Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

La última semana comenzó con una lista pegada en la pared de nuestra habitación. Carla la había escrito con un rotulador rosa y una caligrafía tan grande que ocupaba casi todo el folio.

“COSAS QUE HACER ANTES DE ABANDONAR ESTA ISLA PARA SIEMPRE:”

Debajo había apuntado bañarnos de noche, robar una última ronda de croissants, conseguir que Héctor admitiera que usaba acondicionador y obligar a Nico a invitarnos a una cena en un restaurante pijo.

—No voy a abandonar la isla para siempre —dije mientras doblaba ropa sobre la cama—. Probablemente vuelva algún día.

—No arruines el dramatismo.

—Además, la mitad de esas cosas ya las hemos hecho.

—Lo sé, así ya podemos marcar algunos como hechos, que una lista toda por hacer da un poco más de vértigo.

La habitación estaba irreconocible. Habíamos vaciado los cajones, descolgado las fotos que habíamos acumulado, separado la ropa limpia de la que todavía olía a sudor y humedad.

Cada objeto parecía demostrar que dos meses eran tiempo suficiente para construir una vida, aunque no para aprender a desmontarla sin sentir cierta tristeza.

Del hotel me despedía poco a poco. De la máquina de hielo que seguía bloqueándose cuando más trabajo había, de la esquina donde Héctor me había enseñado a esconderme durante los descansos, de las vistas desde el rooftop cuando el sol empezaba a caer y las mesas aún estaban vacías.

Hasta los huéspedes parecían irritarme un poco menos, quizá porque ya podía contar las veces que tendría que volver a sonreírles.

A Manu apenas lo vi. Después de la discusión con su padre, las reuniones no desaparecieron, pero algo había cambiado: empezó a decidir a cuáles iba.

Decía que quería entender el Bellamar y el proyecto de Ibiza antes de opinar sobre ellos, no aprender a obedecer mejor.

Aun así, seguía llegando cansado y tarde, y entre nosotros quedaban cosas que ninguna decisión empresarial podía resolver.

El viernes, Carla cumplió el último punto importante de su lista y organizó una cena en la playa.

Según ella, no era una despedida porque las despedidas “atraían energía de funeral”, aunque había comprado velas pequeñas, obligado a todo el mundo a llevar comida y preparado una playlist titulada “Libertad condicional”.

Fuimos casi todos los que habíamos compartido aquel verano. Héctor apareció con una tortilla hecha por su abuela, Nico cargó una nevera entera y Claudia trajo dos bolsas de comida que aseguró haber preparado ella, aunque las etiquetas del restaurante seguían pegadas debajo.

Cenamos sentados sobre toallas, pasándonos platos de mano en mano mientras el cielo se volvía naranja detrás del mar. Nico y Carla discutían sobre quién visitaría primero a quién cuando volvieran a sus ciudades, aunque los dos hablaban como si aquella visita ya estuviera decidida.

—Madrid está en medio —dijo Carla—. Es geografía básica.

—Valencia tiene playa.

—Mallorca también y mira cómo has acabado.

Nico le pasó un brazo por los hombros y ella no se lo quitó. Nadie hizo comentarios porque llevábamos semanas esperando que dejaran de fingir.

Manu llegó cuando ya habíamos terminado de cenar.

Lo vi antes de que los demás repararan en él. Bajaba por la arena con los zapatos en una mano y la camisa abierta sobre una camiseta blanca. Parecía cansado, pero sonrió cuando Claudia empezó a aplaudir su aparición como si fuera una celebridad que llegaba tarde a una gala.

Saludó al grupo, dejó los zapatos junto a las toallas y buscó un sitio. Había espacio libre al lado de Nico y otro entre Claudia y Héctor, pero vino directamente hacia mí.

—¿Está ocupado? —preguntó, señalando la arena a mi lado.

—Todavía no.

Por un instante no dijo nada; se limitó a aceptar el plato que Carla le pasó y a escuchar la conversación, aunque su brazo permanecía pegado al mío y, de vez en cuando, levantaba la vista para mirarme como si necesitara comprobar que seguía allí.

—Pensaba que no venías —murmuré cuando los demás empezaron a discutir sobre la música.

—No podía perderme tu última noche.

La frase me atravesó con más fuerza de la que debería. Manu lo dijo mirando el plato, como si así pudiera restarle importancia, pero su rodilla seguía pegada a la mía y no parecía tener intención de apartarla.

Durante el resto de la cena se quedó a mi lado.

No intentó hablar de Barcelona, de su padre ni de todo lo que seguía pendiente entre nosotros.

Se limitó a compartir la comida, acercarme una botella de agua cuando vio que la mía estaba vacía y reírse conmigo cuando Nico intentó abrir una cerveza con una piedra y terminó cortándose un dedo.

Cuando Carla puso música y todos corrieron hacia el agua, Manu me tendió la mano.

—¿Vienes?

Lo miré unos segundos antes de aceptarla.

El agua estaba más fría de lo que recordaba, quizás porque no era una noche especialmente calurosa.

Entré soltando un grito y Manu se rió justo antes de que le lanzara una ola con ambas manos.

Me devolvió el ataque y durante unos minutos fuimos exactamente las mismas personas que habíamos sido al principio del verano: dos idiotas peleándose en el mar, sin reuniones, despedidas ni fechas escritas en un calendario.

Nadamos con los demás hasta que tuvimos los dedos arrugados. Después salimos y nos tumbamos sobre las toallas, todavía mojados, mientras Claudia y Héctor hablaban de películas y Carla y Nico discutían como siempre.

Manu permaneció junto a mí, con el hombro pegado al mío y la mirada perdida en las estrellas.

—Ven conmigo —dijo cuando la gente empezó a recoger.

—¿Adónde?

—A cualquier sitio donde podamos estar solos.

Nos alejamos caminando por la orilla hasta que las voces del grupo quedaron atrás. Manu llevaba los zapatos en una mano y yo sostenía el vestido contra el pecho. La arena húmeda se hundía bajo nuestros pies y el agua alcanzaba de vez en cuando nuestros tobillos.

Nos detuvimos cerca de unas rocas. Él dejó los zapatos en el suelo y se giró hacia mí.

—No sé qué decirte.

—Por una vez, podrías no decir nada.

Manu sostuvo mi mirada durante unos segundos, como si estuviera intentando decidir si tenía derecho a acercarse. Fui yo quien dio el primer paso.

Lo besé despacio. No hubo desesperación al principio. Solo reconocimiento. Su mano subió hasta mi cuello y la otra se apoyó en mi cintura, acercándome con una delicadeza que me desarmó más que cualquier beso urgente. Cuando se separó, mantuvo la frente contra la mía.

—Ya te lo he dicho, pero te he echado muchísimo de menos.

—Yo también.

Era la verdad, aunque no arreglara nada.

Volvió a besarme y esta vez dejó de contenerse.

Le rodeé el cuello con los brazos y sentí cómo me atraía hacia él, como si necesitara memorizar la forma exacta en que encajábamos.

Durante unas horas no hablamos de septiembre ni de Madrid.

No discutimos sobre el lugar que ocupaba en su vida ni sobre cuánto tiempo había tardado en encontrarme.

Solo estuvimos juntos.

Más tarde, ya en la habitación de la casa del personal, hicimos el amor sin prisa.

No se pareció a la primera vez. No hubo nervios ni risas para esconder la vulnerabilidad.

Manu me tocó como si estuviera aprendiendo algo que temía olvidar, y yo intenté no pensar que quizá aquella fuera la última vez que dormiría con su respiración cerca.

Después nos quedamos tumbados en silencio. Carla había desaparecido con Nico y el ventilador giraba sobre nuestras cabezas, moviendo el aire caliente de la habitación. Manu trazaba círculos lentos sobre mi brazo mientras yo escuchaba los latidos de su corazón.

—Mañana tengo el último turno —dije.

—Lo sé.

—Y por la tarde me voy.

Su mano se detuvo apenas un instante.

—También lo sé.

Levanté la cabeza para mirarlo.

—Tengo una reunión por la mañana —dijo—, pero iré al aeropuerto.

No respondí enseguida.

—¿Seguro?

Manu se incorporó un poco y me apartó el pelo de la cara.

—Seguro.

—No quiero quedarme esperando.

Él me miró con una seriedad que hizo que quisiera creerlo.

—No vas a tener que hacerlo.

Apoyé la cabeza otra vez sobre su pecho. Manu cerró los brazos alrededor de mí y, por un rato, conseguí dejar de pensar en todas las promesas que había escuchado antes.

Aquella noche me dormí creyendo que él llegaría.