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Kaia me ha enseñado gran parte de la Academia desde que salimos del aula. Los largos pasillos de piedra que parecen no terminar nunca, las escaleras de caracol que conectan unas plantas con otras y los patios donde los alumnos se reúnen entre clases.
Cada vez que doblamos una esquina descubro algo nuevo. Durante un instante consigo olvidarme del desfiladero, de Maden y de todo lo demás.
También me ha señalado el comedor principal, una enorme estancia llena de mesas de madera; la enfermería y las salas de entrenamiento, donde algunos iniciados siguen practicando incluso después de terminar las lecciones.
Cada rincón parece tener una historia propia. Hay estudiantes cruzando de un lado a otro, risas que resuenan por los corredores y conversaciones que se mezclan con el sonido del viento contra la piedra clara de Eros .
—Y esto es Eros. —Se gira para mirarme con una sonrisa—. Es todo lo que he podido ver en los días que llevo aquí.
—Gracias por enseñármelo —digo, imitando su gesto.
Este lugar ha sido el último, y ahora entiendo por qué. Micah me había hablado de ellos, pero nunca imaginé ver uno en el patio central de la Academia. Un Sagrado Zuleica.
—Este es el último que queda —informa mientras nos acercamos—. El dragón Erilian decidió fundar esta institución para protegerlo.
—¿Cómo sabes tanto?
—Mi hermana me contó muchas cosas de este lugar —dice, y la miro con atención y curiosidad, lo que hace que continúe—. Entró hace un par de ciclos, pero se dio cuenta de que no quería dedicarse a esto toda su vida.
Asiento y ambas nos sentamos bajo sus ramas, junto a las raíces gigantes.
Su follaje rojo, naranja y amarillo forma un mosaico cálido que me hipnotiza.
Una hoja cae sobre mis piernas. Al tomarla, una calma recorre mi cuerpo, más profunda que cualquier cosa que hubiera sentido desde la muerte de mamá.
Si una sola hoja puede provocar esto, no quiero imaginar lo que su savia es capaz de hacer.
Mi vista viaja hacia los muros que me rodean, donde los everen corren o pasean con sus amigos.
—Que le hayas curado la herida así a Alea ha sido increíble. —Kaia me saca de mis pensamientos.
—Me sentí culpable por haberle roto el labio, así que curarla ha sido mi manera de compensarlo —digo, fijándome en sus ojos marrones con motas negras que brillan bajo el sol.
—¡Khione! —Me giro al escuchar a mi hermano llamarme desde el otro lado del patio mientras trota hasta alcanzarnos—.
He ido a buscarte al entrenamiento del profesor Bren, me ha dicho que ya os habíais ido —habla, tratando de recuperar el aire—.
Ha sido fácil dar con vosotras. —Señala el pelo azul de Kaia.
La susodicha se echa a reír.
—Solo venía a decirte que tu habitación está en la parte de arriba junto a… —Mira un segundo el papel que lleva entre las manos—. El baño de chicas. Es la 22A.
—¡Es mi habitación! —exclama Kaia sonriendo.
—Tengo que irme otra vez, Khio. —Micah se acerca para besar mi cabeza y sale corriendo hacia un grupo de dos chicos que lo están esperando.
Mi mirada se cruza con la de uno de ellos. Está lejos y aun así sus ojos jade me detienen un instante más de lo normal. Hay en ellos una chispa que me sacude, como si ya los hubiera visto antes.
Un cosquilleo helado trepa por mi nuca.
El sonido de un trueno retumba en el patio y provoca que pierda el contacto visual con el joven. Levanto la vista al mismo tiempo que Kaia y el cielo empieza a teñirse de un color grisáceo.
—Vayamos dentro. —Kaia se levanta—. Dentro de unas noches será la sombra de la luna.
—¿La sombra de la luna? —pregunto curiosa.
—Cada seis meses, los creyentes traen ofrendas —explica Kaia mientras avanzamos hacia nuestra habitación—. Algunos traen regalos, otros semillas o frutos esperando que prosperen sus cosechas. Es una noche muy bonita, siempre cae en luna llena.
—¿Cómo…? —mi pregunta muere cuando caigo en que también habrá sido su hermana.
Asiente y al conectar nuestras miradas no podemos evitar sonreír.
No hago más preguntas, pero es inevitable que un cosquilleo se instale en mi estómago. Ver un ritual sagrado debe de ser increíble. Experimentar con los devotos ese afecto hacia algo que no es un dios, pero que los representa.
Una punzada se acomoda en mi pecho al pensar que a mamá le hubiera encantado presenciar esta experiencia.
Ella creó un altar con todas las cosas que representaban a los dioses y cada día, les hacía pequeñas ofrendas. Una de ellas era enterrar una semilla con una gota de leche en un cuenco con tierra, en honor a Vanha, la diosa de la naturaleza, la vida y la fertilidad.
Siempre lo respeté, e incluso de niña la ayudaba, aunque con el tiempo fui perdiendo esa costumbre. No es que no crea en los dioses, ni mucho menos, solo dejé de hacerlo. Y también sé que, aunque mamá no esté físicamente, de algún modo sigue junto a nosotros.
Micah tiene razón: quedarse en casa esperando que todo se solucione no sirve de nada. Hay que enfrentar las adversidades y los obstáculos que se nos presentan en el camino, sean obra de los dioses o del destino.
—Ya hemos llegado. —La voz de Kaia me hace volver a la realidad.
En cuanto abre la puerta puedo ver dos camas exactamente iguales, con sábanas de diferentes tonalidades verdes. Justo enfrente de ellas, una gran chimenea encendida mantiene el calor de la habitación.
La luz que entra por la ventana ilumina lo suficiente para apreciar cada detalle. Debajo hay una estantería repleta de plantas y libros; junto a la puerta, dos armarios.
—Mira esto —dice mi compañera con una sonrisa suave, acercándose a una planta pequeña. Posa sus manos sobre ella, y en segundos, crece unos centímetros.
Es una Halovar del bosque y eso explica lo que acaba de hacer.
Siento un escalofrío recorrerme y una lágrima resbala por mi mejilla.
—Lo siento —murmuro, limpiándomela con el dorso de la mano—. Mi madre tenía tu don.
Ella se detiene un instante, mirándome con comprensión. Se sienta a mi lado y su voz se vuelve casi un susurro:
—Perder a quienes te han criado no se supera nunca del todo, Khione. Aprendes a vivir con ello y a seguir adelante. —Su mano se cierra sobre la mía con firmeza.
—¿Tus padres? —pregunto, con la voz apenas audible.
—Tengo pocos recuerdos de ellos, pero eso no hace que duela menos —dice, con una mezcla de tristeza y ternura—. Cuando mi hermana Lauren tenía cuatro años, mis padres nos llevaron a casa de nuestros tíos… Por aquel entonces no sabíamos que sería la última vez que los veríamos.
Nos quedamos en silencio. No hacen falta palabras, el dolor se comparte sin hablar.
Kaia se inclina hacia la estantería y saca una bolsita de tela. Con delicadeza extrae una flor de astromelia de tamaño inusual y me la ofrece. Sin dudarlo la acaricio con mis dedos para anclarme al momento.
—Es para ti —susurra casi como si fuera un secreto—. Para que sepas que siempre puedes contar conmigo.