Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 37
98%

Capítulo 37

Cuando llegué a casa, Madrid olía a asfalto caliente.

Después de dos meses despertándome con el sonido del mar, el ruido de los coches me pareció casi violento.

El bus avanzó por calles conocidas mientras yo miraba por la ventanilla y tenía la sensación extraña de reconocerlo todo sin sentir que terminaba de pertenecer allí todavía.

Mi madre me había mandado seis mensajes desde que aterricé.

Mamá: ¿Has llegado?

Mamá: Mia

Mamá: Contesta

Mamá: He hecho tortilla

Mamá: Y tengo helado

Mamá: Como no respondas llamo a emergencias

Sonreí por primera vez desde que había despegado.

Mia: Estoy llegando. No llames a nadie, por favor

Mamá: ¿Qué tal el vuelo?

Miré la pantalla unos segundos.

Mia: Bien

No tenía energía para contarle el resto.

El bus se detuvo cerca del portal, arrastré el equipaje hasta la acera y levanté la vista hacia el edificio donde había vivido prácticamente toda mi vida. Entonces lo vi. Manu estaba sentado en el escalón de la entrada.

Durante un momento pensé que mi cabeza estaba haciendo una de esas cosas crueles que ocurren cuando echas tanto de menos a alguien, que les pones caras conocidas a desconocidos.

Porque Manu pertenecía a Mallorca. A las calas, al Bellamar, a los coches con las ventanillas bajadas y a las noches que olían a sal.

Verlo allí, delante del portal de mi casa, entre contenedores, coches aparcados en doble fila y el ruido de Madrid, era como encontrar una parte del verano en el sitio equivocado.

Me quedé quieta en mitad de la acera. Él levantó la cabeza y todo ocurrió en su cara al mismo tiempo. El alivio, el miedo, una sonrisa que apareció y desapareció antes de terminar de formarse.

Se puso de pie.

—Hola.

No me moví.

—¿Qué haces aquí?

—Esperarte.

La palabra me golpeó directamente en el pecho. Miré alrededor, como si Madrid pudiera ofrecerme alguna explicación más razonable.

—¿Cómo sabes dónde vivo?

—Carla.

Por supuesto.

Volví a mirarlo. Había imaginado tantas veces que Manu aparecía en el aeropuerto que verlo allí, delante de mi portal, me producía algo completamente extraño, distinto a la felicidad. Era demasiado tarde para la escena que yo había esperado.

—No viniste.

La sonrisa desapareció de su cara.

—Lo sé.

—Te esperé.

Esta vez la voz sí me tembló. Manu dio un paso hacia mí y se detuvo cuando vio que yo no me movía.

—Llegué tarde.

Solté una risa pequeña, sin humor.

—Eso ya lo había deducido.

—Mia.

—No. —Negué con la cabeza—. No puedes aparecer aquí y hacer como si nada hubiera pasado. Fallaste tu promesa.

—No estoy haciendo eso.

—Entonces ¿qué haces?

Manu respiró hondo.

—Intentando demostrarte que me importas.

Eso me dejó quieta. Él se pasó una mano por el pelo.

—La reunión se alargó. Me quedé porque pensé que todavía tenía tiempo y porque... no sé. Porque llevo toda la vida pensando que siempre puedo hacer las dos cosas. Cumplir con todo lo que esperan de mí y luego correr para llegar al resto. —Bajó la vista un segundo—. Pero no funciona.

No dije nada.

—Llegué al aeropuerto cuando acababan de cerrar puertas. Te vi, grité tu nombre, intenté llamarte, pero no tenía batería. Vi despegar un avión que podía ser el tuyo y pensé que había conseguido hacer exactamente lo que te prometí que no haría.

Tragué saliva.

—¿Y entonces?

—Entonces vine.

Lo miré.

—¿Cómo?

—El avión de la empresa.

Parpadeé.

—¿Has cogido un avión privado para venir hasta Usera?

Por primera vez, una sonrisa pequeña le movió la boca.

—Cuando lo dices así suena bastante ridículo.

—Es completamente ridículo.

—Ya.

—Manu.

—Domingo —corrigió automáticamente.

Lo miré con incredulidad.

—¿En serio?

—Perdón. Nervios.

Y, contra toda lógica, se me escapó una risa. Manu me observó como si aquello le hubiera dado un poco de aire.

—Me fui de la reunión —continuó—. Mi padre salió detrás de mí. Discutimos.

—¿Mucho?

Soltó una risa seca.

—Bastante.

—¿Y?

Se quedó en silencio durante unos segundos.

—Me dijo que, si me iba, no volviera esperando que todo siguiera siendo mío.

Sentí un nudo en el estómago.

—Manu...

—Está bien.

—No, no está bien.

—No. Probablemente no. —Se encogió ligeramente de hombros—. Pero creo que necesitaba que pasara.

Lo miré sin entender.

—¿Por qué?

Manu volvió a acercarse un paso. Esta vez no me aparté.

—Porque toda mi vida he pensado que elegir significaba perder algo. Que si decía que no a mi padre, perdía a mi familia. Que si no hacía lo que esperaban, perdía mi futuro. Que si estaba contigo, tarde o temprano terminaría haciéndote daño.

Sus ojos encontraron los míos.

—Y al final, por intentar no elegir nada, casi te pierdo a ti.

El ruido de Madrid seguía alrededor. Un autobús pasó al final de la calle. Alguien cerró una persiana. Una mujer salió del edificio de al lado arrastrando un perro pequeño que no parecía tener ninguna intención de pasear.

Pero yo solo podía mirarlo a él.

—No quiero que cambies toda tu vida por mí.

—No lo he hecho por ti. Tú solo has conseguido que me dé cuenta de que llevaba años viviendo una vida que ni siquiera sabía si quería.

—No voy a incorporarme a las oficinas de Barcelona en septiembre.

Le he dicho a mi padre que quiero pasar un año en Mallorca, trabajando en operaciones del Bellamar de verdad.

Sin fingir que sentarme en una reunión es lo mismo que saber qué ocurre en un hotel.

Si algún día entro en la empresa, quiero saber que es porque yo lo elegí.

—¿Y tu padre?

—Está enfadado. Mi madre cree que sobrevivirá.

Sentí algo aflojarse dentro de mí.

—Entonces ¿qué quieres?

La pregunta quedó entre los dos. Manu me miró como si, por primera vez, supiera la respuesta.

—A ti.

Mi corazón dio un golpe.

—Manu...

—Estoy enamorado de ti, Mia.

No respiré. Creo que ni siquiera pestañeé. Él soltó una pequeña risa nerviosa.

—Llevo semanas intentando encontrar una forma menos aterradora de decirlo, pero no existe. Estoy enamorado de ti. Muchísimo. Y he sido un imbécil porque pensaba que protegerte era mantenerte lejos de todo lo complicado de mi vida cuando lo único que estaba haciendo era dejarte fuera.

Me mordí el interior de la mejilla.

—Eso no arregla todo.

—Ya lo sé.

—Tampoco sé si puedo confiar en que la próxima vez llegues.

Manu asintió. No intentó discutirlo ni prometerme que jamás volvería a fallar.

—Entonces no me creas todavía —dijo—. Déjame demostrártelo.

—Tu padre sigue existiendo. Yo vivo en Madrid. Tú no sabes dónde vas a vivir. Ni qué va a ser de tu futuro.

—Tampoco.

—Tu plan es pésimo.

—Es probablemente el peor plan que he tenido nunca.

Lo miré durante unos segundos.

—Entonces ¿qué estás proponiendo?

Manu respiró hondo.

—Intentarlo.

No dijo para siempre. No dijo que todo sería fácil. No prometió septiembre, ni diciembre, ni ninguna de esas cosas enormes que la gente dice cuando quiere convencerte de que el futuro puede controlarse.

Solo eso. Intentarlo.

—Quiero ir a Madrid. Quiero que vengas a Mallorca.

Quiero discutir contigo porque criticas mi agua con gas y quiero seguir comprando croquetas raras porque sé que te hacen feliz.

Quiero que conozcas todas las partes de mi vida.

Y quiero conocer la tuya. —Se acercó un poco más—.

No sé cómo va a funcionar, Mia. Pero quiero averiguarlo contigo.

Sentí que los ojos empezaban a escocerme.

—Me hiciste esperar.

La expresión se le rompió ligeramente.

—Lo sé.

Me miró con una seriedad que hizo desaparecer cualquier resto de broma.

—No voy a pedirte que vuelvas a esperarme. —Se detuvo a menos de un paso de mí—. Esta vez he venido yo.

Ahí fue. Ahí se rompió todo lo que todavía estaba intentando sujetar.

Porque durante años había pensado que querer a alguien significaba esperar a que decidiera quedarse.

Esperar una llamada, esperar un coche frente a casa, esperar una disculpa.

Esperar que, por una vez, no hubiera otra persona, otro trabajo o una vida entera más importante que yo.

Y Manu había llegado tarde. Había cometido exactamente el error que más miedo me daba. Pero después había hecho algo que nadie había hecho antes. Había vuelto. No porque fuera fácil. No porque no tuviera nada que perder. Había vuelto porque, esta vez, me había elegido por encima del resto.

Sonreí aunque ya estaba llorando.

—Eres idiota.

—Muchísimo.

—Y llegas tarde.

—También.

—Y sigo bastante enfadada contigo.

—Lo entiendo.

—Y no pienso ponértelo fácil.

Sonrió pícaro.

—Nunca lo haces.

Lo empujé ligeramente por el pecho. Negué con la cabeza. Y entonces lo besé.

Manu tardó menos de un segundo en reaccionar. Sus manos encontraron mi cintura y me acercó hacia él con tanta fuerza que solté una risa contra su cara. Me besó como en el mirador, como en su coche, como aquella primera vez en que parecía haber pasado semanas enteras intentando no hacerlo.

Pero esta vez fue diferente. Porque ya no había un septiembre esperando para separarnos. Septiembre había llegado. Y él seguía allí.

Me separé apenas lo suficiente para respirar. Manu apoyó la frente contra la mía.

—Entonces... ¿lo intentamos?

—No sé.

Su cara cambió. Esperé dos segundos.

—Mia.

Me reí.

—Ahora sabes lo que se siente.

—Eso ha sido cruel.

—Un poco.

Volví a besarlo antes de que pudiera protestar.

—Sí —murmuré contra su boca—. Lo intentamos.

Sentí cómo sonreía. Detrás de nosotros se abrió la puerta del portal. Mi madre apareció con una bolsa de basura en una mano. Nos quedamos los tres completamente quietos.

Ella miró primero a Manu. Después a mí. Luego a la maleta abandonada en mitad de la acera.

—¿Este es el rico?

Cerré los ojos.

—Mamá.

Manu soltó una carcajada. Una carcajada real, fuerte, completamente fuera de lugar. Mi madre entrecerró los ojos.

—¿De qué te ríes?

—De nada. Perdón.

—Más te vale.

Lo miré y él intentó contener la sonrisa.

—¿Vas a presentármelo o vais a quedaros besándoos en la puerta toda la tarde?

Sentí cómo se me incendiaba la cara.

—Mamá.

—¿Qué? He hecho tortilla.

Manu me miró.

—Me encanta la tortilla.

Mi madre abrió la puerta del portal.

—Pues subid antes de que se enfríe.

Entró sin esperar respuesta. Me quedé mirando a Manu.

—Bienvenido a mi vida.

Él cogió mi maleta del suelo.

—Tiene buena pinta.

—Llevas aquí treinta segundos.

—Los mejores de mi vida.

Manu entrelazó sus dedos con los míos y entramos juntos en el portal.

Por primera vez, no necesitaba saber exactamente qué iba a pasar después. Solo que esta vez los dos habíamos decidido averiguarlo.