Capítulo 35
Me desperté con el brazo de Manu todavía rodeándome la cintura y durante unos segundos no recordé que aquel era mi último día en Mallorca.
Después abrí los ojos. Manu dormía detrás de mí, con la respiración lenta contra mi nuca. Me quedé quieta, intentando memorizarlo sin convertir el momento en una despedida antes de tiempo: el peso de su mano sobre mi cintura, el calor de su cuerpo, la barba áspera rozándome el hombro.
Sonó mi despertador. Manu soltó un quejido y escondió la cara contra mi cuello.
—No.
—Tengo que trabajar.
—Diles que estás enferma.
—En mi último turno.
—Precisamente. ¿Qué van a hacer, despedirte?
Me reí bajito y me giré entre sus brazos. Tenía el pelo desordenado y los ojos todavía medio cerrados.
—Tienes una reunión —le recordé.
La expresión le cambió apenas.
—Lo sé.
—Y yo tengo que irme.
—También lo sé.
Permanecimos mirándonos unos segundos. Manu me apartó un mechón de la cara y me besó despacio, sin la urgencia de la noche anterior. Cuando se separó, mantuvo la mano en mi mejilla.
—Voy a estar allí.
Quise preguntarle otra vez si estaba seguro, pero no lo hice. Había llegado un punto en el que repetir la pregunta no conseguía volver más firme la respuesta.
—Vale.
Manu se marchó antes de que Carla regresara. Lo vi ponerse la camisa, buscar sus zapatos debajo de la cama y detenerse un instante en la puerta, como si quisiera decir algo más.
Al final solo me miró.
—Nos vemos luego.
—Luego.
La puerta se cerró detrás de él.
Durante el último turno descubrí que las despedidas podían esconderse dentro de cosas pequeñas.
En la última vez que fiché a las siete y cuarto.
En la última botella de agua que coloqué sobre una bandeja.
En la última discusión con la máquina de hielo, que decidió despedirme bloqueándose justo durante el servicio de la piscina.
Héctor apareció a mi lado cuando me oyó insultarla.
—Te va a echar de menos.
—Nos hemos hecho daño mutuamente. Es mejor terminar aquí. Se convertía en una relación tóxica.
Le dio dos golpes en el lateral y el hielo cayó de golpe.
—¿Ves? Siempre te quiso más a ti.
Trabajamos juntos durante casi toda la mañana.
No mencionamos la conversación de la cala ni lo que podría haber pasado entre nosotros en otras circunstancias.
No hacía falta. Algo había quedado más limpio desde entonces, como si haber dicho la verdad nos permitiera despedirnos sin sentir que todavía debíamos resolver nada.
Al terminar el turno, María me llamó a recepción y me entregó el sobre con la liquidación y las propinas de la última semana.
Entregué el uniforme, vacié la taquilla y salí del vestuario con mi propia ropa.
Cruzar el hotel sin la placa con mi nombre me produjo una sensación extraña, como si hubiera dejado de pertenecer allí antes incluso de marcharme.
Héctor me esperaba junto a la puerta del personal con una bolsa de papel.
—Mi abuela ha hecho ensaimadas para el viaje.
—Dile que estoy pensando seriamente en quedarme con ella.
—Ya ha preparado los papeles de adopción.
Nos abrazamos. Esta vez sin bromear para acortarlo.
—Escríbeme cuando llegues —dijo.
—Lo haré.
—Y vuelve algún día.
—Eso también.
Carla me esperaba en la casa del personal sentada encima de su maleta, intentando cerrarla con todo su peso. Nico estaba agachado en el suelo, sujetando la cremallera.
—Te juro que no cabe —dijo él.
—Porque no estás haciendo fuerza.
—Estoy viendo cómo te llevas tres toallas del hotel.
—Son recuerdos.
Entre los tres conseguimos cerrar la maleta y bajar las cosas hasta la furgoneta. Carla se marchaba al día siguiente, pero insistió en acompañarme al aeropuerto. Nico fue con nosotras porque, según dijo, alguien tenía que encargarse de que no perdiéramos el vuelo por montar una despedida dramática.
Durante el trayecto intenté participar en la conversación, aunque miraba el móvil cada pocos minutos. No había ningún mensaje de Manu. La reunión debía de seguir en marcha. Eso era todo.
Facturé la maleta y compré una bolsa de patatas. Carla y Nico se quedaron conmigo hasta el último punto en el que podían acompañarme. El aeropuerto estaba lleno de gente quemada por el sol, niños con camisetas de fútbol y familias discutiendo sobre el peso del equipaje.
Todavía faltaba casi una hora para el embarque. Nos sentamos cerca de las puertas automáticas. Cada vez que se abrían, levantaba la cabeza. Un hombre con una camisa blanca. Una pareja empujando un carrito. Un chico moreno hablando por teléfono. Ninguno era Manu.
—Llegará —dijo Carla.
No le había preguntado.
—La reunión habrá terminado tarde.
—Seguramente.
Nico miró el móvil.
—No me responde.
—No lo llames más.
—Solo quiero saber dónde está.
—Yo también.
La pantalla anunció que faltaban treinta minutos para el embarque. Después veinte. Carla dejó de fingir que no miraba el reloj.
—Puede que esté aparcando.
Asentí, aunque ya no estaba segura de que la respuesta fuera para ella. Cada vez que alguien cruzaba las puertas sentía el mismo movimiento en el pecho. Una subida rápida de esperanza seguida de algo más pesado cuando el rostro no era el suyo.
Cuando anunciaron el embarque, me puse de pie.
—Tengo que pasar el control de seguridad.
—Todavía puede venir —dijo Carla.
—No va a venir.
No lo dije triste. En el fondo lo sabía.
Carla me abrazó con fuerza y durante unos segundos ninguna de las dos dijo nada. Cuando se apartó, tenía los ojos brillantes.
—Llámame cuando aterrices.
—Lo haré.
Nico me abrazó después.
—Vamos a ir a Madrid pronto.
—Más os vale.
Miró por encima de mi hombro hacia la entrada antes de separarse. No había nadie.
Crucé el control y avancé hacia la puerta de embarque. Cada pocos pasos volvía la cabeza, aunque ya sabía que desde allí no podría llegar hasta mí sin billete.
Aun así, seguí mirando. Quizá había terminado la reunión. Quizá estaba corriendo por el aparcamiento. Quizá solo necesitaba cinco minutos más.
Entregué la tarjeta de embarque y caminé por el finger con el bolso pegado al cuerpo. Antes de entrar en el avión, me giré una última vez.
No apareció nadie.
Me senté junto a la ventanilla y mantuve el móvil encendido hasta que una azafata pidió que activáramos el modo avión. La conversación con Manu seguía abierta en la pantalla.
Su último mensaje era de esa mañana.
Manu: Nos vemos en el aeropuerto
El avión empezó a avanzar por la pista. Mallorca se extendía al otro lado del cristal, brillante bajo el sol, como si nada importante estuviera terminando.
Pensé en la cala, en el barco, en el mirador, en las croquetas frías y en su mano cerrándose alrededor de la mía. Pensé en todo lo que habíamos sido sin llegar a decidir nunca qué éramos.
Cuando el avión despegó, apoyé la frente contra la ventanilla.
Había aprendido. Esta vez no me quedaba esperando. Me estaba marchando.