Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

La lluvia despertó a todo el hotel antes incluso que el despertador.

No era la típica tormenta de verano que descargaba diez minutos y desaparecía. El cielo llevaba horas completamente negro y el viento hacía vibrar las ventanas de la residencia del personal. Cuando llegué al comedor, casi todo el mundo miraba el móvil mientras desayunaba.

—Han cancelado todas las actividades de playa —anunció uno de los animadores.

—Y el barco de las excursiones.

—También la excursión a Valldemossa.

En la recepción ya había una cola de clientes antes de las ocho de la mañana. El hotel parecía otro. Los niños corrían por los pasillos porque no podían salir a la piscina, varios huéspedes protestaban por unas reservas canceladas y la música relajante en el vestíbulo no solucionaba el caos.

—Mia.

Me giré. El encargado señalaba una montaña de toallas.

—Necesito que eches una mano al equipo de piscina. Hay que recoger todo antes de que el viento lo mande a Menorca.

Asentí sin preguntar. Aquella mañana nadie hacía exactamente su trabajo. Todo el mundo hacía el trabajo que hacía falta.

—¿Tú crees que alguna sombrilla sobrevivirá? —preguntó Héctor mientras sujetábamos una tumbona entre los dos para que no saliera volando.

—Yo creo que ya ha aceptado su destino.

La sombrilla dio otra sacudida con el viento. Él soltó una carcajada.

—No te rías. Como salga disparada y le dé a alguien, nos despiden.

—Al menos nos reiremos un rato.

Terminamos de recoger la terraza completamente empapados. Llovía de lado. El agua nos chorreaba por la cara y ya daba igual intentar mantenerse seco. Héctor se pasó una mano por el pelo y me miró.

—¿Sabes qué es lo mejor de estar así de empapados?

—Sorpréndeme.

—Que, con esta pinta, ninguno de los clientes se atreve a preguntarnos dónde está el buffet.

Me reí. Una risa de verdad. Hacía días que no me salía una tan fácil.

Vi a Manu dos veces.

La primera fue al otro lado del vestíbulo. Hablaba con su padre y con dos hombres trajeados mientras señalaban unos planos apoyados sobre un mostrador. Parecía más serio que de costumbre. Ni siquiera levantó la vista cuando crucé por allí con un carro lleno de toallas.

La segunda fue por la tarde. Yo salía de una habitación cuando él dobló el pasillo. Nuestros ojos se encontraron apenas un instante. Pensé que se acercaría. Él también dio un paso. Entonces alguien pronunció su nombre.

—¡Manuel!

Su padre. Otra vez. Lo vi girarse por puro reflejo. Después volvió a mirarme. Levantó una mano, como pidiéndome un segundo. No esperé, seguí caminando. No porque estuviera enfadada. Simplemente ya no tenía ganas de quedarme quieta mientras alguien decidía si podía dedicarme unos minutos.

El turno terminó mucho más tarde de lo previsto. La lluvia seguía cayendo con la misma fuerza.

—¿Te acompaño? —preguntó Héctor con un paraguas en la mano cuando salimos por la puerta del personal.

—No hace falta.

Miró el cielo. Un relámpago seguido de cerca por un trueno nos erizó la piel.

—Yo creo que sí.

No discutí. Compartimos un paraguas que apenas servía para algo. El viento conseguía colarse igualmente por todos lados y terminamos riéndonos cada vez que una ráfaga lo doblaba del revés.

Cuando llegamos a la casa del personal, Héctor se detuvo junto a la puerta.

—¿No entras?

Negó con la cabeza.

—Solo tenía un descanso. En cinco minutos tengo que volver.

Fruncí el ceño.

—¿Y has venido solo para acompañarme?

Se encogió de hombros, como si no entendiera por qué aquello merecía una explicación.

—No quería que volvieras sola con este temporal.

Lo dijo con la misma naturalidad con la que alguien comenta que va a por un café.

—Gracias, Héctor.

Me dedicó una sonrisa breve antes de darse la vuelta y alejarse bajo la lluvia, sin esperar que le respondiera nada más.

Al subir las escaleras, el móvil vibró. Pensé que podía ser Manu, preocupado por si había llegado bien a casa.

Era un mensaje de mi madre preguntando qué tal iba todo con la tormenta. Contesté enseguida. Después dejé el teléfono boca abajo sobre la cama. Aquella noche no miré la pantalla otra vez.