Capítulo 30
El día que cumplí nueve años me desperté antes de que sonara el despertador.
Durante un momento me quedé mirando el techo de mi habitación, intentando recordar por qué tenía esa sensación de cosquilleo en el estómago. Entonces lo recordé y salí de la cama de un salto.
Era mi cumpleaños. Pero, sobre todo, era el día en que mi padre iba a llevarme al Parque de Atracciones.
Llevaba semanas hablándome de ello. Cada vez que me llamaba por teléfono terminábamos imaginando qué atracciones probaríamos primero.
Yo insistía en que quería subir al Abismo porque una niña del colegio decía que daba tanto miedo que parecía que el corazón se te quedaba arriba mientras el cuerpo seguía bajando.
Él se reía y me decía que, si yo me atrevía, él también.
La noche anterior había dejado preparada mi mochila rosa con una botella de agua, una gorra y una cámara de usar y tirar que mi madre me había regalado las navidades pasadas.
No sabía muy bien hacer fotos, pero quería guardar aquel día entero.
En mi cabeza iba a ser uno de esos recuerdos que se enseñan de mayor.
Fui corriendo a la cocina ya vestida. Mi madre levantó la vista de la taza de café y sonrió al verme.
—¿No era un poco pronto para arreglarse?
—No quiero que llegue y tenga que esperarme.
Miró el reloj de la cocina.
—Todavía faltan casi dos horas, cariño.
—Ya lo sé.
Pero no quería arriesgarme. Si llegaba antes de tiempo, quería estar lista. Ella no dijo nada más. Me preparó unas tostadas con mantequilla y mermelada, aunque apenas les di un par de bocados.
—Come un poco más.
Negué con la cabeza.
—Si comes mucho luego vomitas. Me lo ha dicho Marta.
Mi madre sonrió con tristeza. Entonces yo no fui capaz de verla; ahora sí. Sabía que intentaba protegerme sin quitarme la ilusión.
A las nueve y media ya estaba sentada junto a la ventana del salón con la mochila puesta. Cada coche que doblaba la esquina conseguía que me incorporara un poco más en el sofá. No era ese. Tampoco el siguiente.
Cuando el reloj marcó las diez pensé que estaría buscando aparcamiento. A las diez y diez imaginé que habría encontrado tráfico. A las diez y media estaba convencida de que se habría confundido de calle.
Mi madre cogió el móvil.
—Voy a llamarle.
—Seguro que está conduciendo.
—Puede ser.
El teléfono sonó varias veces antes de que saltara el buzón de voz. Ninguna de las dos dijo nada. Seguimos esperando.
El sol fue entrando poco a poco por la ventana del salón hasta iluminar casi toda la habitación. Mi madre preparó la comida y me llamó un par de veces, pero yo seguía convencida de que aparecería en cualquier momento.
—No tengo hambre.
—Cariño, llevas toda la mañana sin comer.
—Comeremos allí.
Ni siquiera entonces discutió conmigo. Solo dejó el plato sobre la mesa por si cambiaba de idea. No lo hice.
Cuando me quité la mochila fue únicamente porque empezaban a dolerme los hombros. La dejé apoyada junto a la puerta de entrada para no perder tiempo si sonaba el timbre.
Recuerdo muy bien el silencio de aquella tarde. La televisión estaba encendida, pero ninguna de las dos le prestaba atención. Yo ya casi no miraba por la ventana; me limitaba a observar el reloj del salón, convencida de que cinco minutos más podían cambiarlo todo.
Mi madre volvió a llamarlo. Otra vez el buzón. Entonces dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa y vino a sentarse a mi lado. Permanecimos unos minutos sin hablar.
—¿Quieres llorar? —preguntó al final.
Negué con la cabeza, aunque ya me escocían los ojos.
—No estoy triste.
Ella pasó un brazo por mis hombros y me atrajo hacia sí con cuidado.
—Vale. Entonces me quedo aquí mientras no estás triste.
Durante mucho tiempo pensé que ese había sido el peor momento del día.
Con los años entendí que no. Lo peor fue que seguí esperando incluso después de haber comprendido que no iba a venir.
A la mañana siguiente llamó. Mi madre respondió desde la cocina y, antes incluso de escuchar su voz, supe que era él. Me tendió el teléfono.
—Hola, princesa.
No contesté.
—Lo siento muchísimo. Se complicó todo en el trabajo y luego también tuve un problema en casa con los niños. Cuando quise darme cuenta ya era muy tarde.
En casa. Con los niños. No hablaba de mi casa. No hablaba de mí.
—¿Me perdonas?
Miré el dibujo del edredón mientras asentía, aunque él no pudiera verme.
—Sí.
—Te prometo que el próximo fin de semana vamos. Solo tú y yo.
Volví a decir que sí. Porque todavía quería creerle.
Cuando colgué, mi madre seguía esperándome en la puerta de la habitación. No me preguntó qué había dicho. Tampoco hacía falta. Simplemente abrió los brazos. Fui hasta ella y escondí la cara en su cuello.
Aquel sábado siguiente también preparé la mochila. Pero esa vez no me la puse. La dejé junto a la puerta y decidí que no volvería a ilusionarme hasta escuchar primero el sonido de su coche entrando en la calle.
Sin darme cuenta, aquel día aprendí a esperar de otra manera.