Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Epílogo
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Epílogo

Cuatro meses después

El aterrizaje fue sorprendentemente suave.

Me quedé sentada un momento después de que se apagara la señal del cinturón, mirando por la ventanilla mientras las luces de la pista aparecían bajo un cielo de diciembre.

Mallorca seguía siendo Mallorca incluso sin calor.

El mar se intuía oscuro al otro lado del aeropuerto y, por primera vez desde julio, no tenía la sensación de estar llegando a un lugar capaz de cambiarme la vida. Quizá porque ya lo había hecho.

Mi móvil vibró en cuanto recuperé cobertura.

Manu: Estoy fuera

Manu: Y antes de que preguntes, sí, he llegado a tiempo

Sonreí.

Yo: Milagro navideño

Manu: Te odio

Yo: Mentira

Manu: Bastante

Había vuelto a Madrid con el dinero suficiente para pagar el curso y, cuando por fin llegó la resolución de la beca, sentí que podía respirar del todo.

Y cuatro meses daban para muchas cosas: para empezar un nuevo curso, descubrir que una asignatura de lingüística podía arruinarte una semana entera…

También daban para aprender que una relación a distancia no se parecía a las películas: había videollamadas con mala conexión, vuelos caros, fines de semana que terminaban demasiado rápido y discusiones absurdas sobre quién había sido el último en llamar.

Pero Manu había venido a Madrid dos veces: una para conocer oficialmente a mi madre sin una bolsa de basura de por medio y otra porque tenía una reunión en Barcelona al día siguiente y decidió que, según él, «Madrid estaba prácticamente de camino».

Geográficamente, era una barbaridad. Emocionalmente, no quise discutirlo.

Yo también había ido a Mallorca un par de veces: una en octubre y otra en noviembre. En esta ocasión, Nico y Carla se unirían a nosotros para pasar los cuatro el fin de año.

Cuando crucé las puertas de llegadas, lo encontré apoyado contra una columna, con las manos dentro de los bolsillos del abrigo.

No llevaba flores ni un cartel con mi nombre ni nada remotamente cinematográfico.

Solo esa sonrisa suya, la que aparecía primero en los ojos, y un café en la mano izquierda.

—Sin azúcar —dijo cuando llegué a su altura.

Cogí el vaso.

—Has aprendido.

—Estoy en proceso.

—¿Cuánto llevas esperando?

—Ocho minutos.

—Eso cuenta como puntualidad.

—No te acostumbres.

Le di un golpe en el brazo y Manu se rio antes de rodearme la cintura. El beso fue corto porque había gente pasando a nuestro alrededor y porque, cuatro meses después, seguía pareciéndome extraño lo fácil que se había vuelto algo que durante semanas nos había costado tanto.

—Hola —murmuró contra mi frente.

—Hola, Domingo.

—Te he echado de menos.

—Yo también.

No era una frase nueva. La diferencia era que ya no sonaba a despedida.

Había algo distinto en él. No era evidente.

Seguía conduciendo con una mano, seguía llevando camisas que probablemente costaban más de lo que quería saber y seguía contestando llamadas de trabajo con una seriedad que desaparecía en cuanto colgaba.

Pero ya no parecía transformarse cada vez que sonaba el teléfono. Había aprendido a no contestar algunas.

Después de Madrid, cumplió lo que me había dicho. No se incorporó a las oficinas de Barcelona. Su padre estuvo casi dos semanas sin dirigirle más palabras de las estrictamente necesarias y luego, según Claudia, pasó a la fase en la que mandaba correos larguísimos con asuntos en mayúsculas.

Manu empezó a trabajar en operaciones del Bellamar.

De verdad. Horarios, proveedores, personal, mantenimiento.

El primer mes lo pusieron a acompañar al jefe de recepción durante un cambio de turno y me llamó a las once de la noche para decirme que quería pedir perdón retroactivamente a todas las personas a las que alguna vez había solicitado algo «rapidito».

No sabía si terminaría dirigiendo los hoteles de su familia. Él tampoco. Y esa era precisamente la novedad. Ahora podía no saberlo sin que otra persona respondiera por él.

Cuando llegamos a su casa, dejé la maleta junto a la entrada y miré alrededor. Todo parecía igual: la piedra clara, los muebles perfectos, el piano que nadie tocaba, los lirios cuidadosamente colocados sobre una mesa.

—Sigue siendo ofensivamente bonita —dije.

Manu cerró la puerta.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo acepto igual.

Iba a subir la maleta cuando me agarró de la muñeca.

—Antes quiero enseñarte algo.

Lo miré con desconfianza.

—La última vez que dijiste eso acabé enamorada y con problemas logísticos entre comunidades autónomas.

—Esta vez es menos grave.

—Eso dices tú.

Me llevó hacia el jardín. El cielo estaba gris y el agua de la piscina tenía ese azul imposible que parecía todavía más frío en diciembre. Di dos pasos sobre la terraza y me detuve.

Al otro extremo de la piscina había un tobogán amarillo. No uno discreto ni elegante. Un tobogán amarillo chillón, absurdo, completamente incompatible con cualquier revista de arquitectura que hubiera fotografiado aquella casa.

Me quedé mirándolo. Luego miré a Manu. Después, otra vez el tobogán.

—No.

Él se metió las manos en los bolsillos, intentando parecer serio.

—Sí.

—Has puesto un tobogán.

—Tú dijiste que le faltaba uno.

—¡Estaba bromeando!

—Yo no.

Me eché a reír. No una risa bonita ni contenida. Una carcajada que me obligó a doblarme ligeramente mientras Manu empezaba a sonreír también.

—Es horroroso —conseguí decir.

—Me ha costado mucho encontrar exactamente ese amarillo.

—¿Por qué?

—Porque dijiste que tenía que ser amarillo.

La risa se me quedó atrapada en algún sitio del pecho. Había cosas que una persona podía comprar con dinero. Un avión, una casa frente al mar, una piscina demasiado grande.

Y luego estaban las cosas pequeñas. Recordar una frase absurda pronunciada meses atrás. Escucharla. Guardarla. Hacerle sitio.

Me acerqué al borde de la piscina.

—Tu padre debe de odiarlo.

—Muchísimo.

—Entonces me encanta.

Manu se puso a mi lado.

—Mi madre dice que arruina la vista.

—Tu madre tiene razón.

—Claudia quiere poner otro.

—Claudia es una visionaria.

Nos quedamos mirando aquella aberración amarilla en silencio.

La casa seguía siendo preciosa, ordenada y probablemente igual de cara.

Pero ya no parecía un lugar donde nadie pudiera mover nada.

Había una manta mal doblada sobre uno de los sofás de la terraza, dos tazas olvidadas junto a la puerta y un tobogán ridículo rompiendo la línea perfecta de la piscina.

Por primera vez, parecía una casa donde Manu vivía y no una vida que alguien hubiera decorado para él. Lo abracé por detrás mientras observábamos aquella cosa amarilla y chillona en medio del decorado perfecto.

—¿Entramos? Hace frío.

Manu no se movió.

—Una cosa más.

—¿Hay otro tobogán?

—Todavía no.

Se giró hacia mí y me cogió las manos.

—Gracias por volver.

La frase fue sencilla. Sin promesas enormes. Sin dramatismo. Aun así, reconocí al chico de la cala escondida, al del mirador, al que había llegado tarde y después había cruzado el país para encontrarme.

Apreté sus dedos.

—Gracias por seguir aquí.

Manu sonrió y se inclinó para besarme. Septiembre había pasado. Después, octubre. Después, noviembre. Y, aun así, Manu seguía allí.

Yo también.

Mi móvil vibró cuando ya estábamos dentro de la casa.

Carla: ¿Te puedo llamar?

Carla: Necesito hablar contigo antes de ver a Nico

Un tercer mensaje apareció mientras lo estaba leyendo.

Carla: Y prométeme que no se lo contarás a nadie

Levanté la vista hacia Manu.

—¿Tú sabes si ha seguido pasando algo entre Nico y Carla?

Intentó poner cara de inocencia y fracasó.

—No. Nico nunca ha sabido disimular cuando le interesa alguien, pero cada vez que sale el nombre de Carla cambia de tema. Es extraño.

Carla tampoco me había contado nada durante aquellos meses, y eso que hablábamos cada semana. Alguna vez había mencionado a Nico de pasada, casi siempre con ese enfado suyo que nunca terminaba de parecer enfado de verdad, pero  siempre cambiaba de tema antes de que pudiera preguntarle.

—Voy a llamarla un segundo.

Me aparté y fui hasta el pasillo antes de iniciar la videollamada. Carla contestó casi de inmediato.

Estaba sentada en el suelo del baño, con la espalda apoyada contra la bañera y los ojos enrojecidos.

—Carla, ¿qué pasa?

—¿Estás sola?

Miré hacia el salón. Manu había dejado el abrigo sobre una silla y estaba de espaldas a mí, lo bastante lejos como para no oír la conversación.

—Sí.

—Prométeme que no vas a decirle nada. Ni siquiera a él.

—Te lo prometo.

Carla bajó la vista. Durante unos segundos, solo escuché su respiración.

—Me estás asustando.

Se secó una lágrima con el dorso de la mano.

—Llevo dos semanas de retraso.

Sentí que se me cerraba el estómago.

—¿Te has hecho una prueba?

Sus ojos se desviaron hacia la parte superior de la pantalla al recibir una notificación. Carla cerró los ojos.

—Y ese no es el único problema.