Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 9
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Un silencio nos rodea hasta que vuelve a hablar.

Lo observo con más detenimiento ahora que lo tengo delante. De cerca impone más. No por su tamaño, sino por la seguridad con la que se mueve, como si supiera exactamente qué hacer en todo momento.

Una parte de mí quiere confiar. Al fin y al cabo, fue él quien me sacó de allí y también es amigo de mi hermano.

—A partir de ahora seré tu mentor —dice interrumpiendo mis pensamientos.

Asiento y su agarre sobre mi mano es firme y cálido. No aprieta más de lo necesario, pero tampoco duda.

—Khione Sonnet.

Sostengo su mirada un segundo más, intentando descifrar qué hay detrás de esos ojos verdes que no dejan de analizarme.

Unos alumnos acercan el carro con todas las armas, y perdemos el contacto visual.

Puedo ver que hay hachas, espadas, mandobles, incluso dagas. Pero me fijo en unos zhyra dobles, demasiado largos para ser simples dagas, demasiado ligeros para sentirse como espadas.

Al tomarlos, mis manos saben qué hacer antes de que mi mente lo comprenda. Es extraño ya que nunca los he usado. Giro las alargadas dagas varias veces, comprobando su peso y estabilidad, aunque no estoy segura de saber usarlos.

Repito la misma acción con una espada, que es a lo que estoy acostumbrada y sopeso ambas opciones, finalmente optando por las zhyras. Por alguna razón me parecen más manejables.

—¿Estáis listos? —pregunta el profesor y observo como Galen ya ha escogido su arma. Espadas cortas dobles—. Recordad, podéis usar vuestros poderes.

Miro a Galen y ambos vocalizamos:

— Dyavas nu hon nuara nun perti —pronunciamos al unísono.

Siempre me ha parecido solemne la forma en que suenan cada una de las palabras, recordándonos que los dioses nos acompañan en la práctica. Como si de verdad ellos pudieran guiar nuestro destino.

Nuestras armas chocan y empieza el duelo.

El estómago se me revuelve cuando observo que sus movimientos son tranquilos y precisos.

A diferencia de mí, él no parece nervioso.

Nos empezamos a mover en círculo, sobre la estera. Durante los primeros segundos medimos las distancias con la mirada, hasta que decido arremeter con mi mano izquierda sin pensarlo. No es la que suelo usar para pelear, así que le resulta fácil esquivar el ataque.

Sus espadas se lanzan en mi dirección. La primera va a la altura de la cabeza, me agacho y apenas me da tiempo a saltar para esquivar la segunda que se dirige hacia las rodillas.

La protección evita la mayor parte del golpe, pero aun así, caigo al suelo.

Se me corta la respiración durante un instante.

Me observa con el ceño fruncido. No solo parece enfadado, hay algo más en su expresión, algo que se parece mucho al resentimiento.

Tras unos segundos vuelvo a respirar con normalidad y pese a su aparente expresión, me tiende una mano, aceptándola algo confundida.

En cuanto me levanto, y sin darme mucho tiempo, repite el mismo movimiento, con una velocidad y precisión mayor que antes que me hacen dudar de las habilidades aprendidas con mi hermano.

Con un movimiento reflejo esquivo su ataque, dando unos pasos hacia atrás.

Todos se muestran sorprendidos. Miro a mi hermano, quien asiente, dándome ánimos.

Aunque yo no me siento tan segura.

Puedo ver como a Galen se le adhieren mechones en la frente. Sus ojos verdes me miran con desafío, mientras la tensión se marca en sus músculos bajo el uniforme.

Con el dorso de la mano me limpio el sudor sin dejar de mantener el contacto visual.

El silbido de la espada al cortar el aire me hace reaccionar.

Lo esquivo por una milésima de segundo, protegiéndome con mis armas, pero justo cuando creo que ha terminado, el reflejo de su otra espada me obliga a agacharme; justo a tiempo.

Aprovecho mi posición y lanzo una patada, pero la evita con una velocidad increíble que me frustra.

Lanzo un puñetazo a su estómago, pero mi mano lo atraviesa. La inercia arrastra el resto de mi cuerpo a través del suyo y pierdo el equilibrio, sintiendo un escalofrío recorrer todo mi ser.

Coloco las manos en el suelo, evitando caer por completo.

Mis latidos son frenéticos, pero también siento la adrenalina correr por mis venas.

—Galen tiene el poder de la intangibilidad, por eso es uno de nuestros mejores luchadores. Sentiros afortunados de que os haya elegido. —Erilian se acerca a la estera y se agacha a mi altura—. Con él aprenderéis a reaccionar con más rapidez.

¿Elegirnos? ¿Por qué a mí?

Creía que Micah me seleccionaría para ser su aprendiz…

Agradezco que el reflejo del metal vuelva a delatar a mi contrincante. Ni siquiera me ha dado un segundo de respiro y Galen ya está encima mía, a punto de lanzar una de sus armas contra mí. Puedo sentir que en cada una de sus arremetidas hay odio e ira contenida.

Sus manos están tan tensas sobre las empuñaduras que los nudillos se han vuelto blancos, aunque los golpes no son realmente fuertes.

Ruedo por el suelo e improviso sabiendo que mi arma no es una daga, pero la uso como tal y veo como se queda impactada en su muslo izquierdo. Se la arranca en un gesto rápido y la tira al suelo, acercándose hacia mí, amenazante.

Lanzo la otra igual, más rápida, pero esta vez le atraviesa, gracias a que ha usado de nuevo su don. Me abalanzo sobre él, lanzándole una patada que esquiva sin dificultad .

Tira las espadas al suelo.

—Sin armas entonces —me dice con una sonrisa fría.

Duele, porque no sé a qué se debe su hostilidad contra mí.

Lanza una serie de puñetazos que esquivo con facilidad. Devuelvo una patada con la pierna derecha, pero fallo. Rápidamente, con mi mano izquierda, agarro la suya que está en posición de defensa.

Aquí es cuando uso mi poder.

Siento como cada célula de mi cuerpo se rompe y como la suya también. Su antebrazo se quiebra bajo mi voluntad y escucho como se le escapa un gemido de dolor, mordiéndose el labio inferior, luchando por no gritar.

La cosa no queda ahí. Su puño se dirige a mi rostro y me golpea el pómulo.

Da un giro quedando a mi espalda, colocando su brazo izquierdo en mi cuello. Suelto la mano con la que le tenía agarrado e impacto mi codo en su estómago a la vez que levanto mi cabeza, impactando contra su mandíbula, pero no me suelta, sino que aprieta más el agarre contra mi cuello.

Siento que me deja sin aire y cómo mis latidos resuenan en mis oídos. Deslizo mi mano hasta su muslo y empiezo quebrar el músculo y hueso del cuádriceps.

Ambos caemos de rodillas, pero su agarre se intensifica sobre mi garganta, haciéndome ver puntos negros.

—Ríndete Khione. —La voz de Micah se oye lejana.

—Tan cabezona como siempre —susurra Galen mientras todo a mi alrededor gira y mi visión se vuelve borrosa.