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Kaia se agacha frente a la repisa y toma un pétalo blanco con las puntas rosadas. Lo sostiene entre sus manos y, en cuestión de segundos, se marchita. Su entusiasmo me hace esbozar una sonrisa.
—Ser una Rhesar del bosque es increíble —susurra mientras deja la hoja sobre la mesa.
—Tu poder sí que es una pasada, Khione —dice, dejando la hojarasca sobre la mesa.
—Si no toco al everen, no puedo hacer nada, así que… —Me siento en el borde de la cama, con la mirada baja.
¿Podré proteger al Sagrado Zuleica como es debido?
Kaia se sienta a mi lado, me aprieta la mano y sonríe con seguridad.
—Pero tu poder puede suponer una ventaja —me anima. Sus palabras me calman un poco.
Tal vez tenga razón. Curar en plena batalla puede cambiar muchas cosas.
—Venga, enséñame sus propiedades.
Kaia sonríe y nos levantamos en dirección hacia la mesa. Agarra un pequeño cuchillo y acto seguido, se hace un corte profundo en la palma de la mano.
—¿Qué haces? —grito, arrebatándole el objeto, pero ya es tarde. La sangre fluye como un río.
—Confía en mí —responde.
Con la otra mano aplasta la hoja de ardocan y se la extiende sobre el corte. El pétalo coagula la sangre. Al cabo de unos minutos retira la hoja y, aunque la herida sigue abierta, la hemorragia se ha detenido.
Mi expresión lo dice todo. Kaia ríe y antes de que tome un trozo de tela para vendarse, le curo la herida.
—Gracias por evitarme una cicatriz horrible —bromea y no puedo evitar reír también—. Hacer cortes precisos no es lo mío.
—No hace falta que lo jures —respondo mientras siento cómo el corte se dibuja en mi propia palma. Una leve quemazón activa mi poder y me muerdo la lengua para soportar el dolor.
Kaia, curiosa, me toma la mano y observa de cerca cómo mis células se unen hasta cerrar la herida sin dejar rastro.
—Me parece increíble que cuando curas a alguien, te salga a ti la misma marca. —Hace una pausa, soltándome—. Una batalla no se gana con espadas, sino con quienes nos mantienen en pie. —Me mira con el ceño fruncido y se detiene—. Creo que no era así…
—No son las espadas las que ganan las batallas, sino los que sostienen a los suyos en pie —corrijo suavemente.
Un calor me recorre el pecho al recordar que ese era el dicho favorito de nuestra familia.
—¿Ves? Tú nos mantendrás en pie.
* * *
No tardamos mucho en prepararnos para el próximo entrenamiento de cuerpo a cuerpo.
De camino, una cabellera pelirroja se cruza por nuestro camino y no puedo evitar pensar en Maden.
Aquí estaría a salvo y me atrevería a asegurar que sería igual de feliz que en Neve.
El recuerdo de su cuerpo sin vida, manejada por un Halovar del control mental me invade, pero decido centrarme en los momentos buenos de los últimos años, como el primer cuadro que me pintó y me regaló a mí en vez de a su madre. Se me escapa una sonrisa.
—Khione Sonnet. A la estera. —La voz del profesor Bren me sobresalta y noto la mano de Kaia en mi espalda, empujándome levemente.
Me coloco en el extremo de la estera sin entrar, esperando a mi oponente.
—Hoy será un entrenamiento diferente. —Bren coloca sus manos en su espalda, paseando de un lado a otro.
En la sala de entrenamiento sólo estamos los que queremos ser guardianes, no hay nadie más practicando con armas o cuerpo a cuerpo.
Por la puerta aparecen Micah y sus compañeros de ciclo.
Vuelvo a ver de reojo al chico que vi junto al Sagrado Zuleica, antes de que la voz del profesor me obligue a concentrarme en sus explicaciones.
—Este entrenamiento será especial ya que alumnos de ciclos superiores vendrán a luchar contra vosotros. Y no solo eso, su Alteza Draconiana, Erilian El Guardián, estará aquí, ayudando a los iniciados para mejorar vuestras habilidades.
Una nebulosa negra aparece detrás del profesor y segundos después todos nos quedamos mirando al dragón Erilian.
Por costumbre, todos menos los que están en su tercer año de Academia, entre ellos mi hermano, hacemos una reverencia y apoyamos una rodilla en el suelo.
Es la primera vez que veo a un dragón ante mí y mi estómago se encoge de los nervios.
—Levantaos, por favor. —Su voz es tranquila pero firme—. Soy Erilian y quiero deciros que me enorgullece que os hayáis postulado a ser guardianes del último Sagrado Zuleica.
Cuando lo miro, sus ojos azules como el hielo conectan con los míos.
Sus ojos me resultan reconocibles.
Su cabello es negro, ondulado y algo largo, con un peinado hacia atrás. Su barba y bigote están bien cuidados. Su cara muestra un semblante serio, mientras sigue hablando:
—Tras las primeras semanas de preparación os habrán dicho que sois libres de seguir este camino o marchar. Nadie aquí está obligado a hacerlo. Y podéis llamarme Erilian o profesor, no me gustan las formalidades que conlleva ser un dragón.
—Ahora es cuando vamos a realizar una combinación de lo que habéis estado practicando en los entrenamientos anteriores, pero usando vuestros poderes y armas —continúa el profesor Bren.
Hasta ahora sólo hemos asistido a entrenamientos cuerpo a cuerpo con armas de madera, por lo que la mayoría de los alumnos se muestran ilusionados por la novedad.
—Yo tengo miedo de salir herida en un entrenamiento—comenta a una de sus amigas una chica de cabello rubio corto.
—Los uniformes que lleváis están protegidos —responde el profesor al escucharla, y niega con la cabeza tranquilo.
—Los Rhesar de la tierra han reforzado el tejido para que, en el momento del impacto, se endurezca y forme pequeñas placas que absorben y reparten la fuerza.
—Señala la tela del suyo, como si buscara hacer visible algo que a simple vista no se ve—.
Los Rhesar del fuego hicieron el resto: disipan la energía del golpe y la convierten en calor.
—No bloquean los golpes, los rompen y los dispersan. Por eso notaréis que el traje se calienta cuando recibe daño —finaliza el dragón Erilian.
El murmullo se extiende entre los alumnos. Y no puedo evitar pensar en lo fascinante que es que hayan creado un escudo protector los Rhesar.
Tener dones así y poder combinarlos para hacer eso es algo que nunca dejará de sorprenderme.
—Lucharéis con vuestro instructor asignado, quien lleva varios años en Eros.
Nos señala con una mano en la dirección donde se encuentra mi hermano y varios compañeros suyos.
Doy un paso al interior de la estera y cuando pienso que es Micah quien va a pelear conmigo, como tantas veces en el pasado, es otro everen quien da un paso al frente.
Él. Su pelo castaño y ondulado cae por su frente, sus pasos son seguros y sus brazos están cruzados sobre el pecho. Sus ojos verdes me examinan y esa forma en la que me mira… Me transporta de nuevo al día del desfiladero. Él fue quien me salvó.
—Adelante. —La voz de Erilian llega a mis oídos, pero mis pies no se mueven, mi cuerpo no me obedece.
Empiezo a escuchar comentarios del resto del grupo.
Físicamente estoy en Eros, pero mentalmente frente a la barrera de agua viendo a Maden. Quiero hacer algo, correr o luchar, pero no puedo.
—¡Venga que empiece ya! —Una voz se escucha por encima del jaleo que se ha formado en la sala.
—Cállate Ezra. —Puedo distinguir que es Kaia defendiéndome.
Busco con la mirada a mi hermano, quien asiente y me dedica una sonrisa. De forma silenciosa me dice: Estás a salvo . Y sabiendo que él está aquí conmigo, es suficiente para salir del trance.
Entonces el joven da un paso más hacia delante y extiende su mano:
—Galen Kyrsen.