6
La pesadilla se repite, arrastrándome otra vez al día en que llegamos a la Academia Eros.
Han pasado un par de días y todo sigue detenido en el mismo instante del desfiladero. En cada imagen que no consigo borrar, en el vacío que dejó Maden como si se hubiera quedado atrapado en mi pecho.
Me he sepultado entre las cuatro paredes de la habitación de Micah, ignorando los golpes constantes y sus súplicas para que saliera. Sé de sobra que sus intenciones son buenas, que solo intenta que coma algo y que no vuelva a hundirme en mí misma, como pasó con mamá.
Pero en este estado su voz apenas llegaba, convertida en un eco lejano. Es como si estuviera al otro lado de un muro que no sé cómo atravesar.
Estar aquí, en el lugar donde mi hermano lleva años haciendo su vida, no me da refugio. Me hace sentir justo lo contrario. Como si no encajara en ningún rincón de este mundo. Todo a mi alrededor sigue avanzando mientras yo permanezco detenida.
Me levanto de la cama y apoyo los pies descalzos en el suelo frío. El contraste con el calor de la habitación es mínimo, pero suficiente para recordarme que sigo aquí, aunque no se sienta así.
Me quedo quieta unos segundos, reuniendo fuerzas para levantarme de la cama, mientras oigo cómo las últimas brasas de la chimenea terminan de apagarse.
Sé que aquí estaría a salvo. Que podría intentar convertirme en guardiana de este lugar, como hizo mi hermano.
Ahora que miro atrás, pensar en cómo hablaba de la Academia y de sus amigos me parece otra vida.
Decía que algún día podría venir si yo quería…
pero nunca imaginé que sería así. Ya no tengo ningún otro lugar al que llamar hogar.
No por decisión propia, sino por necesidad.
Aunque aún le tengo a él, un torbellino de pensamientos y dudas me aprieta por dentro.
Las paredes parecen acercarse sin moverse. El aire se vuelve más pesado, como si la habitación se cerrara sobre mí.
Mi respiración cambia sin que me dé cuenta. Primero larga, forzada… después corta, rota. Como si el aire dejara de entrar del todo.
El pecho me duele. No como una herida, sino como una presión constante, como si algo quisiera atravesarme desde dentro y arrancarme lo que queda.
Quiero llorar, pero el cuerpo no me responde como debería. Solo espasmos, temblores. Y entonces mis manos empiezan a fallarme también.
Mi cuerpo reacciona desde el instinto y me encojo sobre las sábanas, como si pudiera esconderme de mis propios pensamientos. Quiero gritar y pedir ayuda, pero no hay nadie más en la habitación. Solo el dolor y la pérdida compartiendo el mismo espacio que yo.
Un golpe suave en la puerta me sobresalta.
—Khione… —La voz de Micah llega apagada al otro lado.
Intento decir algo, pero no puedo.
La puerta se abre con lentitud y Micah entra con el ceño fruncido. Sus ojos grandes y asustados recorren la habitación hasta posarse en mí.
—Eh, eh, respira —susurra, agachándose frente a mí. Su tono es firme, pero tierno—. Mira mis ojos, Khio. Respira a la misma vez que yo.
Intenta marcar el ritmo, cada vez que coge aire de manera lenta y profunda. Lo imito como puedo.
Poco a poco, el oxígeno vuelve a entrar. El pecho aún duele, pero ya no me ahoga.
Cuando por fin consigo hablar, mi voz es apenas un hilo.
—Estoy bien… —miento, desviando la mirada.
—No pasa nada si aún no estás bien del todo. —Su voz se quiebra apenas. Me tiende una mano para ayudarme a incorporarme—. Ven, siéntate aquí conmigo.
Nos sentamos al borde de la cama, y el silencio se instala entre los dos. Micah me rodea con sus brazos y no puedo evitar soltar todo lo que tenía guardado.
Aún sigo sin saber cómo mataron a Maden, pero la imagen de su cuerpo controlado por los Halovar de la mente me persigue. Parecía viva.
Y eso duele más.
No debí dejarla sola .
Si me hubiera quedado con ella… si hubiera corrido más rápido… quizá seguiría viva.
Mi hermano se aparta un poco para limpiarme las lágrimas y gracias a él, el sentimiento de culpabilidad mengua y me siento un poco mejor.
—Hoy es el primer día de curso, en breve empezará el entrenamiento de defensa cuerpo a cuerpo. —Rompe el silencio—. Por si te animas, aunque no participes.
Asiento y lo vuelvo a abrazar, como cuando éramos pequeños y necesitaba la protección de mi hermano.
* * *
Tras dar muchas vueltas por la habitación y no saber si salir o no, decido dejarme llevar un poco por la curiosidad de este lugar, adentrándome por los pasillos de piedra, iluminados por lámparas de aceite que desprenden un olor especial: una mezcla de fuego y bálsamo.
Desde el corredor contiguo me llega un murmullo de pasos y risas. Sin pensarlo, me uno al grupo que avanza hacia el mismo destino. Todos ellos llevan un uniforme idéntico al mío. Parte inferior negra y camiseta verde.
Aunque mientras voy avanzando puedo ver que algunos alumnos tienen la parte de arriba azul, como la que llevaba Micah esta mañana.
Cuando me doy cuenta estoy entrando en una sala.
En ella puedo contemplar un espacio amplio y bien iluminado, con paredes de piedra gris y un techo alto sostenido por vigas de madera oscura.
La luz entra a raudales por los ventanales de la izquierda.
El sonido metálico de las armas entrenando se mezcla con las instrucciones de los maestros.
En el centro, varios alumnos practican técnicas de lucha cuerpo a cuerpo con dagas, corregidos sin descanso por los instructores. En un rincón, otros tensan arcos y lanzan flechas con precisión.
Por un instante, un recuerdo me golpea: Micah, mamá y yo fabricando nuestra diana improvisada en casa, ella pintó las líneas rojas, nosotros montamos la base. El destello de calidez que se disuelve cuando una voz grave rompe mi ensimismamiento.
—¡Atención!
Alzo la mirada hacia la tarima. Un hombre rubio, con el cabello recogido en una cola baja, nos observa. La cicatriz que le cruza la sien hasta la mandíbula cuenta una historia de dolor. Sus ojos oscuros transmiten la misma firmeza que su tono.
Es el profesor que nos ayudó en el desfiladero.
—Bienvenidos, iniciados. Me alegra ver que habéis llegado hasta aquí y que estáis dispuestos a proteger el Sagrado Zuleica. —Hace una pausa, repasando nuestros rostros uno a uno—. Soy Bren, vuestro instructor en defensa y combate.
Su mirada se detiene unos segundos en varios de nosotros.
—Sé que algunos acabáis de llegar. Que habéis dejado cosas atrás para estar aquí. —Su voz pierde parte de la dureza inicial—. No os voy a pedir que estéis preparados para todo desde el primer día.
El silencio que sigue resulta extraño y continúa:
—Pero sí os pediré que lo intentéis. —Sus ojos vuelven a endurecerse ligeramente—. Hoy observaremos vuestro nivel. No se trata de ganar ni de demostrar nada. Solo quiero saber desde dónde empezamos.
Una silueta idéntica a la suya aparece cerca de nosotros, estudiándonos mediante el poder de la clonación temporal.
—Formad parejas. Cada dúo luchará contra otros dos iniciados en combates de dos contra dos. Observad, reaccionad y adaptaos.
Los iniciados empiezan a girarse y a buscar caras entre los nuevos. Mi mirada conecta con la de una chica de cabello castaño, con mechas azules en las puntas. Me invita con un gesto de la mano a que me acerque. Dudosa, acorto la distancia que nos separa.
—Me llamo Kaia —dice ofreciéndome una sonrisa—. ¿Quieres qué formemos equipo juntas?
—Yo soy Khione. —Le devuelvo el gesto—. Claro, me parece bien.
Veo cómo los demás se organizan a su alrededor. Dos chicos de cabello oscuro se colocan juntos, y un par de chicas se observan antes de decidir luchar juntas. Hay un instante de tensión, mezcla de nervios y curiosidad, mientras cada uno elige su compañero.
—Una vez formados los dúos, ocupad la zona de combate. Esto no va de ganar. Quiero ver qué sabéis hacer y qué os queda por aprender.
Fase de preparación.
Esas palabras resuenan en mi cabeza y me encienden un recuerdo: Micah hablándonos a mí y a mamá sobre todo lo que tuvo que pasar antes de ser guardián. Pruebas, elecciones, la incertidumbre de si estaría listo o si tendría que esperar otro ciclo para poder unirse .
Kaia sin previo aviso, se coloca detrás de mí y empieza hacerme una trenza.
—Así te será más fácil pelear. —Ambas nos miramos y sonreímos con complicidad.
Nos colocamos en nuestro lugar y no se sí estoy preparada ahora mismo para esto, pero la confianza que me transmite Kaia me hace animarme un poco.
De un momento a otro, justo delante de nosotras aparece una pareja; un chico rapado se sitúa frente a mi compañera y una chica morena con ojos rasgados, se coloca a mi lado.
Seguramente sea del territorio de Gretari.
—Soy Alea. —Extiende su mano con una sonrisa—. Y él es Jarik, mi novio.
Él asiente tras repetir el gesto de Alea, aunque su mirada clara viaja entre nosotras.
Mis ojos azules conectan con los de mi compañera de lucha y puedo ver cómo hay fuego en su interior.
Los cuatro nos ponemos en posición de ataque, a orden del profesor.
—D yavas nu hon nuara nun perti —pronunciamos al unísono, como dicta la costumbre antes de empezar un combate.
Nunca he peleado junto a alguien que no fuera Micah, así que hacerlo con Kaia va a ser algo nuevo para mí. Sobre todo sabiendo que ambas vamos a tener que improvisar y adaptarnos a la forma de lucha de la otra mientras combatimos.
Puedo sentir cómo Kaia me contagia su confianza .
Su manera de lanzar puñetazos es un vendaval, pero Jarik se mantiene firme, como una fortaleza imposible de quebrar. No puedo observarlos más porque Alea ya está encima de mí.
Esquivo su puño con el antebrazo; se mueve grácil como una gacela, pero yo lanzo una patada a su costado, aunque la bloquea con rapidez.
Agarra mi pierna y me hace perder el equilibrio. Caigo de costado sobre la estera y el impacto me roba el aire. Un segundo de dolor agudo, un ardor tras la oreja… y luego nada: mi cuerpo empieza a curarse.
Alea intenta doblarme la pierna, pero reacciono: le estampo la bota contra el labio y se lo parto. Gime, aunque no me suelta. En vez de eso, me retuerce aún más el tobillo.
—Ríndete —sisea, forzando la articulación.
El problema es que no sé en qué momento se romperá mi hueso, porque no siento dolor.
—¡Tres golpes para rendiros! —La voz del profesor Bren retumba entre los gritos y el jaleo de la sala.
—¡Para, para! —insiste Jarik, atrapado en el agarre de Kaia.
Aprovecho la distracción de mis compañeros para repetir la acción de antes, pero esta vez mi patada viaja hacia la boca del estómago de Alea, quien me suelta tras emitir un grito de dolor, cayendo de rodillas al suelo.
Es entonces cuando coloco mi brazo sobre su cuello y ejerzo presión.
Uno…
Dos…
Tres …
Ahí es cuando noto como su mano me golpea tres veces seguidas y la suelto de inmediato.
—Buen trabajo Kaia y Khione. —La voz del profesor provoca un escalofrío leve por la extrañeza de que sepa mi nombre, aunque pienso que tal vez Micah se lo haya dicho ya—. Formáis un buen equipo juntas.
Se aleja de nosotros y sigue observando a los demás compañeros.
Me acerco a mi nueva compañera y le ofrezco la mano para ayudarla a levantarse del suelo.
—¿Estás bien? —pregunto dudosa, no sé si me he pasado.
—Sí, tranquila —dice sonriendo, aunque enseguida hace una mueca de dolor—. Voy a la enfermería.
Justo cuando se gira, la detengo con cuidado, sujetándole el brazo.
—Espera… ¿te ayudo? —pregunto, señalando su labio.
Duda un segundo, pero asiente.
Sin pensarlo más, llevo mi mano libre hasta su boca y dejo que mi poder haga el resto, cerrando la herida con un calor suave.
Ya me siento bastante mal por todo lo que ha pasado estos días, y más por no haber podido salvar a Maden, como para añadir más leña al fuego. Sé que es inevitable que estas cosas ocurran durante el entrenamiento, pero es algo que necesito hacer.
No quiero que nadie más se haga daño por mi culpa.
Siento cómo una herida igual que la de Alea se abre en mí cuando empiezo a usar mi poder molecular. Al cerrar la brecha de la gretariana, la mía se cierra con la de ella, como si fueran la misma herida en dos cuerpos distintos.
Reprimo un grito mordiéndome la lengua.
—Eso ha sido una pasada. —Escucho la voz Jarik llegar a mis oídos y me giro para verlos. Kaia hace una mueca de asombro, mientras que él muestra una sonrisa y yo le imito.
Alea se toca la zona donde antes estaba la herida, para confirmar que es real y que se ha cerrado.
—¡Tu poder es increíble! —Kaia y Jarik se acercan a nosotras dos.
—Gracias —susurra Alea, para agradecerme haberla curado, mirando de reojo su clepsar. El agua del objeto cae a la par que la aguja solar—. Me tengo que ir, voy a llegar tarde.
En cuestión de unos segundos sale disparada hacia la puerta del recinto, despidiéndose con la mano.
—El entrenamiento ha terminado por hoy —anuncia el profesor—. Chicas, venid un momento. —Nos hace un gesto a Kaia y a mí.
—Luego nos vemos. —Se despide Jarik.
—Mi enhorabuena a ambas —dice cuando nos hemos acercado—. Que os hayáis coordinado y luchado demuestra que seréis buenas guardianas.
—Gracias profesor —decimos las dos al unísono.
—Podéis marchar —finaliza con una sonrisa.
Sin darme tiempo a reaccionar, Kaia tira suavemente de mí hacia la salida.
—Ven, te voy a enseñar Eros.