16
El silencio en la habitación solo se rompe por el pasar de las páginas.
—No puedo creer que Hunter le esté haciendo eso a Mila.
Kaia cierra el libro, exasperada. Se deja caer a mi lado, y apoyando la cabeza en su mano, me mira de lado.
—¿En qué piensas? —Su pregunta me pilla desprevenida, así que tardo unos segundos en responder.
—Qué hubiera pasado si esa noche Micah y yo hubiésemos estado en casa con mamá. —Suspiro y coloco las manos en mi abdomen—. Tal vez ella estaría con nosotros, pero no te hubiese conocido ni a ti ni al resto.
—Con el resto, te refieres a Ga… —Tapo su boca antes de que termine de pronunciar su nombre.
Ella suelta una carcajada.
—No eres la más indicada para hablar.
—Ni se te ocurra decir su nombre —me advierte.
Me levanto de la cama y me alejo todo lo posible de ella.
—Neal —lo pronuncio lentamente.
La veo agarrar un cojín para lanzarlo contra mí. Apenas llega a mis manos, se lo devuelvo. Vuelve a tirarme otro.
Y así empieza una guerra sin fin de almohadas lanzadas de un lado a otro, risas y un caos de plumas.
—Esta noche es la sombra de la luna. —Me recuerda Kaia mientras recogemos el desastre que hemos creado hace un rato.
—No me acordaba. —Levanto la vista para verla junto a su armario, sacando las prendas adecuadas para la ocasión—. ¿Hay que ir de blanco?
Coloca la ropa encima de mi cama.
—Sí, aunque también tenemos que llevar algo que represente nuestro rango. Algo de color verde, en este caso. —Vuelve a acercarse a su armario y yo la acompaño.
Observo las telas en su vestidor, antes de empezar a buscar en el mío pero solo tengo un par de uniformes y la ropa con la que llegué.
—Nos las arreglaremos con esto. —Levanta sonriente un par de camisas y un pantalón.
* * *
Me muerdo el interior de las mejillas por los nervios, mientras caminamos hacia el centro de Eros, donde se celebra la ceremonia.
Kaia viste unos pantalones de un verde ceñidos con elegancia, mientras su camisa de lino blanco, ligera y adornada con volantes vaporosos, se mueve suavemente con cada paso.
Yo, en cambio, llevo una blusa verde claro y de tejido suave, cuyos bordes están decorados con diminutas flores blancas, como si un motón de pétalos hubiera quedado atrapado en la tela.
—Se me ha olvidado una cosa. ¡Enseguida vuelvo! —Asiento y me quedo ahí esperándola, mirando a mis alrededores.
Está todo lleno de alumnos, profesores y creyentes con ropajes blancos y coronas de ramas. Todos ellos ya están alrededor del árbol.
Una mano se cierne sobre mi muñeca y por la forma en la que lo hace, sé que se trata de Micah.
—No sabes cuánto me alegro de que estés aquí —susurra para no molestar al resto, que guardan silencio—. A mamá le encantaría estar aquí.
Un recuerdo efímero aparece en mi mente: Su rostro sonriendo, con una taza de té en las manos, en su rincón lleno de plantas y brebajes…
Mi hermano vuelve a hablar y centro de nuevo la atención en sus palabras:
—La primera vez que ví esta ceremonia, estaba atento a cada detalle. Cuando volví a casa, se lo conté a mamá y se emocionó tanto que estuvimos horas hablando sobre ello.
Por un instante mi hermano desvía la atención de lo que está pasando delante de nosotros. Entonces veo como mira a Lyara, quien le sonríe de una manera un poco vergonzosa.
—Anda, ve con ella. —Mi comentario lo pilla de sorpresa.
—Luego voy, me quedo aquí contigo.
El sonido de los tambores y flautas, que crean un ambiente único y especial y pienso que debería aprovechar la ocasión de estar con ella.
—Ve, corre. —Lo empujo en el hombro suavemente insistiendo, cuando vuelve a observarla.
—¿Segura? —Asiento con suavidad y él besa mi cabellera, antes de marcharse.
Seli kes, seli hons,
fude som, almaty some,
sauny inosen niro e lida,
fag tumi, vesy, hida e hud.
Las voces de los hombres y las mujeres se empiezan a mezclar creando una armonía perfecta. En cada sílaba se escucha el tambor manteniendo el ritmo.
Y, algunas mujeres, solo crean cantos guturales sin letra.
Seli kes, seli hons…
—Cinco nombres, cinco caminos. —Me sobresalto al escuchar la voz de Galen susurrarme al oído. No sé cómo lo hace, pero su tono parece atravesar el espacio entre nosotros, rozándome la piel.
Fude som, almaty some…
—Uno el canto, una la armonía —continúa, con apenas un hilo de voz, un sonido que se mezcla con mi respiración.
Mi cuerpo responde antes de que mi mente tenga tiempo de entender.
Sauny inosen niro e lida…
—Alzamos nuestras voces y ofrendas. —Sus labios apenas rozan la parte superior de mi lóbulo, cuando un escalofrío me recorre la espalda clavándose en el centro de mi pecho.
Mi corazón late con tanta fuerza que temo que todos a mi alrededor puedan escucharlo.
Fag tumi, vesy, hida e hud…
—Para honrar lo que vive, crece, lucha y guía. —Esta vez sus palabras casi mueren contra mi piel y me estremezco de nuevo.
Me giro, quizá demasiado rápido y nuestros rostros quedan a escasos centímetros. En medio del cántico solemne y del murmullo de la multitud, el silencio entre nosotros pesa más que cualquier tambor.
Durante un instante todo desaparece, como si el mundo se redujera a ese mínimo espacio que nos separa.
Trago saliva, pero mi garganta está seca.
El aire entre nosotros parece más denso y no sé si es cosa mía, o solo yo he perdido la capacidad de respirar.
Mis ojos recorren los suyos buscando una razón, un gesto, algo que me explique su cercanía, pero solo encuentro un brillo enigmático que no alcanzo a descifrar. Su mirada, sin embargo, se desvía un instante hacia mis labios antes de volver a mis ojos dejándome desconcertada.
¿Por qué me susurra esto ahora? ¿Por qué tan cerca?
Antes de que pueda reaccionar, el redoble de los tambores cobra más fuerza y la multitud comienza a moverse, girando alrededor del árbol sagrado. El movimiento nos arrastra y nos obliga a separarnos, aunque aún siento el calor de su respiración quemándome la piel.
Me aferro a esa sensación, sé que no debería importarme… Pero lo hace.
Respiro hondo, intentando calmar el desorden que ha dejado ese instante. No tendría que quedarme anclada en ese momento, no con todo lo que nos rodea.
La danza alrededor del Sagrado Zuleica se va apagando poco a poco, hasta detenerse por completo. Los cantos se rompen en el aire y el silencio cae sobre el círculo .
Los creyentes se alejan para coger sus ofrendas que depositan en las raíces del árbol y me obligo a mirarlos a ellos, intentando no pensar en lo que acaba de pasar con Galen.
Hay de todo: pinturas, monedas, semillas, flores, vino, estatuas y pequeñas figuras de madera con forma everen que los creyentes traen para pedir sanación.
—Siempre es igual, pero lo que sientes en momentos como estos, se vive de forma diferente. —La voz de Micah me hace centrar la atención en él cuando se vuelve a situar a mi lado.
El aroma de las flores depositadas allí me golpea de repente, fresco y amargo, arrastrándome de nuevo hacia el desfiladero con Maden. No hubo despedida, ni palabras finales. Solo la brusquedad con la que los controladores se lo arrebataron todo.
—Me hubiera gustado poder hacer algo más por Maden —le confieso a mi hermano.
Era tan joven y aún tenía tantas cosas que vivir y experimentar…
Una lágrima solitaria cae por mi rostro y la aparto con rapidez.
—Dentro de noventa lunas habrá otro ritual. Prepara algo que te recuerda a ella y ofrecérselo a los dioses —me anima.
Micah inclina un poco la cabeza y señala hacia las raíces, donde alguien ha dejado un dibujo sobre la tierra, la figura de una niña que parece mirarnos desde el lienzo.
—Es de una compañera de mi ciclo —murmura Micah con un hilo de voz—. Perdió a su hermana pequeña hace años y decidió dejar atrás todo lo que tenía viniendo aquí .
Su mano se cierra sobre la mía, apretándomela con suavidad. Si tras la muerte de mamá no hubiera tenido a mi hermano… No sé qué habría sido de mí.
—Gracias por querer ayudarme, aunque yo no lo te haya puesto nada fácil estos últimos meses. —Me giro y lo abrazo.
—Siempre, Khione. Siempre.