poco el ruido de mi cabeza pierde fuerza. Los recuerdos siguen ahí, pero ya no consiguen alcanzarme igual que antes.
A pesar de lo frenético que late su corazón, una calma extraña empieza a abrirse paso en mi interior. Como si por fin encontrara algo sólido a lo que sujetarme.
Mis manos dejan de temblar y mis pies encuentran la firmeza suficiente para mantenerme de pie sin apoyo.
Él no dice nada, pero sigue a mi lado. Y cuando nuestros ojos vuelven a encontrarse, siento que el aire regresa a mis pulmones.
Siento que puedo volver a respirar.