4
Mis piernas arden mientras tiro de Maden, que no me lo pone nada fácil. No puedo permitir que vuelva atrás y la capturen.
La obligo a detenerse en seco cuando nos alejamos de las calles principales. Le tapo la boca para acallarla mientras recupero el aire y compruebo que estamos solas.
—Deja de gritar, Maden. Por favor —susurro.
Ella asiente débilmente.
—No quiero dejar a mis padres… —dice y sus ojos se llenan de lágrimas.
—Lo sé, pequeña. —Suspiro, inclinándome a su altura y mirándola fijamente—. No dejaré que te pase nada, y estoy segura de que ellos estarán bien.
Ella rompe a llorar y la rodeo con los brazos.
—Aquí no estamos a salvo —le advierto apremiante—. Necesito que me ayudes. Tienes que crear un portal, pero será más complicado.
—Vale, pero… —Se limpia la cara con la manga antes de seguir—. Pu edo abrir un portal a cualquier lugar si creo un vínculo de mi cabeza a la tuya y me lo enseñas. —Me agarra de la mano, y la imagen de su habitación aparece en mi mente—. El problema es la distancia: no puede ser demasiado lejos.
Haber ido a la cabaña nos habría dado ventaja, pero ya es tarde para eso.
—Entonces vayamos al mercado. Allí será más fácil pasar desapercibidas.
Me doy cuenta de que salimos sin túnicas.
—Tengo un pañuelo… —dice ella, sacándolo de su bolsillo.
—Bien pensado. —Le anudo el pañuelo alrededor de la melena pelirroja, demasiado llamativa—. Servirá por ahora.
Avanzamos a paso ligero entre la multitud del mercado, zigzagueando sin soltarnos la mano. El aire huele a especias y pan recién horneado, y por un instante casi parece un día normal.
—Tal vez deberíamos refugiarnos en mi casa…
—¡Son ellas! ¡Que no se escapen! —Unas voces me alertan.
Tiro de Maden y corremos. Una mujer corpulenta, rubia y de pelo corto —la misma de la taberna— se planta frente a nosotras. Cambio de dirección a la izquierda, mientras el aire me trae el olor a especias.
—Maden, corre hasta mi antigua casa. Frente a ella hay dos árboles. En el segundo hay un hueco. En el del centro, están las llaves —jadeo entre palabras.
Ella se detiene de golpe.
—No quiero ir sola, ven conmigo.
—Estaré contigo enseguida, te lo prometo. —Cuando veo que la everen se acerca le grito: —¡Corre!
Duda, pero finalmente obedece. De repente una mano gigante me atrapa el brazo. Clavo el codo en su abdomen, aunque apenas se inmuta ante el golpe. Ríe y me tira de la trenza, obligándome a caer de rodillas.
Aprieto su mano con la mía y uso mi don. Un bramido desgarrador retumba cuando empiezo a crearle una herida en el gemelo.
Aprovecho para escapar. Me tambaleo hasta estabilizarme.
Al pasar por varios puestos agarro frascos sin mirar y los guardo en el bolsillo.
—¡Ladrona! —grita alguien.
El frío me cala hasta los huesos y los pulmones arden. Giro varias calles y al ver una más despejada, bajo el ritmo para disimular.
La nieve se funde con mi pelo blanco mientras observo mi antigua casa junto al jardín nevado. Rodeo hasta la puerta trasera y golpeo con la mano varias veces.
Nadie responde.
Al abrirla, una botella vuela hacia mí, justo en el último segundo.
—¡Soy yo, Maden!
Ella corre a mis brazos llorando, mientras yo cierro la puerta con el pie.
Pienso en Micah. Necesito contactar con él y quizá los frascos que robé me sirvan para ello.
—¿Puedes encender la chimenea?
—¿A dónde vas? —pregunta con temor al verme dirigirme hacia las escaleras .
—Solo subiré a buscar algo seco para las dos.
Cuando llego a la segunda planta y paso frente a la primera habitación con la puerta abierta, me invade la tristeza. Hay demasiadas cosas que me recuerdan a mamá, pero me obligo a continuar sin siquiera atreverme a entrar.
Encuentro algo de ropa y una pulsera de cuero de Micah, que le regalamos hace unos años, y la guardo en mi bolsillo.
Una vez de vuelta junto a Maden, ella me sonríe orgullosa frente al fuego encendido. Le entrego un par de prendas y nos sentamos juntas. Al rato se duerme con la cabeza en mis piernas.
Volver aquí se me hace más difícil de lo que imaginaba.
El pecho se me oprime al enfrentarme otra vez a los recuerdos de lo que fue mi hogar y cada rincón parece susurrarme algo del pasado, como si el tiempo se hubiera detenido el día que mamá murió.
Trago saliva e intento apartar esos pensamientos antes de que termine por arrastrarme con ellos.
Me pongo a pensar que, ahora mismo, la forma más efectiva de contactar con Micah es mediante nuestro sistema de pociones y hierbas. Espero haber cogido alguna del mercadillo que me sirva.
Saco los frascos de cristal del bolsillo, con tan mala suerte que me corto la palma de la mano con uno de ellos. Lo más probable es que se me rompiera durante la carrera.
—Mierda… —dejo los tarros intactos sobre el suelo.
Gracias a mi don no siento dolor, así que me limpio la sangre en el pantalón y vuelvo a centrarme en la poción.
Me encamino hacia la cocina, tras colocar la cabeza de la niña cómodamente sobre las prendas que no ha llegado a ponerse. Vuelvo a pensar en los ingredientes para la poción y los coloco sobre la encimera.
Necesito solo tres: Damenyo, croanil y gendes.
De entre los frascos que robé en el mercado, me quedo con el croanil y el damenyo, apartando los restantes.
Creo que mamá siempre tenía gendes en la cocina.
Rebusco entre los armarios, y encuentro la especia que necesito.
Machaco las hojas y vierto el líquido en un cazo con las medidas necesarias. Comienzo a hacer el mejunje, removiendo hasta conseguir una textura similar a la miel.
Antes de remangarme la camiseta e impregnar uno de mis dedos del ungüento, sujeto la pertenencia de mi hermano y con la otra mano escribo en el interior de mi brazo la palabra casa.
Conforme voy dibujando cada letra, la anterior se va borrando. Noto un cosquilleo que confirma que la poción ha funcionado y el mensaje le llegará a Micah.
Mis dedos se detienen un instante sobre el cuenco. Mamá me enseñó esto.
Maden se despierta y yo me sobresalto cuando oímos un vidrio romperse en el piso superior. Los pasos se mueven de un lado a otro, rápidos y nerviosos.
Con urgencia, me acerco a la sala y oculto a la niña en una trampilla secreta de la casa donde solía esconderme cuando jugaba al escondite.
Mientras cierro la madera, algo cruje en la entrada de la casa y, al girarme, veo a la mujer rubia en mitad del pasillo. Una mancha de sangre le recorre la pierna, y veo que eso no la ha detenido al venir a por Maden con un cuchillo en la mano.
Hecho a correr hacia la cocina tras lanzarle uno de los frascos a los ojos mientras escucho una maldición por su parte, seguido del sonido metálico del arma contra el suelo.
Me escabullo por la puerta trasera, oyendo sus pisadas detrás de mí, pero no soy lo bastante rápida como para evitar que una fuerza brutal me estrelle contra el cercado del patio.
—¿Cómo…? —su rostro de asombro al verme levantarme, tambaleante, se transforma en rabia.
Me golpea de nuevo con una serie de piedras que se abren en el suelo bajo sus pies, obedeciéndola.
Una vez llega a mi altura, me agarra del pelo, obligándome a ponerme de rodillas, como en el mercadillo.
—Ya conozco tus poderes niñata —escupe con tanta ira que su saliva me golpea en la cara—. Eres una Kovar molecular .
—Y tú una Rhesar de la tierra …
No me deja terminar porque su puño impacta en mi abdomen. Así que la agarro su brazo y desgarro sus músculos, a la vez que los míos.
Sus gritos resuenan contra las paredes de madera que rodean el jardín, sin ni siquiera hacer el amago de levantarse del suelo. Yo me levanto a duras penas, porque a pesar de no sentir nada de dolor, se que estoy aún débil.
De repente aparece Micah y se planta frente a mí, examinando mi labio partido.
—¡Entra con Maden! —ordena tajante .
Una vez dentro saco a Maden, un relif surge de entre las sombras. Alto, esquelético, con la piel gris y venas verdes recorriendo sus brazos.
Retrocedemos hasta la pared. Los pasos silenciosos y su forma de caminar erizan cada poro de mi piel. Con valor miro sus ojos brillantes azules, observando así también la muerte. Durante un segundo pienso que al fin podré reunirme con mamá.
Un hedor que antes no había percibido inunda mis fosas nasales. Veo que nuestro fin se acerca cuando alza sus manos llenas de venas verdes, mortales para cualquier everen. Sabiendo que, con un solo roce, estaremos muertas.
El Relif no pierde el tiempo y sigue avanzando hacia nosotras. Me interpongo entre la criatura y ella, consiguiendo de esa forma alejarla del peligro.
Solo un ceric, el arma de dragones, puede acabar con él.
—¿Sabes lo que es el ceric ? —Asiente mientras empiezo a sentir pequeños espasmos que salen de su cuerpo—. Tienes que crearlo —apremio.
—Tengo miedo —solloza, provocando que reaccione.
Cubro su cintura con uno de mis brazos, mientras su mano aprieta con fuerza mi mano libre, como si aferrarse a mí fuera la única manera de mantenerse segura.
—Maden —mi voz se quiebra mientras retrocedo—. El ceric.
Ella niega, llorando.
—No puedo…
—Sé que puedes. —La estrujo contra mi—. Si no lo haces, moriremos… —susurro sin soltarla.
Ella tiembla, pero asiente y lo intenta.
Justo cuando el ser está a punto de tocar nuestros rostros, un destello blanco me ciega y acto seguido noto algo frío entre mis dedos: el ceric ha aparecido. Cuando la luz desaparece, veo la daga. Su filo es dorado y la empuñadura de madera.
La criatura se mueve y el arma se hunde en su estómago. Siento como su sangre negra inunda nuestras palmas.
El ceric tira de mí introduciéndose por completo en su interior.
Una arcada sube por mi garganta cuando siento su cuerpo deshaciéndose sobre nosotras, pero consigo controlarla.
En cuestión de segundos el relif se ha convertido en un charco negro con olor a descomposición, haciendo que el arma también se desintegre.
El hedor me obliga a arrugar la nariz.
—¿Khione? ¿Maden? —La voz de mi hermano me saca del trance—. Tenemos que irnos —dice con urgencia cruzando el umbral.
—¿A dónde? —pregunto abrazando a Maden.
—A Eros.