Capítulo 36
Manu
Salí de la casa del personal poco antes de las seis de la mañana. El cielo empezaba a aclararse detrás de los edificios y el camino hasta el hotel estaba vacío, salvo por un trabajador de cocina que fumaba junto a la entrada y tuvo la amabilidad de fingir que no me había visto salir de allí.
Todavía podía sentir a Mia sobre la piel. Su respiración contra mi pecho, la suavidad de su pelo, la forma en que había preguntado si estaba seguro de que iría al aeropuerto. Había querido contestarle que sí sin dudar, que no tenía por qué volver a preguntármelo.
—Seguro —le había dicho.
No quería ser otro hombre que incumpliera sus promesas.
Conduje hasta casa con las ventanillas bajadas y el volumen de la radio tan bajo que apenas distinguía la música.
Tenía que ducharme, cambiarme y llegar al hotel antes de las ocho.
La reunión llevaba meses preparándose. Socios de Barcelona, abogados, el equipo financiero y una propuesta de expansión que mi padre consideraba el principio oficial de mi futuro dentro de la empresa.
Yo solo pensaba en la hora de salida del vuelo de Mia.
Lo había comprobado tres veces antes de dormir.
También la duración aproximada del trayecto hasta el aeropuerto, el tiempo que tardaría en aparcar y el margen necesario para encontrarla antes de que pasara el control.
Podía hacerlo. La reunión terminaría sobre las dos.
Había una hora hasta el aeropuerto, contando aparcar.
Su vuelo salía pasadas las cuatro. Incluso si se alargaba un poco, llegaría.
Me duché rápido. La noche anterior seguía adherida a mí de una forma que no quería borrar. Cuando salí, encontré encima de la cama el traje que alguien de casa había dejado preparado. Azul oscuro, camisa blanca, zapatos que nunca habría elegido voluntariamente.
Durante años me había vestido así sin pensar demasiado. Aquella mañana, al mirarme en el espejo, tuve la impresión de estar viendo la versión de mí que todos conocían menos Mia.
Ella conocía al que robaba croquetas de la cocina, se escondía junto al mar y quería poner un tobogán amarillo en una piscina diseñada por alguien muy serio. Al que no sabía qué quería hacer con su vida, pero sí sabía exactamente cómo sonaba su risa desde el otro lado de una terraza.
Cogí el móvil antes de salir. Estuve a punto de escribirle. Algo sencillo: Nos vemos en unas horas. Sin embargo, seguramente estaría trabajando y preferí no molestarla.
Además, ya se lo había prometido. No hacía falta repetirlo. Ese fue mi primer error.
La reunión empezó a las ocho y diez. Mi padre ocupó la cabecera de la mesa y yo me senté a su derecha, frente a una pantalla donde se sucedían previsiones, planos y cifras.
Durante la primera hora logré seguir la conversación.
Contesté preguntas, defendí parte de la propuesta y corregí una estimación que no tenía en cuenta los costes reales del personal.
Mi padre me observó durante unos segundos cuando insistí en ello, quizá recordando la discusión por las horas extraordinarias de la tormenta. No dijo nada delante de los socios, pero supe que volveríamos al tema.
A las nueve y media miré el reloj por primera vez. A las doce y cuarto, había perdido la cuenta.
El móvil permanecía boca abajo junto a mi carpeta. No lo había cargado por la noche y tenía poca batería. Tampoco tenía mensajes de Mia. Estaría terminando el turno, despidiéndose, cerrando la maleta.
A las dos, cuando la reunión debía terminar, uno de los abogados anunció que quedaba pendiente revisar una modificación contractual. Mi padre pidió que trajeran otra ronda de cafés.
Sentí la primera punzada de inquietud.
—Tengo que marcharme antes de las dos y media —le dije en voz baja.
Ni siquiera me miró.
—No.
—No era una pregunta.
Entonces giró la cabeza.
—Los socios han venido desde Barcelona para esto, Manuel. No vas a levantarte a mitad de una reunión.
—La reunión debía acabar a las dos.
—Las reuniones terminan cuando el trabajo está hecho.
La frase me produjo una sensación conocida. Esa idea de que todo lo demás podía esperar mientras existiera una obligación que él considerara importante.
Miré el reloj otra vez. Todavía podía llegar. Me quedé.
Ese fue el segundo error.
La conversación continuó durante cuarenta minutos más.
Intenté participar, pero las cifras dejaron de tener sentido.
Pensaba en Mia mirando la puerta cada vez que se abriera.
En la forma en que me había dicho que no quería quedarse esperando.
En lo rápido que había contestado que no tendría que hacerlo.
A las dos y cuarenta y siete cogí el móvil debajo de la mesa. Tres llamadas de Nico. Un mensaje. Un 3% de batería.
Nico: donde coño estas?
Nico: ya estamos en el aeropuerto
Sentí que algo se me hundía en el estómago.
Me levanté con calma, recogí el móvil y cerré la carpeta que tenía delante. Todas las miradas se dirigieron hacia mí, pero hice el esfuerzo de mantener la voz estable.
—Disculpadme. Tengo que marcharme. La parte operativa que estáis revisando ahora queda fuera de mi área y Alberto tiene toda la información necesaria para continuar sin mí.
Uno de los socios asintió, sorprendido. Mi padre no.
—Manuel —dijo con tranquilidad—. Siéntate.
—Lo siento. Tengo otro compromiso y ya llego tarde.
No esperé a que respondiera. Salí de la sala y avancé por el pasillo con las llaves apretadas dentro de la mano. Escuché la puerta abrirse detrás de mí antes de llegar al ascensor.
—¿Qué te crees que estás haciendo?
Me giré. Mi padre venía hacia mí con la mandíbula rígida y la voz lo bastante baja para que nadie dentro de la sala pudiera oírlo.
—Me voy al aeropuerto.
—¿Ahora?
—Le prometí que estaría allí.
Soltó una risa breve, sin humor.
—Estás abandonando una reunión en la que nos jugamos millones por una chica a la que conoces desde hace dos meses.
—Debía terminar hace casi una hora. Mi parte ya está hecha.
—Tu parte termina cuando termina la reunión.
—No. Mi parte termina cuando dejo de aportar algo útil. Ahora solo estáis revisando cláusulas legales que no dependen de mí.
—No se trata únicamente de lo que aportas, Manuel. Se trata de estar. De demostrar que entiendes el lugar que ocupas.
La ironía de la frase me golpeó de lleno.
—Precisamente tengo que estar en otro sitio.
Intenté girarme, pero su voz volvió a detenerme.
—Si sales por esa puerta, no esperes regresar mañana como si no hubiera pasado nada.
Lo miré.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una advertencia. Este apellido te ha dado todo lo que tienes. Hay responsabilidades que no puedes abandonar cada vez que aparece algo más emocionante.
Durante años habría bajado la mirada. Habría buscado una manera de explicarme sin contrariarlo demasiado, una frase que le permitiera seguir creyendo que tenía razón.
Esta vez no.
—Mia no es algo emocionante que ha aparecido. Es alguien a quien le he dado mi palabra.
—¿Y vas a traicionar a tu familia por ella?
—No estoy traicionando a nadie. Me estoy yendo de una reunión.
—Estás demostrando que no mereces el lugar que hemos preparado para ti.
—Puede que tampoco sea la vida que quiero. ¿O es que acaso me has dejado elegir?
Mi padre se quedó inmóvil. Creo que nunca me había oído decirlo en voz alta. Yo tampoco. Las puertas del ascensor se abrieron detrás de mí.
—Manuel —dijo, esta vez con algo distinto en la voz—. Si te vas ahora, no vuelvas esperando que todo esto siga siendo tuyo.
Entré en el ascensor y mantuve su mirada mientras las puertas empezaban a cerrarse.
—Quizá nunca lo fue.
No esperé su respuesta. Las puertas se cerraron mientras notaba el corazón golpeándome las costillas. Bajé al aparcamiento y llamé a Nico mientras corría hacia el coche. Contestó al segundo tono.
—Dime que ya estás aquí.
—Voy de camino. ¿Ha pasado el control?
Hubo un silencio largo.
—Tío, acaba de entrar.
—¿A qué hora embarca?
—En unos minutos.
Arranqué el coche.
—Haz que espere.
—¿Cómo se supone que hago eso?
El móvil se me apagó en ese momento. Golpeé el volante con la palma y aceleré hacia la salida. Mierda, joder.
El trayecto hasta el aeropuerto se convirtió en una sucesión de coches que iban demasiado lentos, semáforos que nunca cambiaban y conductores incapaces de comprender que mi vida estaba terminando al otro lado de la ciudad.
Dejé el coche en la primera plaza que encontré y entré corriendo en la terminal. Los zapatos me molestaban, la camisa se me pegaba a la espalda y varias personas se apartaron cuando atravesé la zona de facturación sin mirar por dónde iba.
Llegué hasta el control de seguridad cuando la vi. Estaba al otro lado, avanzando entre la gente con el bolso colgado del hombro. Llevaba el pelo recogido y caminaba despacio, volviendo la cabeza cada pocos pasos hacia la entrada. Hacia mí. Durante un segundo creí que me había visto.
—¡Mia!
Mi voz se perdió entre los anuncios, las conversaciones y el ruido de las maletas sobre el suelo.
Volví a gritar su nombre. Ella se detuvo cerca de la puerta de embarque y miró alrededor. Levanté la mano, intenté avanzar, pero una trabajadora del aeropuerto me bloqueó el paso.
—Necesito una tarjeta de embarque.
—Solo tengo que hablar con ella.
—No puede pasar sin billete.
—Mia —grité otra vez.
Ella sacó el móvil del bolso, miró la pantalla y, antes de que pudiera contestar, una azafata le indicó que siguiera avanzando. Durante unos segundos se quedó quieta.
Después guardó el teléfono.
Y se fue.
La vi desaparecer por el finger mientras yo seguía al otro lado de una barrera que habría podido evitar si hubiera salido cinco minutos antes. Si no me hubiera sentado cuando mi padre me lo ordenó. Si hubiera entendido que intentar llegar no era lo mismo que llegar.
Busqué a Nico y a Carla entre la gente de la entrada, pero no los vi por ninguna parte. Probablemente ya se habían marchado.
Levanté la vista hacia las pantallas. El vuelo a Madrid acababa de cerrar puertas. Se había retrasado veinte minutos, regalándome un margen que no merecía, y aun así había llegado tarde.
Saqué el móvil del bolsillo. Apagado.
—Joder.
Fui hasta el mostrador de atención al cliente y pedí un cargador. La chica que estaba allí me prestó el suyo y dejé el teléfono conectado sobre la mesa. Cuando por fin apareció el logo, sentí que habían pasado veinte minutos.
Llamé a Nico, que contestó casi al instante.
—¿Manu?
Miré otra vez la pantalla de salidas.
—Se ha ido.
—Mierda.
—Necesito la dirección de Mia.
—¿Qué?
—Su dirección en Madrid.
Hubo una pausa.
—¿Qué vas a hacer?
Miré la pantalla de salidas. Había otro vuelo a Madrid aquella tarde, pero llegaría demasiado tarde. El siguiente tardaba horas. No pensaba quedarme quieto en Mallorca esperando otra oportunidad. Habría otra forma de encontrarla, seguro. Solo necesitaba pensar.
—Ir a buscarla.
—Hermano, su avión acaba de salir.
—Lo sé.
—Entonces…
—Nico, la dirección.
Escuché cómo hablaba con alguien al otro lado. La voz de Carla apareció de fondo, primero confundida y después mucho más cerca.
—¿Manu?
—Carla, dime dónde vive.
—¿Has llegado tarde?
Cerré los ojos.
—Sí.
Soltó algo que sonó como un insulto.
—Te juro que como hagas todo esto para volver a desaparecer…
—No voy a desaparecer.
—Eso espero. Porque ella te quiere muchísimo, aunque ahora mismo probablemente quiera lanzarte desde un edificio.
—La dirección, por favor.
—Espera, que lo busque. —Carla guardó silencio un momento. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido el enfado—. Usera. Te mando la ubicación.
Lo memoricé.
—Gracias.
—Manu.
—¿Qué?
—No vayas a pedirle que te espere más.
Miré hacia las pistas, donde un avión empezaba a moverse despacio bajo el sol.
—Quiero hacer las cosas bien.
Colgué la llamada y me quedé mirando el móvil, intentando ordenar todas las opciones que ya llegaban tarde.
No tenía coche en Madrid. No sabía a qué hora aterrizaría Mia exactamente ni cuánto tardaría en llegar a su casa. Ni siquiera sabía qué podía decirle cuando la tuviera delante.
El móvil empezó a vibrar. Mamá. Lo último que me apetecía en ese momento era escuchar otra charla sobre haberme ido de la reunión. Estuve a punto de dejar que sonara, pero a una madre no se le hace eso.
—Manuel, tu padre está furioso.
—Ya.
—¿Dónde estás?
—En el aeropuerto.
Hubo una pausa.
—¿Por ella?
Miré por los ventanales. El avión avanzaba hacia la pista y, aunque no podía saber si era el suyo, sentí que Mia se alejaba otra vez delante de mí.
—Sí, pero da igual. No he llegado a tiempo.
Mi madre soltó aire despacio.
—El avión de la empresa está en Son Sant Joan. El piloto sigue en Mallorca.
Me quedé callado.
—¿Me estás ayudando?
—No —dijo—. Estoy evitando que mi hijo tarde otros veinte años en aprender a elegir su propia vida.
El avión que estaba observando aceleró sobre la pista y se elevó poco a poco hasta separarse de la isla. Apreté el teléfono con fuerza.
—Mamá.
—Ve, Manuel.
Y esta vez no esperé a que nadie tuviera que repetírmelo.