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Una vez fuera de la bañera noto como mis pulsaciones son más estables. Limpio con la mano mojada el vaho acumulado en el espejo, atreviéndome, por primera vez después de estos meses, a sostener la mirada a la persona que tengo delante.
Mi rostro está más pálido de lo habitual, ya que mi piel parece casi translúcida con la falta de luz que hay en el baño. Bajo mis ojos azul celeste se dibujan unas ojeras acentuadas y profundas, como si una parte de mi se hubiera ido con ella esa noche.
Mis pómulos salpicados por mis finas pecas apenas visibles ahora resaltan más de lo habitual, marcados por el sueño y por la falta de alimento.
Me acerco un poco más al espejo, viendo como mis labios resecos tiemblan, preguntándome si algún día volveré a ser la persona que era.
Noto mi respiración más tranquila y decido salir del baño, no sin antes vaciar la tina .
Sé que Micah tiene razón y que debo salir de aquí, pero entre estas cuatro paredes me siento a salvo, como si nadie ni nada pudiese hacerme daño.
—Venga, el desayuno se enfría. —La voz de mi hermano, seguida de unos golpes en la puerta me hacen darme algo de prisa.
Pese a que tengo aún el estómago cerrado, me dirijo a la cocina para intentar comer lo que ha preparado.
—¿Recuerdas el día que te montaste por primera vez en Icarus? —me pregunta en cuánto me siento en la silla, a la vez que él va colocando los platos.
Intento hacer memoria, pero no lo logro, negando varias veces con la cabeza.
—Estabas acojonada, me decías que Icarus era muy grande y que te ibas a caer.
Yo me puse a tu altura y te pregunté si confiabas en mí, a lo que tú asentiste sin dudar un segundo.
—Arrastra su silla y se sienta junto a mí—.
En cuanto nos fuimos acercando y viste que Icarus se tumbó en el suelo, tu miedo se desvaneció y dejó paso a la curiosidad, porque confiaste en lo que tu hermano te decía.
—Arrastra su silla y se sienta junto a mi—.
Lo que quiero decir es que vuelvas a confiar, igual que hiciste aquel día.
Salir y mantener tu cabeza entretenida te hará que duela un poco menos.
Las lágrimas recorren mi rostro y él no tarda ni un segundo en limpiarlas.
—Eres más fuerte de lo que crees, Khione. —Besa mi frente y lo envuelvo entre mis brazos.
Asiento porque me es imposible pronunciar palabra.
Sé que tiene razón y también sé que mamá no querría verme así. Le habría gustado que fuera feliz, no que viviera atrapada en el dolor y la angustia
No sé si aún estoy lista, pero quiero dar ese paso, tanto por ella como por mi hermano, pero sobre todo por mí.
Tal vez ni siquiera sea capaz de llegar hasta Neve, pero quiero intentarlo y confiar en la palabra de Micah como tantas otras veces he hecho.
—Creo que tienes razón… —digo, y él levanta la vista de su plato—. Te acompañaré a Neve, pero no sé si tendremos que darnos la vuelta antes de siquiera llegar.
—Que hayas decido salir, aunque solo sea fuera de la cabaña ya es un gran paso, Khione. —Se lleva un trozo de huevo cocido a la boca—. Yo no te voy a decir qué hacer o no, tú eres la que sabe cuándo está preparada para dar el siguiente paso. No sabes las ganas que Maden tiene de volver a verte.
El recordar a la pelirroja y su energía hace que sonría a la misma vez que mi hermano.
* * *
Pensar en que mamá hubiera querido que saliera y que no desperdiciara mi vida llorando, me ha animado un poco.
He cogido ropa de abrigo ya que vamos a ir volando a Neve sobre Icarus. Es la forma más rápida de llegar. Una vez en el exterior de la casa, el aire gélido del invierno me golpea
Una vez en el exterior de la casa, el aire gélido del invierno me golpea.
Me encamino hacia la parte de atrás de la cabaña viendo como mi hermano se acerca poco a poco a su leorus. Icarus lleva en la familia desde antes que yo naciera. Era el leorus de nuestra madre, pero ahora es de Micah.
El crujido suave de la nieve bajo mis pies me incita a tocarla. Sin pensarlo demasiado, me arrodillo para recoger un puñado entre mis manos, apretándolo hasta formar una bola torpe
Micah sigue de espaldas, ocupado con Icarus. Y por primera vez en semanas, siento un impulso distinto al dolor.
Le lanzo la bola directamente a la nuca.
—¡Khione! —se gira de golpe, incrédulo por mi reacción, mientras pequeños restos de nieve caen sobre sus hombros.
Una risa se me escapa antes de poder contenerla. Una de verdad
—Eso ha sido por obligarme a salir de casa. —Alzo las cejas y no puedo evitar esbozar una sonrisa.
—Ah, ¿sí? —entrecierra los ojos.
Apenas me da tiempo a reaccionar cuando él también se agacha y recoge nieve del suelo.
—Era broma, era broma —digo lo más rápido que puedo y levanto las manos en señal de rendición. La bola impacta directamente contra mi brazo y retrocedo entre risas, esquivándolo mientras él se acerca.
Y durante unos minutos, solo somos nosotros. Solo mi hermano y yo.
Mi lugar seguro .
Icarus empieza a emitir diferentes sonidos, tanto guturales, como graznidos en cuanto ve que Micah se aleja de él y ambos lo miramos sin dejar de sonreír. He montado varias veces en él pero hoy será la primera vez que volemos.
Antes de cruzar las puertas del corral, Micah me estrecha contra él y yo no puedo evitar devolverle el abrazo.
—Gracias —susurro contra su pecho.
—No tienes nada que agradecerme. —Deposita un beso en mi cabellera antes de separarse despacio.
El aire frío cruza entre nosotros cuando atravesamos hacia el interior de la cuadra. Apenas damos un par de pasos, una sombra alada se mueve inquieta al fondo.
—Hola, pequeñín —saluda Micah, cogiendo la montura colgada en la valla antes de acercarse para acariciarle la cabeza y el pico.
Icarus le responde restregándose contra su pecho, empujándolo un poco hacia atrás. Avanzo hacia ellos y cuando Icarus nota mi presencia, comienza a acercarse hacia mí acortando la distancia que nos separa.
El corazón me late frenéticamente por la emoción y más cuando empieza a jugar con mi cabello blanco.
—Creo que tu pelo tan claro le recuerda a mamá. —Micah empieza a ajustar la montura y me mira indicándome que prepare para subir—. Listo —le dice a su leorus y en un movimiento rápido y ágil, se monta. Acto seguido me ofrece su mano, para ayudarme a subir.
Coloco el pie en el estribo, tomando todo el impulso que puedo con su ayuda. No puedo evitar sonreír, ya que un cosquilleo me recorre por dentro, mientras me sitúo delante de Micah, y con una sola mirada me da a entender que yo seré quien maneje las riendas .
—Ni loca, Micah —me opongo sin sentirme preparada para manejarlo yo sola.
—Icarus se sabe el camino de memoria. Tú solo… déjate llevar. —responde. Giro mi cabeza y puedo ver su expresión de felicidad—. Ten, protégete los ojos con esto—. Una tela fina y casi transparente, de unos diez de anchura, aparece en mi campo de visión.
—Pero, con esto no veré nada. —La observo con detenimiento, mientras la deslizó entre mis manos, notando su tacto suave como la seda.
—Te aseguro que sí. A ver, no está terminada porque es algo nuevo que estamos probando en Eros. Fue idea de nuestra profesora de Enfermería. Probó a mezclar varios elementos que creía que podrían funcionar y salió bien.
Decido hacerle caso y lo anudo sobre mi pelo. En cuanto la tela roza la cuenca de mis ojos, se adapta a mí como una segunda piel, impidiendo que el poco aire que hace ahora mismo me golpee directamente. La visión es perfecta, es como si la tela hubiera desaparecido.
—Lo llamamos latka . No sabes lo que agradezco no tener que llevar las gafas de cuero, esta tela es muchísimo más cómoda; y te puedo asegurar que una vez puesto no se mueve.
—Sonrío mientras le escucho y llevo mis manos hacia la tela de nuevo.
Al tocarla ya no siento la suavidad de la seda, sino la de mi piel—.
Agárrate bien, Icarus está impaciente por volar.
Y dicho esto, la criatura estira sus alas como si quisiera aliviar la tensión acumulada al estar tanto tiempo en la misma posición.
Con un leve graznido se impulsa hacia el cielo y me aferro a las riendas mientras noto cómo el suelo empieza a alejarse demasiado rápido bajo nosotros.
—Micah… —murmuro, sin apartar la vista de la nieve que queda cada vez más lejos.
El viento colisiona contra mi rostro y puedo notar cómo mi piel se vuelve tensa. Un temblor recorre mi columna vertebral, y siento cómo el frío se filtra poco a poco entre los huecos de la ropa.
Cada latido retumba con fuerza dentro de mí y durante un instante pienso que no debería haber aceptado, que tal vez aún no estoy preparada para esto.
Mis manos tiemblan ligeramente sobre las riendas.
—Tranquila —susurra Micah cerca de mi oído para que lo escuche, apoyando sus manos sobre las mías—. Icarus sabe lo que hace.
Trago saliva e intento regular mi respiración mientras mantengo la vista fija en el frente, obligándome a no mirar hacia abajo.
Poco a poco me voy relajando, y la angustia que llevaba arrastrando desde el baño pierde fuerza. Sigue ahí, escondida en algún rincón de mi pecho, pero ya no pesa tanto como antes.
El aire sigue siendo frío, pero ya no me resulta tan insoportable como al principio. Me atrevo a levantar un poco más la vista y veo las montañas cubiertas de nieve que se extienden bajo nosotros.
Ahora, aquí montada sobre Icarus, siento por primera vez en mucho tiempo que quizá todavía soy capaz de seguir adelante. No solo por mí, sino también por mi hermano.
La postura de mis manos sobre las cuerdas es firme, incluso tensa, volviendo mis nudillos blancos por el esfuerzo de sujetar las riendas. Icarus sabe lo que tiene que hacer, lo sé, porque yo ni siquiera me he movido.
No temo a las alturas, pero un cosquilleo me recorre el estómago debido a la adrenalina y emoción de montar. También por haber dado este paso gracias a mi hermano.
—Relaja el agarre y déjate llevar. Confía en él —dice, pero esta vez, su voz suena como si estuviera siendo soplada, como un sonido que no está completamente definido
Aflojo el agarre de las cuerdas y comenzamos a girar suavemente hacia la izquierda. Pese a que manejar a un animal tan grande como es un leorus no es algo que se aprenda en el primer día, sé que Icarus está más que enseñado por mi madre y mi hermano, por eso se siente tan liviano y sencillo.
Llevar las riendas me hace sentir segura, teniendo en cuenta que estamos a una altura considerablemente alta.
El paisaje es precioso. Desde esta posición puedo ver el lago negro de Nerym y la cordillera nevada de Rev, en la que destacan los tres picos más altos de todo Theyra.
Icarus pasa volando muy cerca de las montañas y la temperatura baja aún más, provocando por todo mi cuerpo una sensación de entumecimiento.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro. Tal vez seguir adelante no sea tan imposible como creía.
Intento guiar a Icarus por toda la zona que abarca Tarred dando la vuelta hacia el pueblo. El invierno ha camuflado los tejados de color blanco y el lago ha cobrado un tono gris al haberse congelado debido a las bajas temperaturas que se alcanza en esta zona.
—Pararemos en la posada —anuncia mi hermano.
Con su mano me señala una zona vallada, lo que entiendo que es la parte en la que Icarus esperará.
Me preparo mentalmente para un gran golpe, pero lo único que siento es más estabilidad y menos aire. Hemos pisado tierra firme y es algo que agradezco más de lo que esperaba.
—No lo has hecho tan mal para ser la primera vez —dice cuando cierra la puerta del corral, pasándome un brazo por mis hombros, atrayéndome hacía él—. Pese a que eres una miedosa…
Aunque lo empujo burlonamente para alejarlo, eso no evita que su risa llene mis oídos.
—Ha sido gracias a ti. —Acelero el paso cuando noto que me deja atrás.
En cuanto veo el pueblo, una calidez inesperada se extiende por mi pecho. Ayer no me hubiera imaginado que hoy sería capaz de salir y venir a Neve en el mismo día.
Ha ocurrido en el momento en el que monté en Icarus. He sentido esa chispa que tanto necesitaba y, por primera vez en mucho tiempo, me siento orgullosa. Estoy segura de que, donde quiera que esté mi madre, también lo estaría. Micah tenía razón. Salir de casa me ha ayudado a despejar la mente.
Nadie más sabe que todo lo que estoy haciendo es porque sé que se lo debo a la mujer que me crió y a mi mayor apoyo: mi hermano. Así que me he tragado ese miedo y me he esforzado por salir del agujero en el que me estaba consumiendo.