Verdades Ocultas (Destino Sellado 1) 1
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Abro la ventana, y dejo que el aire fresco del exterior inunde mis pulmones, notando como las gotas de sudor siguen cayendo por mi espalda. Mis manos siguen temblando por la pesadilla. Cierro los ojos e inhalo una bocanada de aire. Noto como mi pulso empieza a estabilizarse.

Un graznido me indica que Micah acaba de llegar con su leorus .

Decido abrir los ojos para observar cada movimiento que hacen, intentando centrar toda mi atención en ellos.

Mi hermano se baja de Icarus, quien ocupa buena parte del corral.

Incluso con las alas recogidas contra su cuerpo, estas sobresalen por encima de su espalda, cubiertas de plumas negras.

Su cuello largo se inclina hacia las patas delanteras mientras limpia con el pico las garras cubiertas de nieve, con movimientos tranquilos.

Repite el mismo gesto con las traseras, para después sacudirse con suavidad los restos.

Su cola larga se mueve detrás de él, trazando dibujos irregulares sobre la nieve .

Pese a que el sol apenas asoma, su pelaje oscuro, que cubre gran parte de su cuerpo, brilla suavemente, como si cada pluma atrapara la luz del amanecer.

Desde aquí Icarus parece pequeño, pero cuando mi hermano se baja de su lomo, se puede ver perfectamente su verdadero tamaño. Apenas le llega por debajo del cuello.

Mi hermano le quita la silla de montar, dejándola en la madera que forma el corral.

Bajo las escaleras a su encuentro y nada más abrir la puerta, me lanzo a sus brazos. Tarda un poco en reaccionar, pero en cuestión de segundos vuelvo a enterrar mi cabeza en su pecho.

—He vuelto a soñar con mamá —murmuro—. Yo…

Antes de que pueda articular una palabra más, me guía hacia el pequeño sofá que tenemos en la cocina, justo enfrente de la chimenea. Intento relajarme y le cuento lo que he soñado.

—¿Por qué no puedo ser como tú?

—Eso es debido al trauma, Khione. Cada persona es un mundo y cada uno afronta el duelo de forma diferente. —Siento sus dedos, aún fríos por el viaje, limpiarme las lágrimas—. No hay forma buena o mala de superar la pérdida de un ser querido, cada uno lo asimila a su manera.

Aquella noche la sigo teniendo borrosa y por mucho que intento forzar mi mente para recordar lo que pasó, es como si mi cabeza intentara protegerme de ese recuerdo.

—Deberías venir conmigo a Neve —Sus ojos grisáceos me observan con cariño—. Llevas mucho tiempo aquí encerrada y te vendría bien volver a relacionarte con personas.

—No sé si estoy preparada para volver a casa, Micah.

Mi mirada recorre la pequeña cabaña. Aún hay varias cajas sin deshacer junto a una de las paredes. Algunas de mis cosas siguen guardadas desde que llegamos aquí, como si una parte de mí se negara a aceptar que llevamos dos meses viviendo en este lugar.

Echo de menos mi habitación y el olor de mamá cuando entraba para despertarme.

—No tienes que decidirlo ahora, pero creo que volver un poco a la rutina te podría ayudar. —Se levanta del sofá, sus ojos grises, suaves y llenos de preocupación, se clavan en mí antes de darse la vuelta y dirigirse a la cocina—. Si quieres, date una ducha mientras preparo algo para desayunar.

Me limito a asentir, tras coger el cazo que descansa sobre las brasas en la cocina.

Sé que podría tener razón, y que mantener la cabeza ocupada me ayudará a evitar que los pensamientos y emociones dolorosas se apoderen de mí, al menos durante la mayor parte del tiempo.

Una vez en el baño, relleno el agua y tiro de la cuerda que sujeta el caldero. El agua cae directamente en la tina desde el conducto de hierro. Sé que lo debería haber calentado un poco más, pero ahora mismo no me importa.

Introduzco un pie en la tina, pero en cuanto el agua roza mi piel, un escalofrío me recorre todo el cuerpo y me traslada de inmediato al pasado.

Lo poco que recuerdo de aquella noche vuelve a golpearme y me obliga a hacerme un ovillo agarrando mis piernas contra mi pecho, dándome cuenta de que me he metido con la ropa a la ducha y no he soltado la cuerda.

Empiezo a llorar mientras la poca agua que queda sigue cayendo sobre mí, mezclándose con mis lágrimas de dolor. Solo sé que estoy atrapada en ese recuerdo, presa del dolor y el pánico que se repite una y otra vez en mi cabeza.

El aire parece más denso con cada bocanada, como si me quemara por dentro. La visión se me nubla y el mundo empieza a alejarse poco a poco.

Una sensación de vacío se apodera de mí, junto con la esperanza de que Micah interrumpa y me ayude a salir de este trance. Pero nunca llega.

Instintivamente mi mano viaja de forma automática al collar con forma de luna plateada que escondo bajo la ropa, aferrándome a él. No recuerdo exactamente cuándo me lo dio mi hermano, pero desde entonces nunca me lo he quitado.

Y gracias a eso, consigo controlar mi respiración.