Capítulo 33
Manu volvió de Barcelona un jueves por la tarde.
No me enteré por él. Lo vi bajar de un coche frente a la entrada del hotel mientras yo acompañaba a una pareja hasta la zona de la piscina.
Llevaba la misma camisa azul oscuro con la que se había marchado en una de las fotografías que Claudia había subido a Instagram, aunque ahora estaba arrugada y tenía las mangas dobladas de cualquier manera.
Una bolsa de viaje colgaba de su hombro y el teléfono seguía pegado a su oreja. Me vio casi al instante.
La conversación que estaba manteniendo pareció desaparecer de su cara. Se detuvo junto al coche, con la puerta todavía abierta, y durante unos segundos nos limitamos a mirarnos desde lados distintos de la entrada.
Yo había imaginado muchas veces cómo sería volver a verlo. En algunas versiones estaba enfadada. En otras él me buscaba nada más llegar, me explicaba por qué se había marchado sin decirme nada y encontraba una frase capaz de colocar de nuevo todas las cosas en su sitio.
En realidad, lo primero que pensé fue que hacía mala cara. Después recordé que llevaba cuatro días fuera y ni siquiera me había avisado.
La pareja que acompañaba siguió caminando y tuve que apartar la mirada para indicarles dónde podían recoger las toallas. Cuando volví a mirar hacia la entrada, Manu ya había colgado. Estaba hablando con el conductor, aunque seguía pendiente de mí.
No se acercó. Yo tampoco. Continué con mi turno.
Apareció una hora después en el almacén de material, cuando estaba comprobando las reservas de las camas balinesas para el día siguiente. Lo reconocí por el reflejo de la puerta metálica antes de que dijera nada.
—Hola.
Seguí leyendo la lista durante un par de segundos, quizá porque necesitaba terminar aquella línea o quizá porque quería obligarlo a permanecer allí sin saber exactamente cómo iba a recibirlo.
—Hola.
—¿Puedes parar un momento?
Dejé el bolígrafo sobre la carpeta y me giré. Manu había dejado la bolsa de viaje en algún sitio y se había cambiado de camisa, pero seguía teniendo la expresión desordenada del trayecto.
—Estoy trabajando.
—Solo serán cinco minutos.
La frase me produjo una reacción pequeña y desagradable. Cinco minutos. Últimamente nuestra relación parecía construida con ellos: los que encontraba entre una reunión y otra, los que podían robarse en un pasillo, los que quedaban antes de que alguien volviera a necesitarlo.
—Vale —dije—. Cinco minutos.
Salimos por una puerta lateral que daba a un corredor estrecho detrás del restaurante. El sol de la tarde caía sobre los muros de piedra y desde la terraza llegaba el ruido de platos, conversaciones y música. Manu esperó a que la puerta se cerrara antes de hablar.
—Pensaba escribirte.
—Pero no lo hiciste.
—Lo sé.
No intentó justificarlo y, de alguna manera, eso me dolió un poco más. Me crucé de brazos, esperando algo que no sabía si todavía quería escuchar.
—Todo se organizó muy rápido —continuó—. Mi padre adelantó las reuniones y salimos por la mañana. Cuando llegamos, estuvimos todo el día entre las oficinas y el hotel. Después pensé que era muy tarde para llamarte.
—Podrías haber mandado un mensaje.
—Sí.
—Claudia pensaba que yo sabía que te habías ido.
La mandíbula se le tensó.
—Mia…
—No te lo digo para que te sientas mal. Solo para que entiendas lo raro que fue enterarme así.
—No quería dejarte fuera.
Lo miré durante unos segundos. Manu parecía decir la verdad. Eso era parte del problema. No había tomado una decisión consciente de ocultármelo ni había querido castigarme con su silencio. Simplemente, en medio de todo lo demás, no había pensado en incluirme.
—Pero me dejaste fuera igualmente.
Bajó la vista un momento y se pasó una mano por el pelo.
—Lo siento.
La frase cayó entre nosotros sin conseguir acercarnos. No porque no fuera sincera, sino porque últimamente había demasiadas cosas que parecían terminar ahí.
—Ya.
—No digas “ya” de esa manera.
—¿De qué manera?
—Como si no hubiera nada más que hablar. Como si estuvieses cansada de mí.
Solté aire despacio y miré hacia el extremo del corredor. Un camarero cruzó cargado con dos cajas de vino, nos saludó con la cabeza y desapareció por la puerta de cocina.
—No sé qué quieres que diga, Manu.
—Lo que estás pensando.
—Estoy pensando que queda casi una semana para que me vaya y que llevamos días comportándonos como si ya hubiera ocurrido.
La frase pareció golpearlo. Dio un paso hacia mí, aunque se detuvo antes de llegar a tocarme.
—Te he echado de menos.
—Yo también.
—Entonces no entiendo por qué estás tan lejos.
Lo dijo con una frustración casi infantil, como si la distancia fuera algo que yo hubiera colocado deliberadamente entre nosotros. Lo miré, intentando decidir cuánto de la verdad podía decir sin romper algo que quizá ya estaba roto.
—Porque echarme de menos no cambia nada.
Manu se quedó callado.
—Tú vuelves de Barcelona y me buscas cinco minutos porque eso es lo que puedes darme ahora —continué—.
Y no te culpo por tener reuniones ni por ayudar a tu familia.
Sé que no te vas para hacerme daño. Pero yo tampoco puedo seguir fingiendo que no me afecta estar siempre esperando a que aparezca un hueco.
—No eres un hueco.
—Entonces no sé qué soy.
Abrió la boca, pero no respondió. Durante semanas había deseado que encontrara una palabra para nosotros.
Algo sencillo que pudiera sostenerse fuera de las calas, los coches aparcados y las habitaciones vacías.
Al verlo allí, en silencio otra vez, comprendí que quizá había esperado tanto esa respuesta que ya no sabía qué hacer si llegaba tarde.
—Mia, no quiero perderte.
Su voz sonó más baja.
—Eso no es lo mismo que saber cómo quedarte.
Apartó la mirada, como si la frase le hubiera dolido.
Una parte de mí quiso acercarse, tocarle la cara y borrar el cansancio de los últimos días con besos.
Seguía queriéndolo. Eso era lo absurdo. No había dejado de sentir nada; simplemente había empezado a entender que sentirlo no resolvía el resto.
Manu metió una mano en el bolsillo del pantalón y sacó un paquete pequeño envuelto en papel marrón.
—Te traje esto.
Lo observé sin cogerlo.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Me lo tendió. Dentro había una edición preciosa de Persuasión, con las esquinas gastadas y el título grabado en letras doradas sobre una cubierta verde. Pasé el pulgar por el lomo.
—La vi en una librería cerca del hotel —explicó—. Me acordé de que dijiste que era el único libro de Jane Austen que no habías leído.
Había sido una conversación absurda en su cocina, mientras esperábamos a que terminara de hacerse la tortilla. Yo apenas la recordaba. Él sí.
Tragué saliva.
—Gracias.
—Pensé en ti todo el tiempo.
Levanté la cabeza.
—Me lo creo, Manu. Me creo que pienses en mí, pero no siempre te acuerdas de hacerme parte de tu vida.
Manu apoyó una mano en la pared, cerca de mi hombro, y durante un instante estuvimos tan próximos como antes. Podía oler su colonia, reconocer el pequeño corte que tenía junto a la barbilla y contar las tres pequeñas pecas que tenía en la cara.
—Dime qué hago —murmuró.
Antes, escuchar aquello me habría dado esperanza.
Habría empezado a explicarle cómo podía verme, qué podía decirle a su padre, en qué momentos podía llamarme.
Habría intentado crear yo misma el lugar que quería ocupar.
Esta vez negué despacio. No quería construir un castillo de arena que se deshiciera con la primera ola.
—No puedo decidirlo por ti.
La puerta de la cocina se abrió antes de que él pudiera responder. Laura salió al corredor hablando con otro compañero, demasiado enfadada para bajar la voz.
—Pues que alguien me explique cómo una emergencia hace que nuestras horas dejen de existir. Estuvimos aquí hasta las tres de la mañana.
—Administración dice que no van a pagarlas —respondió él—. La orden viene de dirección.
Manu frunció el ceño.
—¿Qué horas?
Laura se detuvo al reparar en él.
—Perdona, Manuel, no nos hagas caso.
—No, Laura. Dime qué pasa —respondió con firmeza.
—Las de la tormenta. Dicen que, como fue una situación excepcional, no cuentan como extraordinarias.
—¿A cuánta gente afecta?
—A casi cuarenta personas.
Manu guardó el móvil en el bolsillo.
—Dile a María que no cierre las nóminas todavía. Hablaré con administración.
Laura lo miró con cierta cautela.
—Tu padre ha firmado el informe.
Algo cambió en su expresión.
—Entonces hablaré también con él.
Se volvió hacia mí.
—Tengo que solucionar esto. —Sus ojos bajaron hacia el libro que todavía sostenía contra el pecho—. No quería que nuestra primera conversación al volver fuera así.
—Yo tampoco.
Pareció a punto de acercarse, pero se detuvo. Quizá por fin había entendido que tocarme no podía resolver aquello que todavía no sabía nombrar.
—Gracias por el libro —dije.
—De nada.
Entramos por la puerta de cocina. Manu se dirigió hacia los despachos y yo regresé al almacén, aunque durante el resto de la tarde escuché su nombre más veces de lo habitual. Primero entre los camareros, después en recepción y finalmente en la casa del personal.
Manu había interrumpido la reunión de dirección. Había discutido con su padre delante del gerente y se había negado a marcharse hasta que confirmaron por escrito que todas las horas trabajadas durante la tormenta se pagarían como extraordinarias.
Cuando terminé el turno, encontré a Laura enseñándole el correo a varios compañeros alrededor de la entrada de personal.
—Nos las pagan todas —anunció—. Incluso los descansos que perdimos.
Alguien aplaudió. Otro propuso levantarle una estatua a Manu junto a la piscina y Carla aseguró que, conociendo a su familia, probablemente ya tuvieran varias.
Yo sonreí con ellos, pero no dije nada.
Más tarde, al cruzar el vestíbulo, lo vi dentro de uno de los despachos acristalados. Su padre hablaba de pie, con una mano apoyada sobre la mesa. Manu permanecía sentado frente a él, serio, sin apartar la mirada ni encogerse bajo el peso de su voz.
No podía escuchar lo que decían. Tampoco hacía falta.
Aquella discusión no tenía nada que ver conmigo. Manu no sabía que yo estaba observándolo y no obtendría nada de mí por haberla provocado. Lo había hecho porque cuarenta personas habían trabajado durante una noche imposible y alguien había decidido que su esfuerzo no valía dinero.
Seguía sin saber qué lugar ocupaba en su vida y sin querer conformarme con los minutos que le sobraban. Pero, al verlo allí dentro, plantándole cara a su padre por algo que consideraba injusto, recordé que Manu nunca había sido cruel ni indiferente.
Solo llevaba demasiado tiempo confundiendo ser bueno con obedecer.