11
El resto del día pasó más rápido de lo que esperaba.
Kaia intentó convencerme varias veces para que saliera a recorrer la Academia con ella, pero terminé quedándome en la habitación.
Necesitaba un poco de silencio. A pesar de que Eros me está ayudando a pensar en otras cosas, hay momentos en los que necesito estar sola.
Momentos en los que todo vuelve a alcanzarme.
Y, por mucho que intentara no hacerlo, acabé pensando en Galen.
En su forma de aparecer siempre cuando menos lo espero. Y en esa extraña sensación que tengo cada vez que está cerca.
No consigo entenderlo.
Tal vez por eso terminé dando vueltas en la cama durante horas antes de conseguir dormir.
Ahora, mientras termino de ponerme el uniforme, Kaia me ha dado el horario que tendremos a partir de hoy. En él puedo ver anotado el primer entrenamiento de hoy. Control mental .
—Estoy nerviosa —admite, rodeando su brazo con el mío.
—Yo también. —Fuerzo una sonrisa.
Se me revuelve el estómago al pensar en Maden. En todo lo que tuvo que pasar y en cómo estaría ahora si hubiera conseguido huir con nosotros.
Antes de llegar al anfiteatro, siento como las manos me empiezan a sudar e intento controlar mi respiración, pero lo único que consigo es ponerme aún más nerviosa.
Procuro mantener la calma para que Kaia no lo note, pero no lo consigo.
—¿Estás bien? —pregunta, deteniendo sus pasos.
Cierro los ojos un segundo y asiento, tratando de convencerme a mí misma de que lo estoy.
Cuando los vuelvo a abrir, me doy cuenta de que aún no sé cómo mantener todo esto bajo control, no son solo nervios por estar aquí.
Es la sensación de que algo dentro de mí va demasiado rápido, como si mi cuerpo no pudiera seguir el ritmo de mi propia mente.
El aire entra, pero no llena del todo mis pulmones.
Mis manos están húmedas y frías a la vez, y noto un cosquilleo incómodo en los dedos, como si en cualquier momento fueran a dejar de responderme.
Trago saliva, pero el nudo no se deshace.
Cierro los ojos de nuevo e intento aferrarme a algo estable, a cualquier cosa, pero lo único que encuentro es el rostro de Maden. Su cuerpo sin vida moviéndose como si de verdad siguiera entre nosotros .
Una imagen se superpone a la otra una y otra vez, obligándome a apretar los párpados con fuerza. El suelo parece inclinarse apenas bajo mis pies y durante un instante temo perder el equilibrio.
Noto las uñas clavándose en mis palmas y me concentro en esa pequeña punzada para no dejarme arrastrar por los recuerdos.
Kaia tira de mí hacia un pasillo menos transitado y, cuando vuelvo a abrir los ojos, ya nos está alejando del gentío. Un segundo después nos sentamos en un banco.
—Respira conmigo. —Coge aire despacio y lo suelta poco a poco y trato de imitarla—. Ahora respira lentamente mientras cuentas hasta cuatro. Mantén el aire seis segundos y luego lo sueltas despacio ¿vale?
Asiento mientras voy recuperando el control sobre mí misma y mis pensamientos. Ella no suelta mis manos, sino que, las sostiene entre las suyas con firmeza.
—¿Quieres hablar sobre ello? —pregunta cuando me nota más tranquila.
—Vinimos aquí huyendo de la Guardia Real Blanca —suelto sin dudar—. Ellos encontraron a Maden, era como una hermana pequeña tanto para mí como para Micah. Tenía diez años… Ella era una Kovar de la creación. Y como ya sabes ese poder está prohibido.
Sigue mi explicación ofreciéndome varios asentimientos de cabeza.
—La dragona Callon se enteró y mandó a sus guardias a apresarla. Micah y yo nos interpusimos entre ella y la muerte, pero no…
En mitad del silencio, mi amiga parece entender lo que callo.
—De verdad que, al venir aquí, tras haber superado varios obstáculos, por un momento creí que lo lograríamos, pero perdí a Maden a manos de un Halovar del control mental.
—Siento como sus brazos me rodean y no puedo retener más las lágrimas—.
Parecía una muñeca de trapo sin vida. Y todo fue por mi culpa.
—No lo fue. Hiciste todo lo que pudiste para salvarla. Fueron a por ella porque saben que los más jóvenes son más fáciles de manipular.
—Si no la hubiese dejado sola…
—No te martirices, Khione.
—¿Qué hacéis ahí escondidas? —La voz de un chico llama nuestra atención.
—¿Y tú qué haces cotilleando por los pasillos? —Kaia le contesta y ambos empiezan una pelea que dejo de escuchar en cuanto veo a Micah.
Me acerco y él me atrae hacia sí, envolviéndome en un breve abrazo.
—No sé qué se traen esos dos, pero desde que Neal la vio no ha dejado de hablar de Kaia.
No puedo evitar sonreír, mientras nos unimos al grupo.
—¿Estás lista para el entrenamiento de hoy? —Nuestros ojos conectan.
—La verdad es que no lo sé.
—Hoy será para que aprendáis a encontraros —dice mientras cruzamos las puertas del anfiteatro.
Besa mi cabellera justo cuando entramos al centro. Hay un semicírculo de arena cortado por una fila de asientos a varias alturas, dando así una sensación de amplitud .
Solo somos siete iniciados, aparte de Micah y Vadia, otra superior, que tiene recogido su cabello rubio platino con mechones lavanda en una cola alta.
—Bienvenidos. —Una voz masculina inunda la sala.
Nos giramos en su dirección, para prestar atención. A su lado está el dragón Erilian, observando nuestras reacciones.
—Soy Hazem, vuestro profesor en este entrenamiento de defensa psíquica. —No aparenta ser mucho más mayor que mi hermano.
Su cabello castaño con reflejos cobrizos contrasta con sus ojos vivaces marrones y sus cejas oscuras pobladas.
—Aquí aprenderéis a proteger algo más valioso que el Sagrado Zuleica: vuestras mentes y cuerpos —añade Erilian, con una voz profunda y calmada—. Yo estaré presente, os daré consejos junto Hazem y evaluaré vuestro progreso.
El sol se oculta detrás de las gradas, dando paso a una sombra fresca que se agradece. A diferencia de Neve, el calor aquí no abrasa pero deja una sensación de picor constante en la piel.
Micah y Vadia, se sitúan a cada lado de Hazem, mientras Erilian da una vuelta lenta a nuestro alrededor.
—Hoy conoceréis las armas necesarias para poder enfrentaros a un Halovar del control mental —anuncia Hazem.
—¿Algún voluntario? —pronuncia Vadia con voz suave.
Un chico de cabello oscuro y ojos intensos se ofrece, dando un paso hacia delante, quedando frente a nuestros maestros.
Mi hermano le extiende una daga, la cual acepta dudoso.
Ninguno dice nada, pero la prueba comienza. Vemos que el pelinegro levanta el brazo con brusquedad, en dirección a Vadia, queriendo darle el arma. Con su otra mano agarra su muñeca y tira hacia sí mismo, intentando con todas sus fuerzas recuperar el control de su cuerpo.
Sus ojos están fijos en un punto invisible, humedecidos con lágrimas por la ira contenida de no tener el control sobre sus acciones. La mandíbula le tiembla. Parece estar a punto de gritar, pero lo único que se escapa de sus labios es un murmullo ahogado.
Cae de rodillas al suelo rendido, soltando la daga que se clava en el suelo. Todos contenemos la respiración.
Hazem da un paso al frente, nos indica que formemos un semicírculo más cerrado alrededor de él. El silencio se apodera del anfiteatro, roto solo por el crujido de la arena bajo nuestros pies.
—Para evitar que un Halovar del control mental os domine, no basta con la fuerza física. —Su voz retumba en la estancia—. Debéis recurrir a lo que habita en vuestro interior.
Los ojos azules de Erilian nos recorren uno a uno, como si pudiera leer más de lo que muestran nuestros rostros.
—Existen tres pasos que todo iniciado debe aprender —continúa Hazem, con voz serena.
Hace una breve pausa que precede a sus palabras y nos permite mirarnos los unos a los otros.
—Cerrad los ojos. Nadie os atacará todavía. Primero debéis aprender a crear un vínculo con vosotros mismos —secunda Erilian.
Obedezco. La oscuridad tras mis párpados es inquietante, pero las voces de nuestros profesores guían cada pensamiento.
—El primero es la Raíz. —La voz de Hazem retumba como un tambor—. Imaginad que vuestro cuerpo crece hacia abajo, que de vuestros pies brotan raíces que atraviesan la arena, la piedra y la tierra hasta aferrarse al mundo mismo. Nadie puede arrastraros si estáis enraizados.
Siento los dedos de mis pies pesados, como anclados.
—El segundo es el Latido —continúa, caminando cerca de nosotros—. No busquéis solo el pulso de vuestro corazón. Escuchad el ritmo que hay más allá: en la sangre, en la respiración, en la energía que corre por vosotros. Seguidlo. Dejad que os sostenga cuando todo lo demás se quiebre.
Mi respiración se acompasa con un eco interno. Es como si todo mi cuerpo se moviera lento y firme a la misma vez.
—Y el tercero es la Brújula. —Su tono se suaviza, casi como un susurro—. Visualizad una aguja luminosa en vuestro interior. No señala el norte del mundo, sino el de vuestros límites, quiénes sois realmente. Cuando lleguen las ilusiones, esa brújula será la que os ayude en la batalla real.
Una aguja aparece en mi mente, oscilando un instante antes de quedarse quieta, apuntando hacia adelante. Y, por primera vez en días, siento que no estoy tan perdida como creía.
Hazem guarda silencio unos segundos, como si nos dejara sumergidos en esa visión. Luego, rompe la calma.
—Abrid los ojos.
Obedezco con un sobresalto. Kaia me mira, todavía con las pestañas húmedas, y sé que ella también lo ha sentido.
El profesor sonríe con seriedad.
—Vuestra defensa empieza en la Raíz, se sostiene con el Latido y nunca se pierde gracias a la Brújula. La próxima vez que un Halovar intente entrar en vuestras mentes, recordad lo que habéis aprendido hoy .
Erilian, que ha permanecido observando desde las gradas, se acerca unos pasos.
—Algunos lo aprenden con facilidad —dice con tono neutro, aunque sus ojos se detienen en mí un segundo más de lo necesario—. La mente recuerda más de lo que creemos.
No respondo. Solo sostengo su mirada antes de bajarla, sintiendo que algo dentro de mí vibra de una forma que no sé explicar.
Hazem asiente, retomando el entrenamiento:
—Hoy solo hemos entrenaremos la mente, pero el siguiente será mixto.
—¿Entrenamiento mixto? —susurra Kaia y me encojo de hombros.
—Será lucha cuerpo a cuerpo con control mental. —Micah responde a nuestra duda.
—Aprenderéis a levantaros con la Raíz, a resistir con el Latido y a avanzar con la Brújula. Si domináis estos tres pasos, ningún Halovar podrá convertiros en muñecos sin voluntad —finaliza Erilian.
A ella sí que pudieron someterla...
No puedo evitar pensar que esto podría haber cambiado el destino de Maden.