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He estado dos meses alejada del pueblo y pese a que no ha cambiado mucho, no puedo evitar admirar lo precioso y acogedor que es. Todas las casas son de piedra, lo que hace que sean más resistentes a las bajas temperaturas que se alcanzan en este lugar.
Los tejados, normalmente rojizos, en esta época del año son casi blancos debido a la cantidad de nieve que cae, la cual se acumula en los laterales de las calles y ha sido apartada para despejar el camino de piedra.
En mitad del pueblo se encuentra la iglesia y su campanario, visibles desde casi cualquier calle. Justo al lado, la taberna de Briar, que emana una luz cálida contra el frío de fuera.
Dentro de la estancia me quito la túnica, y la cuelgo en el perchero junto a la entrada, dejando que el calor del interior me envuelva poco a poco.
La posada del viajero siempre tiene el mismo aire: madera vieja, olor a guiso y pasos ligeros en la planta superior, donde los peregrinos descansan antes de continuar su viaje hacia el Santuario de Ogonen.
Lo bueno de venir temprano es que está casi vacío. Apenas un par de viajeros en las mesas cercanas a la chimenea y tomo asiento junto al fuego, frotándome las manos aún entumecidas por el frío. Micah ha ido a pedir algo caliente.
Espero que sea leche de cebada; solo de pensarlo se me hace la boca agua.
Una sensación acogedora se extiende por todo mi cuerpo y me permito relajarme. El poco ruido que hay se desvanece poco a poco, y con él las preocupaciones.
El olor a infusión y azúcar quemada me recuerda las mañanas en las que mamá se levantaba antes y preparaba el desayuno para los tres.
Respiro hondo cuando siento las lágrimas queriendo salir. Pero tengo que ser fuerte. Por él.
Intento distraerme, y observo que la taberna ha sido remodelada. Las paredes donde se encuentran las chimeneas ahora están cubiertas por tablones grandes de madera, que mantienen mejor el calor en el lugar. En cambio, la entrada sigue siendo de piedra con un tono gris oscuro.
También me fijo en los nuevos cuadros que ha pintado Maden. Ha heredado el arte de Syla.
—Leche de cebada para mi hermanita. —Desvío la mirada de los lienzos para enfocar la atención en Micah—. A Maden cada vez se le da mejor difuminar los colores.
Arrastra una de las tazas hasta mis manos; al fin algo caliente entre mis dedos. Asiento y me la llevo los labios notando el calor de inmediato.
—Briar y Syla están intentando que siga llegando cebada a la taberna. —Su voz me saca de mis pensamientos—. Últimamente cruzar la frontera de Ayesha se está volviendo más complicado…
La puerta principal se abre, interrumpiendo a mi hermano, y un grupo de peregrinos entra en busca de hospedaje.
Una mujerona de cabello rubio corto casi rapado llama mi atención. Sus facciones son duras y muy marcadas. Al igual que la ropa que lleva, le queda bastante ajustada a su gran cuerpo, incluso podría decir que es más alta que Micah.
—He oído rumores. —Mi hermano prosigue tras beber un poco de su bebida, interrumpiendo mis pensamientos—. En la zona costera de Sagma, se han vuelto a producir pequeños incendios. Está vez han conseguido controlarlos, por suerte no han quemado ningún rucoya.
—¿Aún no saben quién provoca esos incendios?
—No. Creen que pueden ser Rhesar que estén aprendido a usar sus poderes de fuego, pero sigue siendo extraño que sean tan recurrentes.
Suspiro terminándome la leche. Tal vez solo sea eso, everen aprendiendo a usar sus poderes.
Pero, ¿por qué hacerlo en un bosque? Yo no sería capaz de aprender a usar ese don tan cerca de una zona con tanta vegetación.
Una melena pelirroja aparece en mi campo de visión y sonrío al ver a Maden, la hija de los taberneros.
—¡Khione! —chilla bajando las escaleras a toda prisa—. ¡Has vuelto! Pensé que no volverías —murmura contra mi hombro.
Se aparta un poco, retirándose unos rizos rebeldes que le caen por el rostro hasta las mejillas.
—He vuelto porque tenía ganas de verte. —La invito a que se siente a mi lado estrujándola contra mí.
—Mamá y yo hemos traído dulces del mercado.
Al verla rebuscar en la bolsa con el mismo entusiasmo de siempre, no puedo evitar recordar el día en que apareció en mi vida.
Fue durante uno de los entrenamientos de Micah en Neve.
Yo estaba sentada, descansando. No quería estar allí, aunque ni siquiera sabía muy bien por qué.
Nos mudamos en busca de otro trabajo para mamá y yo solo tenía esa sensación constante de incomodidad, como si no terminara de encajar en ese lugar.
Y entonces apareció ella. Con ese pelo rojo imposible de ignorar y una sonrisa sincera. En ese momento tendría unos diez años, pero la manera en la que me habló, tan segura y directa, me extrañó.
—Tú eres Khione, ¿verdad? —me preguntó. Me limité a asentir y sonreír.
—Soy Maden —añadió, acercándose sin ningún tipo de duda—.
Y estás sola. —Estoy bien, solo estoy descansando un poco —dije, observando cada uno de sus movimientos hasta que se sentó a mi lado, rozando su pierna con la mía.
—Ya… —ladeó la cabeza—. Pero yo no. —¿Cómo?
—fruncí el ceño. —No me gusta estar sola —dijo encogiéndose de hombros—. Así que me quedo contigo.
No me aparté cuando se quedó a mi lado.
Ese día no hablamos mucho más, pero tampoco hizo falta. Simplemente, ambas empezamos a tenernos la una a la otra.
De pronto, el suelo empieza a temblar. La oscuridad se cierne sobre nosotros durante unos instantes hasta que todo vuelve a iluminarse.
Por instinto, sujeto a Maden de la muñeca.
Mi corazón empieza a bombear sangre con rapidez, instalando en mí una sensación de alerta. De peligro.
La puerta principal se abre.
Dos quebrantadores de la Guardia Real Blanca atraviesan el umbral de madera. Sus túnicas blancas y largas, con adornos brillantes, rozan el suelo de piedra mientras avanzan con una calma que resulta inquietante.
Cada uno sostiene un bastón alto y dorado, cuya punta tiene una forma circular.
Sus rostros permanecen ocultos tras unas máscaras lisas y blancas en el centro.
Los laterales que la forman son de un tono más oscuro, y en la parte superior están coronadas con estructuras en forma de astas, evitando así saber su verdadera identidad.
Un escalofrío recorre mi cuerpo al darme cuenta de algo: son enviados por Callon.
Eso solo significa una cosa: Hay un Kovar de la creación.
Los pasos de la Guardia Real Blanca retumban a lo largo de toda la estancia, en la que solo estamos los taberneros, los peregrinos y nosotros tres .
El corazón me deja de latir en cuanto se paran delante de Maden.
No. No. Ella no.
—Maden Tikanoon —anuncia uno de los quebrantadores reales, el más bajito—. Tal y como la Ordenanza Primera, impuesta por la dragona Callon, todo everen que muestre un indicio del poder de la creación, esté en el territorio que esté, deberá ser entregado de inmediato.
—¡No tenéis pruebas de eso! —proclama Syla, que no sé en qué momento se ha situado delante de su hija—. Según define el Fuero Segundo de las normas de Tarred, las pruebas deben ser demostradas. De lo contrario dicha norma de la Ordenanza Primera quedará anulada.
El sonido de dos bastones golpeando el suelo simultáneamente vuelve mi visión borrosa.
Una serie de imágenes proyectadas por los quebrantadores reales muestran a Maden corriendo a través de las nevadas calles de Neve.
Mientras acelera sus pasos, sujeta con fuerza algo entre sus brazos, lo que parece un libro.
Sitúa su mano derecha sobre la portada y crea un portal el cual atraviesa tras tocarlo, apareciendo en su habitación.
Parpadeo varias veces para adaptar mejor mi visión a la estancia.
Mis pulsaciones aún siguen siendo altas. Si Maden es capaz de crear portales a su temprana edad, podría ser un peligro, pero también sería una Kovar de creación increíble.
El problema no es que Maden tenga un don, lo aterrador es cuál ha despertado en ella.
Y ya no solo eso, si no que Callon jamás perdona a quienes comparten su poder. Todos los everen con esa habilidad son llevados a Ayesha, frente a la dragona de la luz y la creación, y son ejecutados en la plaza de inmediato.
No puedo dejar que hagan eso con Maden.
—Las normas son las normas y hay que cumplirlas. —El quebrantador real alto aparta sin dificultad a la madre, lanzándola con fuerza hacia la barra.
—¡Mamá! —grita la pelirroja cuando su madre cae inconsciente al suelo. La sujeto de la cintura en cuanto decide salir corriendo hacia ella. —¡Suéltame Khione! —Su voz desgarrada parte mi corazón en dos, pero no pienso soltarla.
Sé que si lo hago se la llevarán.
—¡Que alguien la ayude! ¡No respira! —El grito del padre de Maden llama nuestra atención, y visualizó a Briar arrodillado junto a su mujer.
Desvío la mirada hacia mi hermano mayor, para después mirar de nuevo a Syla.
—Por favor —suplica llorando.
Los ojos grises de Micah conectan con los míos, y le ruego con la mirada que vaya a socorrer a la mujer.
Con todo lo que sabe sobre lo que mamá nos enseñó, puede hacer algo por ella. Él niega a la vez que yo asiento. Sé que no quiere alejarse de mí, pero ahora mismo Syla necesita ayuda y yo puedo defenderme en caso necesario.
Por favor vocalizo sin emitir sonido.
Una batalla de decisiones se libra en el interior de Micah, y un instante después corre hasta donde están los padres de Maden.
—No lo repetiremos: Maden Tikanoon, queda detenida por la Guardia Real Blanca por ser una Kovar de la creación —exclama el quebrantador que ha atacado a Syla con su voz autoritaria, a la vez que su mano libre agarra con fuerza el brazo de la pelirroja tirando hacia él.
En cuestión de segundos sujeto la muñeca del quebrantador real y empiezo a crearle heridas a lo largo de su brazo, notando como los músculos se rajan, y cada célula se rompe. Un calor se instala brevemente en la parte de atrás de mi oreja izquierda.
Un grito rompe el silencio de la sala, seguido por el golpe del bastón retumbando en el suelo.
Aún queda un quebrantador en pie, pero uno de los peregrinos ha formado una amalgama de piedras que crecen desde el suelo hasta su cuello, inmovilizándolo.
—¡Llévatela de aquí, Khione! —grita mi hermano y dudo durante un segundo, buscando su mirada—. Enseguida estoy con vosotras, te lo prometo.
— Dyavas nu hon nuara nun perti —decimos al unísono cuando nuestros ojos se conectan.
Que los dioses decidan nuestro sino , pienso con más fuerza.
Y, a pesar de que no quiero dejarlo solo —como ha hecho él antes cuando le he pedido que ayudara a Syla—, confío en su promesa.
Arrastro a Maden fuera de la posada y mi corazón se parte cuando empieza a gritar entre llantos, llamando a sus padres mientras me lo llevo lejos de la Guardia Real Blanca.