10
Toco tres veces el brazo de mi oponente y toso, en cuanto el aire entra de golpe en mis pulmones.
Pese a que Galen me ha dejado de apretar el cuello, no se aparta. Tardo unos segundos en recuperar la vista.
Micah aparece a mi lado y me ayuda a incorporarme. Una vez en pie observo como Galen intenta levantarse y empieza a cojear. Ver qué está así por mi culpa me revuelve el estómago. Pretendo ir hacia él, pero mi hermano me lo impide.
—Quiero ayudarlo.
—Ni hablar Khione, necesitas recuperarte.
—Micah, por favor —suplico—. Yo me curo rápido, ya lo sabes.
—Sí, y también sé que tienes un límite. Haberle provocado esa herida te ha pasado factura —dice, señalando con sus ojos grises mi muslo, que aparentemente se ve bien.
Y tiene razón, porque a pesar de que no siento el dolor, la herida que le he causado a él, me la he infligido a mí misma.
—¡Khione! —La voz de Kaia se filtra a través de mis oídos—. ¿Cómo estás? —Pasa mi brazo por encima de sus hombros.
—Kaia y Neal —Erilian menciona al amigo de Micah y la mía—. ¿Podéis llevar a Khione y Galen a la enfermería?
* * *
«Tan cabezona como siempre ».
De camino a la enfermería puedo sentir los ojos de Galen clavándose en mi nuca.
Aun no entiendo por qué parecía odiarme. He podido notar que, aunque con cada golpe se contenía, estaba furioso.
En la puerta de madera que tengo delante puedo ver un símbolo tallado en una hoja, que al final de su superficie forma un círculo cerrándolo todo.
Kaia se adelanta para abrir la puerta y dejarnos pasar. En su interior consigo ver dos filas de camas pegadas a la pared, separadas con un biombo para dar privacidad al enfermo.
—Adelante, adelante. Soy Azula, vamos a ver quién necesita unas curas.
De entre una de las camillas aparece una mujer mayor, apenas metro y medio de altura. Su cabello está recogido en un moño bajo: raíces blancas que se funden en puntas color miel, igual que sus ojos.
—Niños, colocaos en esos dos sitios de allí —Señala hacia su izquierda—. Los acompañantes debéis volver al entrenamiento, por orden de los profesores.
«Tan cabezona como siempre».
—Que hayas conseguido herir a Galen es una pasada. —Sonríe emocionada—. En el ciclo de mi hermana nadie consiguió herirle.
—Pero… ¿nadie?
—Señorita Kaia, al entrenamiento. —Mira a mi amiga y después a mí.
—Recupérate —me dice Kaia quien me da un leve apretón en el brazo y sale junto a Neal por la puerta.
—Niña ayuda a tu compañero, no te quedes ahí parada —dice la profesora cuando me quedo estática en medio de la sala.
Galen está de pie, manteniendo el equilibrio con su pierna buena y obedezco a Azula y me acerco a él. Pasa su brazo por mi hombro y, pese a que no me siento muy cómoda con la situación, lo ayudo a sentarse en la cama.
—Galen. —Aún sigo de pie cuando levanta la vista para mirarme a los ojos y siento una mezcla de nervios y culpa ante su escrutinio.
—Menos cháchara y más curas. —Azula arrastra un carrito lleno de brebajes y mejunjes—. Niña, acércame el fecarte, es el de color…
—Marrón —finalizo por ella, observando el frasco.
Me mira sorprendida y sonríe. Se lo entrego y ella se lo pasa a Galen, que se lo bebe de un trago sin dejar de mirarme, lo que me hace apartar la vista.
—Niño, túmbate y sobre todo no te muevas. —Agarra unas tijeras y le corta el uniforme, dejando expuesto su muslo—. Te voy a colocar una hoja de ruyoca para que el proceso sea más rápido.
Le paso una que es más grande que mis manos juntas y se la coloca sobre el cuádriceps.
Azula repite la acción pero en la herida del brazo .
Galen apenas contiene la respiración. La hoja vibra ligeramente, como si aún estuviera viva en cuanto la profesora la toca y un brillo verde tenue recorre sus venas transfiriéndolo al follaje, haciendo que la sangre cese.
—¿Qué haces…? —pregunto sin poder apartar la mirada curiosa.
—Ayudando al deterioro de la planta para que esta pueda aguantar más y hacer mejor su función —responde ella con calma—. Solo le doy un poco más de tiempo.
—Gracias Azula —dice Galen se tumba hacia atrás y coloca sus manos sobre su pecho, cerrando los ojos.
—Aquí te dejo otro fecarte, cuando te despiertes te lo tomas —le dice a mi mentor.
Agarra el carro con una mano y la otra me guía a mí hasta la camilla.
—Ahora tú, ¿qué te duele a ti?
Observa las marcas de mi cuello, que aún permanecen ahí, sorprendida. Sin decir nada coge un bote y me impregna una crema blanca que está congelada.
—No me duele nada, profesora Azula —le comento para que se ahorre trabajo.
—Está bien, pero quiero que te quedes aquí para ver cómo evoluciona ese hematoma.
Por inercia me llevo las manos cuello, pero justo antes de que llegue a tocarlo sujeta mis manos y me advierte:
—No te lo toques, en unas horas la piel habrá absorbido la crema y no tendrás nada.
Asiento y me recuesto en la cama.
—Por la tarde me pasaré por aquí para ver cómo vais evolucionando. —Hace una pausa, llevándose la mano a la barbilla—. Jovencita, vigila que Galen no se mueva, nunca hace caso y se acaba marchando.
No sé cuánto tiempo paso dándole vueltas a la frase que me dijo Galen en el entrenamiento, pero al final muevo el biombo para observarle. Me doy cuenta de que la línea de su mandíbula forma una línea perfecta, tiene unos pómulos definidos y sus labios son de un grosor medio.
Había venido aquí con un propósito, ayudarle a que su pierna se curara más rápido. Y ahora que le veo dormido, si lo hago con cuidado, puedo sanar hueso y músculo.
Me acerco y coloco mi mano sobre la hoja para que no sienta el contacto de mi piel, con delicadeza.
—Si lo que querías era tocarme, con que me lo hubieses pedido habría sido suficiente. —Su voz suena tranquila, pero si mi corazón ya latía rápido, ahora ha duplicado el ritmo.
—Solo quería ayudarte a sanar más rápido. —Intento mantener la calma—. ¿Puedo?
No dice nada durante unos segundos —que para mí parecen horas—, sin dejar de mirarme. Asiente mientras se incorpora, dejando su espalda apoyada en la camilla.
Quito la hoja con cuidado y una especie de baba se queda colgando entre la lámina del rucoya y su piel. La corto con el dedo y la dejo apartada .
Mis manos se sitúan sobre su piel bronceada y un escalofrío me recorre todo el cuerpo. No puedo evitar mirar sus ojos, que estudian al milímetro mis movimientos.
En cuanto uso mi don, una quemazón se instala detrás de mi oreja izquierda y suelto un pequeño alarido.
Un calambrazo me sacude cuando siento la sensación de que el femoral se me parte en varios trozos, esta vez me muerdo el interior de las mejillas.
Siento como mis piernas fallan. Me apoyo en el borde de la cama para mantenerme en pie, aunque también siento su mano alrededor de mi brazo, ayudándome.
—No es necesario que sigas. —Su voz me hace mirarlo a los ojos.
Aun así, termino de reconstruir lo que había roto, con la respiración agitada.
No lo pienso mucho y suelto la pregunta que llevaba guardando desde hace rato:
—¿Qué querías decir con tan cabezona como siempre ? —Se levanta de la cama, lo que me obliga a mirar hacia arriba levemente, debido a su altura.
Galen tarda un segundo en contestar. Sus ojos se desvían a un punto de la habitación antes de volver a mí.
—Tu hermano habla mucho de ti. Siempre nos ha dicho que eras muy cabezona —murmura demasiado rápido con una sonrisa ladeada, como si lo hubiera ensayado.
Azula aparece por la puerta buscando algo con la mirada y cuando nos ve a ambos de pie, nos dice:
—¿Qué hacéis los dos levantados?
Ninguno aparta la vista del otro. Hay algo en su expresión que aún no logro descifrar.
—Señorito Kyrsen, no se ha tomado el brebaje.
—Creo que ya está curado, profesora Azula.
Siento como sus ojos pueden ver más allá de mí y sé que eso debería provocar incomodidad, pero siento curiosidad por él, algo que no debería sentir. Nunca antes me había pasado con nadie.