12
A medida que me acerco a la cocina, me percato de que está pegada al comedor.
El olor a comida inunda mis fosas nasales y mi estómago ruge como respuesta.
Una vez dentro veo cómo Kaia alza una mano para llamar mi atención y, cuando llego a la mesa, me acerca un plato con pan y mantequilla mientras sonríe.
Empiezo a comer en medio del ruido que nos rodea.
—Creo que me voy a apuntar al aprendizaje optativo de botánica —dice Kaia mientras se lleva un trozo de pastel a la boca.
—¿Botánica? —pregunto arqueando una ceja.
—Sí. Tiene buena pinta.
—No pareces muy convencida.
—Porque no sé exactamente qué hacen allí. —Se encoge de hombros—. Pero después de tantos entrenamientos y clases sobre dones, me apetece algo diferente.
Asiento comprendiendo perfectamente a qué se refiere.
—¿Y qué esperas encontrar?
—Ni idea. —Se ríe—. Supongo que aprender cosas sobre plantas, remedios y todo eso. Además, dicen que el invernadero de Eros es enorme.
—Tal vez me apunte contigo —digo, observando el folleto que hay sobre la mesa—. Suena mejor que pasarse el día corriendo.
La sonrisa que aparece en su rostro es inmediata.
—Sabía que terminaría convenciéndote.
Niego con la cabeza divertida y me llevo la taza a los labios. Siento el calor y el aroma que emana de ella.
—¿Qué es? —pregunto a mi amiga y Kaia me lanza una sonrisa cómplice.
—Manzanilla con leche y miel.
Un sorbo de líquido me envuelve en una sensación cálida y reconfortante que recorre mi garganta y pecho.
Observo lo que me rodea encontrándome con un par de ojos verdes se cruzan con los míos, y por un instante, todo lo demás desaparece. Solo estamos él y yo. Percibo una mezcla de rabia y algo más que no logro identificar.
Decido centrar mi atención en otra cosa y entonces veo a Micah mordiendo una manzana mientras avanza hacia mí. Mi cuerpo se tensa de inmediato.
—¡Micah! —exclamo, acercándome a él—. Eres alérgico a eso.
Él deja la fruta sobre la mesa, pasando un brazo por mis hombros.
—Era mamá, Khio —dice con voz calmada pero lleva sus manos a su uniforme y empieza a tocarlo, algo que solo suele hacer cuando está nervioso—. Estoy bien.
Me afirma cuando me quedo un rato mirándole la cara, sin ninguna señal de reacción a esa sustancia tóxica para él.
Suspiro aliviada y me centro en la conversación que hay en mi entorno.
—¿Cuándo haremos entrenamiento de vuelo? —pregunta uno de los iniciados a Neal que acaba de llegar junto a Galen y noto su presencia tras de mí.
—Cuando seáis guardianes —responde Neal, mirando a todos, pero deteniéndose un instante más en Kaia, quien se sonroja.
—Come un poco más. —Mi hermano me besa la frente, antes de marcharse con sus amigos.
Hay algo que me dice que vuelva a mirar a Galen, pero lucho contra ese impulso.
* * *
Me uno a la canción melódica y pegadiza que Kaia lleva tarareando varios días seguidos, incluso mientras entrenamos en la estera. La castaña empieza a dar vueltas sobre sí misma, provocando que su pelo con mechas azules empiece a moverse, ondeando en el aire.
No puedo evitar soltar una carcajada y entonces ella se acerca a mí, obligándome a levantarme de la cama y bailar con ella.
Empezamos a dar vueltas por toda la habitación.
Ambas acabamos tiradas en el suelo, mareadas de tanto girar, sin dejar de reírnos. Hasta que llaman a la puerta.
—Micah se ha caído de Icarus. —En cuanto veo la expresión de Neal al abrir la puerta, dejo de reírme y me levanto a toda prisa .
Me tambaleo hacia un lado por el mareo e intento mantener el equilibrio como puedo.
—¿Qué le ha pasado? ¿Está bien? —Mis latidos empiezan a acelerarse cuando salimos corriendo en dirección a la enfermería.
—Estábamos practicando como de costumbre hasta que Icarus se desestabilizó y Micah cayó en picado —hace una breve pausa para coger aire—. El animal lo refugió entre una de sus alas, lo que evitó que el golpe fuera mayor.
La visita se me nubla a medida que seguimos avanzando. Acelero mis pasos, dejando atrás a mi amiga y a Neal.
Mi corazón se para un segundo cuando veo su estado. Tiene magulladuras por toda la cara, lleva una venda en la cabeza y también tiene el brazo y la pierna izquierda llena de hojas de ruyoca . Acorto la distancia y agarro su mano derecha. A su lado, se encuentra la profesora Azula.
Las lágrimas no dejan de rodar por mis mejillas, mojando nuestras manos.
—En dos días estará recuperado, niña. —Siento la mano de la señora sobre mi brazo.
No soy capaz de emitir palabra alguna, mientras escucho unos pasos acercarse. Empiezo a hacer círculos sobre la mano de Micah.
Tal vez, si lo curo, al menos se recuperará más rápido y no sentiría tanto dolor.
Aunque veo su rostro pecoso relajado mientras duerme, sé que esa calma se debe al brebaje que le han dado para evitar tener dolores y así poder descansar mejor.
Verlo así me parte el corazón en mil pedazos, sintiendo cómo la tristeza me abraza sin permiso. Antes de que pueda curarle, una voz me detiene.
—Venga, fuera de aquí niña. El señorito Sonnet tiene que descansar. —Lo cubre con una sábana y me empieza a empujar hacia la puerta—. Mañana después de vuestra práctica puedes venir a verlo otra vez.
Quiero decirle que yo puedo ayudarlo, que, si lo hago, el proceso será mucho más rápido, pero me quedo plantada delante de una puerta de madera color roble sin mover ni un músculo.
—Vayamos de vuelta, Khio —dice Kaia que esperaba fuera de la enfermería.
Me limito a asentir y dejarme llevar por ella.
—Antes de llegar aquí, nos ha parado el profesor Bren y nos ha dicho que el entrenamiento de hoy queda suspendido.
Intento despejar mis pensamientos a medida que sigo los pasos de Kaia, quien mantiene la distancia justa para darme mi espacio.
Una parte de mí me dice que vuelva corriendo, tire la puerta abajo y cure a mi hermano. Pero la otra me dice que está en buenas manos, que no tengo que solucionarlo todo siempre sola. Que aquí es habitual que pasen cosas así y que se recuperará en un par de días.
Avanzo hasta el baño y una vez delante del lavabo, acuno mis manos para coger agua y así poder mojarme la cara. Repito varias veces la misma acción hasta que me siento un poco más tranquila.
Cuando levanto la mirada para ver el reflejo de mis ojos azules en el espejo, los veo rojos e hinchados.
Aparto el pelo de mi cara, pero vuelve a caer en su sitio. Entonces observo que alguien me extiende una goma de pelo.
No me hace falta mirar de quién se trata. Sé que es Kaia.
—Gracias —mi voz sale atropellada y seca.
—Deja que yo te ayude.
Se coloca detrás de mí y me empieza a hacer una trenza de raíz, evitando que los mechones de pelo más rebeldes vuelvan a molestarme.
—Creo que no te lo he dicho, pero me encanta el color de tu pelo. Nunca había visto a nadie con el pelo blanco. —Nuestras miradas se conectan a través del espejo.
—Y a mí tus mechas azules.