15
Sigo dando vueltas en la cama tras lo ocurrido en el bosque.
Erilian nos reunió para comunicarnos que, por el momento, la tarea de recolección de ruyocas se suspendía de manera indefinida, dejando a medias lo que nos faltaba por terminar.
Hubo más movimiento del habitual entre los pasillos, algo normal teniendo en cuenta la situación.
Al no ser capaz de conciliar el sueño, decido salir a recorrer un poco Eros y, al cabo de un rato, me doy cuenta de que estoy frente a una de las vistas más bonitas de la Academia.
Cierro los ojos dejando que los primeros rayos de sol del amanecer acaricien mi rostro.
Llevaba tiempo sin ver uno tan bonito como este.
Mucho antes de que mamá nos dejara, solíamos ir a lo alto de una montaña para verlos de vez en cuando los tres juntos.
Hasta que Micah vino a Eros y esa costumbre se fue perdiendo poco a poco .
Respiro profundamente, intentando recordar los buenos momentos, aferrarme a ellos, seguir adelante. Aunque eso no evita que mis ojos se llenen de lágrimas, siento el calor tibio de una de ellas deslizándose por mi mejilla.
—Hace años que no veo un amanecer así —dice una voz a mi espalda.
Me giro, encontrándome con mi hermano. Se sienta a mi lado, colgando las piernas por encima del muro, imitando mi posición.
Apoyo mi cabeza sobre su hombro mientras contemplamos el horizonte en silencio, disfrutando de nuestra compañía sin necesidad de palabras.
Micah ha sido un pilar fundamental en mi vida. Todo lo que sé es gracias a él y a su infinita paciencia.
—Sonnet. —Ambos nos giramos al escuchar nuestro apellido. Es Neal—. El juego está a punto de empezar.
Mi hermano se inclina y me besa la frente. —Ve al invernadero, al oeste, después del aula de entrenamiento. Te veré allí —dice antes de marcharse con Neal.
Me quedo unos instantes más sintiendo como una nostalgia cálida me envuelve, como si pudiera sentir los brazos de mamá rodeándome. Ver el amanecer entre rosa y dorado me aportan la certeza de que de alguna manera sigue conmigo, orgullosa de mí.
Pongo rumbo al invernadero, observando con más detenimiento el camino hacia mi nuevo destino. La piedra gris cubre cada rincón de la estructura de Eros. A lo largo del pasillo, diversos cuadros decoran las paredes en simetría, que parecen cambiar de color bajo la luz del amanecer.
Giro la esquina y choco con alguien.
—Perdón —murmuro, levantando la vista para encontrarme con Galen.
—Si miraras hacia delante, no tendrías que disculparte. —Su voz es seria y su mirada intensa, provocando que me sonroje por la vergüenza.
Un cosquilleo recorre mi estómago bajo el peso de sus ojos verdes, con esas diminutas motas doradas que antes no había notado y ahora parecen brillar con algo más que ira contenida.
Y entonces lo veo, la lucha interna reflejada en su mirada. Percibo la misma desconfianza con la que me observó el primer día que luché contra él.
Aún hay algo en la forma en la que me estudia, haciendo que mi cuerpo se tense, provocando que mi pecho se encoja sin que pueda comprender por qué.
En cuanto da un paso hacia mí, giro sobre mis talones, para continuar hacia mi destino.
—¿Me estás siguiendo? —pregunto cuando escucho el eco de sus pasos por el pasillo, tras de mí.
—Tal vez. —Escucharlo tan cerca me provoca un escalofrío que recorre mi espalda.
Acelero el paso para mantener un poco más de espacio, pero siento su aliento en mi nuca. Lo peor es que no parece estar haciendo nada y, aun así, mi corazón se acelera de inmediato. Odio que él tenga ese efecto en mí.
Y es cuando veo que la luz del alba se filtra a través de la vidriera de la carpa, rodeando el patio central y dándole un toque más acogedor de lo habitual .
Al llegar a la puerta del invernadero Galen la abre, adelantándose a mi movimiento. Su mano apenas roza la mía, provocando una chispa invisible que me obliga a contener la respiración.
—Khione, ¡espérame! —Me giro rápidamente hacia el gentío y reconozco la voz de Kaia.
Al cruzar el umbral, la magnitud del recinto que me envuelve es mucho más grande de lo que imaginaba. El aire que nos rodea es frío y húmedo, y cada planta está cubierta de un velo plateado.
—A eso le llamamos el rocío del alba . —Micah se une a nosotras mientras señala el brillo.
Todos nos quedamos en silencio cuando el rocío empieza a evaporarse lentamente, liberando un aroma dulce, parecido a la miel. Unas pequeñas luces empiezan a moverse entre las hojas y ramas.
Oímos una campanilla de cristal, aguda.
—Ya es la hora. Están a punto de salir. —Mi hermano susurra lo justo para que Kaia y yo lo escuchemos sin molestar al resto.
Las luciérnagas de cristal empiezan a despertarse una a una. Sus alas y su órgano central parecen hechos de cristal.
S upongo que por eso se llaman así.
Cada aleteo deja pequeños reflejos brillantes, creando un camino de luz dorado de diferentes patrones, zigzagueando entre helechos y setos, aún cubiertos de rocío habitual.
Seguimos a los insectos hasta el fondo del invernadero. El aire huele diferente, más dulce que antes, y por un momento tengo la sensación de que todo el lugar está despertando con ellas. Allí, una mujer con el uniforme negro, que no había visto antes, deja claro que es una maestra.
—Hoy es el día del Sendero de Cristal —anuncia una mujer de ojos azulados y cabello castaño claro que se adelanta unos pasos—. Soy Erien, profesora de Estudio de Plantas y responsable del invernadero.
Una de las luciérnagas se posa sobre su mano y ella sonríe al observarla.
—Como habréis notado, este no es un amanecer cualquiera.
Las luciérnagas de cristal solo despiertan cada seis semanas y son una parte fundamental de este lugar.
Su luz ayuda a mantener el equilibrio del invernadero y favorece el crecimiento de algunas de las especies más extrañas que conservamos aquí.
Algunos de los presentes se miran entre sí, curiosos.
—La prueba se hará por equipos: vuestro instructor y dos iniciados. Si participáis, id a la parte trasera del invernadero. Allí soltaremos las luciérnagas de cristal dentro del laberinto, y cada grupo deberá atrapar tres.
—¿Y luego qué hacemos con ellas? —pregunta alguien del fondo.
—Cuando las tengáis, se abrirá una puerta hacia el bosque. Vuestra tarea será liberarlas —responde Erien con una leve sonrisa.
* * *
—Venga Khio, por favor —Kaia intenta convencerme por tercera vez, mientras caminamos por el invernadero.
—Prefiero ver como lo hacen.
Me alejo de los alumnos, en dirección a las gradas, pero su mano me detiene.
—Será divertido —asegura y cuando me giro, puedo observar sus ojos brillantes cargados de ilusión.
—Vale, vale, tú ganas.
Suelta un chillido, provocando que unos cuantos se volteen a vernos.
—Pero me debes una. —Sonrió y ella se abalanza para darme un abrazo, emocionada.
—Hay que buscar a Galen. —Mi amiga levanta la cabeza para buscarlo entre los que estamos en el invernadero.
—Estoy aquí. —Su voz me hace tensarme por el susto y apretar la mano de Kaia con fuerza.
Me doy la vuelta y por fin lo veo.
—¡Joder, que susto me has dado! —Kaia alterna la mirada entre los dos, pero no dice nada.
Nos encaminamos hacia la parte trasera del invernadero de nuevo, donde hay arbustos tan densos que forman un laberinto natural. Tengo que levantar la cabeza para observarlo en toda su extensión. Sus ramas se entrelazan bloqueando la luz del amanecer
Puedo ver a dos grupos más aparte del nuestro, cada uno en una de las tres entradas al laberinto.
Miro hacia las gradas y puedo ver a los dos niños que salvamos ayer riendo felices. Kaia también está mirando en esa dirección, seguramente buscando a Neal.
—¿Cómo estará Lyara?
—Se está recuperando. Neal está con ella —responde Erien cuando pasa por mi lado.
También reparte frascos para guardar las luciérnagas una vez atrapadas.
—Esto no es una prueba, pero os ayudará a aprender a trabajar en equipo .
Las luciérnagas empiezan a salir volando a través del laberinto, mientras Kaia y yo nos situamos en la entrada del pasaje, donde está Galen.
Echo un vistazo a mi hermano, quien me guiña un ojo antes de pronunciar todos a la vez:
— Dyavas nu hon nuara nun perti.
Sabiendo que los dioses están con nosotros, es más fácil dar comienzo a este juego tan particular.
El laberinto no sólo pone a prueba nuestro sentido de la orientación y el trabajo en equipo, también nuestra paciencia.
—Acabo de ver a una girar a la izquierda. —Escucho la voz de una compañera a través de los arbustos.
—Creo que deberíamos ir en silencio. Así será más fácil poder acercarse a ellas una vez estén paradas —digo, Galen y Kaia asienten.
El laberinto se retuerce como si tuviera vida propia. Cada vez que giramos, el nuevo pasadizo es igual que el anterior. Además, es demasiado fácil perder la orientación aquí dentro.
Al avanzar, el crujido de las hojas secas se mezcla con el de las voces de los otros equipos en la lejanía.
Mientras buscamos a los insectos, vamos esquivando ramas puntiagudas que rozan nuestros brazos y piernas. Eso unido a la presencia de raíces que nos obligan a tener la vista puesta en nuestros pies.
Es entonces que llegamos a un pequeño claro, iluminado por unas cuantas luciérnagas resplandecientes.
—Iremos a por las que están alejadas del resto —propone Galen.
Él es el primero en hacerlo. Sus pasos son tan sigilosos que durante un segundo dudo si está caminando o flotando. Se agacha a la altura del insecto y en un movimiento rápido y ágil, la atrapa con las manos, provocando que las demás salgan volando en diferentes direcciones.
Saco el frasco del bolsillo y se lo abro. Cuando él deposita con cuidado el animal en su interior, sus dedos rozan los míos y nuestras miradas conectan.
—Ya solo quedan dos —susurra Kaia, después sonríe y se acerca a nosotros, a la vez que le ofrezco a Galen el tarro que acaba de cerrar.