Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

Después de la tormenta, agosto pareció acelerar.

Quizá no tuvo nada que ver con la lluvia.

Quizá simplemente había empezado a fijarme en el calendario de la recepción, donde cada mañana alguien tachaba el día anterior con un rotulador negro.

Cuando llegué a Mallorca, septiembre era una palabra remota dentro de un formulario universitario.

De pronto quedaban doce días para volver a Madrid.

Doce días seguían siendo muchos si los pensabas en turnos dobles, desayunos demasiado tempranos y sombrillas pesadas. Eran muy pocos si los pensabas en atardeceres.

El hotel necesitó casi una semana para borrar las consecuencias del temporal.

Varias tumbonas habían aparecido en lugares inexplicables, una parte de la terraza permanecía cerrada y el almacén de actividades olía a humedad.

Héctor y yo pasamos dos mañanas clasificando material estropeado mientras Laura gritaba números desde una escalera.

—Tres colchonetas, dos sombrillas y una dignidad —dijo Héctor, anotándolo en una hoja.

—La dignidad ya estaba rota antes de la tormenta.

—Vaya, pues entonces no la cubre el seguro.

Encontramos una caja llena de gafas de bucear, pelotas deshinchadas y juguetes que los huéspedes habían olvidado durante el verano. Héctor sacó una pala de plástico rosa y la sostuvo a la altura de la cara.

—Genial, siempre había querido una —dijo con sarcasmo.

—Es exactamente tu estilo.

—Justo lo que buscaba para mi habitación.

La lanzó dentro de la caja de objetos perdidos y siguió revisando el material.

Yo estaba desenredando unas cuerdas cuando encontré una pulsera de cuentas azules enganchada en uno de los nudos.

Seguramente pertenecía a algún niño que ya estaría de vuelta en su casa sin recordar dónde la había perdido.

Me la puse alrededor de la muñeca.

—¿Me queda bien?

Héctor levantó la vista.

—Muchísimo. Parece que hayas ido a un campamento espiritual en Formentera.

—Me he encontrado a mí misma.

—Te falta decir que el mar te ha enseñado a soltar.

Ambos seguimos un rato más haciendo bromas irónicas.

Pasábamos más tiempo juntos porque Laura había decidido que formábamos un buen equipo después de la tormenta.

Eso significaba que nos enviaba a resolver todo aquello que nadie más quería hacer: revisar sombrillas, vaciar cajas empapadas del almacén, perseguir a un proveedor que siempre entregaba veinte botellas menos de las que figuraban en el albarán.

No me importaba. El trabajo ocupaba las horas y el cansancio se encargaba del resto.

A Manu lo veía de vez en cuando. Nunca lo suficiente como para hablar con él, pero sí para recordar que seguía allí.

Empecé a evitar los lugares donde sabía que podía encontrarlo, a cambiar de ruta en el último momento o a alargar tareas absurdas con tal de no cruzarme con él.

Prefería no encontrármelo a querer estar con él y no poder.

Prefería meter todo lo que sentía en una cajita pequeña antes que quedarme esperando algo que no sabía si iba a llegar.

Aun así, a veces era inevitable. Una mañana apareció en el vestíbulo cuando yo acompañaba a una familia hasta los ascensores. Otra tarde lo reconocí al otro lado de la piscina, sentado con su padre y varios hombres alrededor de una mesa cubierta de documentos.

Nuestros ojos se encontraron durante unos segundos.

Manu se quedó mirándome como si quisiera levantarse.

Yo esperé, aunque no habría sabido decir qué estaba esperando exactamente.

Uno de los hombres deslizó una carpeta hacia él y Manu bajó la vista.

Seguí caminando. No volvimos a coincidir aquel día.

• • •

Carla empezó a guardar cosas en cajas antes que yo. Decía que no quería pasar su última noche intentando cerrar la maleta.

—No entiendo cómo he acumulado tanto —protestó, sentada en el suelo entre montones de ropa—. Llegué con una maleta.

—Has robado media lavandería del hotel.

—Tomado prestado.

Le lancé una toalla con el logotipo del Bellamar.

—Eso es literalmente una prueba del delito.

—Cuando sea anciana la miraré y recordaré mi juventud.

Carla dobló la toalla y la metió en la caja sin el menor rastro de culpa.

Yo abrí uno de mis cajones y encontré el vestido que había llevado a casa de los abuelos de Héctor, todavía arrugado en el fondo.

Debajo estaba el top morado de la primera vez que Manu me llevó a su casa.

Lo saqué, lo miré unos segundos y volví a guardarlo.

—Podríamos hacer algo el domingo —dijo Carla sin mirarme—. Antes de que esto se convierta oficialmente en una cuenta atrás.

—¿Algo como qué?

—Playa, comida, emborracharnos a las cuatro de la tarde. Lo normal.

—Vale.

—Nico dice que puede conseguirnos una barca pequeña.

Levanté la cabeza.

—¿Desde cuándo hablas con Nico?

—Me lo he encontrado esta mañana en la terraza, no te montes películas.

Intentó parecer indiferente mientras doblaba una camiseta tres veces sin necesidad. Desde hacía días aparecía con sudaderas que no eran suyas y sonreía cada vez que recibía un mensaje, aunque insistía en que aquello no significaba nada.

No dije nada. Ella tampoco preguntó por Manu.

El domingo no hubo barca porque el motor necesitaba una reparación, así que terminamos en una cala cercana a la que se podía llegar andando. Fuimos Carla, Nico, Héctor y yo, cargados con bolsas de comida, toallas y una nevera que Nico había llenado casi exclusivamente de cerveza.

—He traído fruta —dijo Carla abriendo su bolsa.

—Tienes un limón —respondió Nico.

—Es una fruta.

—Siempre tienes razón tú.

La cala estaba casi vacía. Extendimos las toallas cerca del agua y pasamos la mañana entrando y saliendo del mar mientras el altavoz sonaba al ritmo de hits veraniegos como Feel So Close de Calvin Harris o Columbia de Quevedo.

Nico y Carla discutieron durante veinte minutos sobre quién había empujado primero a quién desde una roca hasta que terminaron desapareciendo detrás de un saliente con una discreción lamentable.

Héctor y yo nos quedamos sentados en la orilla. Las olas llegaban débiles, cubriéndonos los pies antes de retroceder.

—Mi abuelo ha terminado el libro —dijo.

—¿Lorenzo sobrevive a la tormenta?

—No puedo revelar información confidencial.

—Era una pregunta retórica, tu abuelo me contó el final unas cuantas veces.

—Entonces sabrás que Lorenzo sufre por razones artísticas.

Sonreí. Él cogió una piedra plana y la lanzó contra el agua. Rebotó dos veces antes de hundirse.

—Le ha puesto tu nombre a un personaje.

Lo miré sorprendida.

—¿Qué?

—Una camarera que aparece en el puerto y le da indicaciones al protagonista.

—¿Y luego muere?

—No. Tiene tres frases y desaparece con dignidad.

—El papel de mi vida.

Héctor sonrió, pero después se volvió hacia el mar. Cogió otra piedra y la hizo girar entre los dedos sin decidirse a lanzarla.

—Te van a echar de menos —dijo.

—Yo también voy a echaros de menos.

—Yo hablaba por mí.

Lo miré. Había intentado decirlo con ligereza, pero esta vez la sonrisa no terminó de aparecer.

Durante un momento solo se oyó el agua avanzando hasta nuestros pies y retirándose después, llevándose una capa fina de arena.

—A veces pienso que, si las cosas hubieran sido un poco distintas, quizá tú y yo… —empezó.

No terminó la frase. Tampoco hacía falta.

Héctor me había gustado, sí, pero sobre todo me importaba.

Me gustaba estar con él, la facilidad con la que conseguía hacerme reír y la seguridad de que sus palabras no escondían algo que tendría que analizar después.

En otras circunstancias quizá habría intentado averiguar si aquello podía convertirse en amor o si solo era descanso.

Pero no estábamos en otras circunstancias.

—Yo también lo he pensado —admití.

Héctor bajó la vista hacia la piedra y soltó el aire despacio, como si escucharme confirmarlo no hiciera las cosas más sencillas.

—No quiero que me elijas porque otro no ha sabido llegar a tiempo.

La frase me dejó quieta. No sonó a reproche ni a ultimátum. Solo a una verdad que llevaba mucho tiempo guardándose.

—Me importas mucho —continuó—, pero también tengo algo de amor propio, aunque no lo parezca cuando desayuno cereales sentado en el suelo.

Sonreímos los dos, aunque el nudo en el pecho no desapareció. Quise encontrar una frase que no le hiciera daño, pero todas sonaban demasiado pequeñas.

—Lo siento.

—No tienes por qué. Nunca nos prometimos nada.

Nos quedamos mirando el agua. A lo lejos, Carla gritó el nombre de Nico y poco después se oyó una carcajada que rompió el silencio sin llegar a estropearlo.

Héctor me dio un pequeño golpe con el hombro.

—Quizá en otro momento nos habría salido bien.

Apoyé el hombro contra el suyo un instante.

—Quizá sí.

La piedra seguía entre sus dedos. Al final la lanzó y rebotó dos veces sobre el agua antes de desaparecer.

• • •

Regresamos al hotel al final de la tarde, con sal seca en la piel y arena dentro de las bolsas. En la entrada nos encontramos a Claudia arrastrando una maleta pequeña hacia un coche.

—¿Te vas? —preguntó Carla.

—Solo un par de días. Voy a Barcelona mañana y he venido a buscar unas cosas de Manu.

Sentí el nombre antes de procesar el resto.

—¿Manu está en Barcelona?

Claudia dejó de colocar la maleta en el maletero. Durante un segundo pareció arrepentirse de haber hablado.

—Sí. Se ha ido esta mañana con mi padre de imprevisto. Tienen reuniones hasta el jueves.

Miré hacia el hotel, como si pudiera encontrarlo igualmente entre los ventanales. Esa mañana había creído verlo dos veces. Había pasado junto a la terraza pensando que quizá estaría arriba. Incluso había retrasado unos minutos la salida del turno sin admitirme la razón.

—Pensaba que lo sabías —añadió Claudia.

—No, no he estado muy pendiente del móvil últimamente.

Claudia me observó un instante, pero Carla se acercó antes de que pudiera decir algo más y empezó a preguntarle por el viaje. Yo aproveché para coger mi bolsa del suelo.

Al entrar en la casa del personal, encontré arena acumulada entre mis dedos y la pulsera azul todavía alrededor de la muñeca. Me la quité y la dejé sobre la cómoda.

El móvil estaba donde lo había guardado aquella mañana.

No había ningún mensaje nuevo.